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6. La muerte de Arafat

Adolfo Carreto / www.avmradio.org  

¿Por qué ocultar una muerte que ya no tiene remedio? Lo que hicieran en la vida, hecho queda, y quien tenga que juzgar, que los juzgue post mortem, pero que no les roben un momento más de sepultura.

Viene siendo esta muerte como todas las muertes de esos pintorescos personajes para quienes unos quieren la eternidad terrena y para quienes otros desean que desaparezcan de la faz de la tierra y de la faz de la eternidad. No sabemos, a estas alturas, y luego de anunciadas defunciones, si el líder palestino está metafóricamente en manos de Alá o está realmente, y para toda la eternidad, en el cielo correspondiente a su creencia. Sospecho que estos hombres mueren como morimos todos, cuando nos llega la hora, pero hay muchos que se empeñan en que no, en que hay que alargar el tiempo de la agonía para arreglar ciertas cosas: cosas todas ellas relacionadas con el poder, con la sucesión del poder, con la religión, con la sucesión del jefe religioso, con la economía, con la sucesión del magnate, en fin, con todas esas cosas que resultan tan imprescindibles para las sucesiones. Suele ocurrir esto con los líderes; suele ocurrir, inclusive, hasta con los papas. Para muchos, el hermetismo ronda la muerte, y eso da que sospechar.

Ahora bien, ¿Por qué ocultar una muerte que ya no tiene remedio? ¿Será para intentar ocultar algunas cosas que han rondado durante la vida? ¿Por qué, ahora que tanto discutimos sobre eutanasia y esas cosas, no respetamos los últimos suspiros de estas personas? Lo que hicieran en la vida, hecho queda, y quien tenga que juzgar, que los juzgue post mortem, pero que no les roben un momento más de sepultura. Si hay que predicar la dignidad por la vida no menos importante es predicar la dignidad por la muerte

Los musulmanes, dicen, tampoco aceptan la eutanasia y yo, la verdad, es que no me aclaro en eso de la doctrina de la eutanasia, porque todavía nadie me ha aclarado como hay que aclararlo cuándo, de verdad, el muerto ya no vive.

Dicen que el líder palestino está en “manos de Dios”, de Alá más concretamente, y eso siempre es una suerte. Independientemente de los pros y los contras de este individuo, pros y contras de los que ningún mortal podemos escamotear, pienso que tiene derecho a que se respete su muerte: quienes lo adoran y quienes lo malversan. Habrá de todo en estos funerales; los gritos de las plañideras y los gritos de las aleluyas. Pero lo que es cierto es que no solamente nos hemos acostumbrado a manipular la vida de los vivos sino también la muerte de los muertos. Y esto suena un poco doloroso.

La vida de Arafat, sus grandezas y miserias, volverán a ser el punto de mira de quienes alaban y de quienes maldicen. Ha pasado por la vida dejando huella. Ahora, dicen, se encuentra en las manos de Alá. Pues que descanse en paz en su cielo. Si es que lo dejan.

 
 

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