3. Cristianismo y
legalidad
J. Antonio Doménech Corral
Tienen que ser la caridad, el respeto y la solidaridad
los que acampen en las relaciones gobierno-jerarquía eclesial. Sin esa
caridad, tan legal es que el Gobierno imponga sus decisiones, como que los
católicos se movilicen contra ellas en la calle
Asegura el Eclesiastés, uno de los libros de la Biblia,
que “no hay hombre justo sobre la tierra que haga bien y no peque”, porque
la perfección solo es característica divina; la del hombre, en cambio, la
imperfección. Y esta imperfección en el hacer del hombre hay que buscarla
en la intencionalidad que le guía. Lo dice el Midrash judío, o libro que
recoge las enseñanzas bíblicas en forma de cuentos con moraleja.
Me abstendré de afirmar rotundamente que al Ejecutivo
socialista español, con su presidente a la cabeza, no le guía la búsqueda
del bien de la sociedad que gobierna en la aplicación de las novaciones de
ley que proyectan imponer. Al menos el bien de aquella parte de la
sociedad que hasta ahora le ha tocado acampar a su aire, desprovista del
reconocimiento legal que respalda al resto. Es el caso de las parejas de
homosexuales. Y lo mismo diré de los otros sectores en desesperada
situación, por el alivio que les va a suponer las previstas medidas para
la despenalización del aborto, agilización en el plazo de obtención del
divorcio o legitimar la eutanasia. Al fin y al cabo, aunque se trate de
medidas contrarias a la doctrina y moral católicas, a nadie obliga a
utilizarlas. El católico no deberá servirse de ellas; y el no católico
actuará en libertad según su conciencia. Así de simple.
Sin embargo, dada la persistente confrontación
Estado-Iglesia, sin todavía buscar ocasión para reunirse en un intento de
solucionar la problemática que los mantiene de uñas, opino que la
verdadera intencionalidad del Gobierno al imponer precipitadamente todas
estas novaciones de golpe -y aquí radica su “pecado”- ha sido, por encima
del bien que pueda suponer a los sectores afectados, la de cargarse la
influencia que la iglesia católica mantiene sobre la sociedad española.
Paso necesario para lograr introducir con éxito el laicismo total que
pretende. Y para conseguirlo ha apurado todos los medios que le permite la
Constitución, sin pararse a considerar los inconvenientes que conllevan.
Por una parte, obstaculiza la enseñanza de la religión católica aún a
costa de poner en peligro los puestos de trabajo de miles de profesores,
mientras que por otra anuncia la dotación en las escuelas de profesores de
religión islámica. Vocea la derogación de los acuerdos de España con el
Vaticano y suspensión de las que denomina asignaciones privilegiadas de la
Iglesia, a la vez que proclama la cantidad que donará al Islam. Ya con
esto solo, era presumible que la cúpula de la Iglesia saltase indignada.
Como ha sido. Una reacción esperada y aprovechada por el Gobierno para
presentarla como enemiga de la sociedad que no comulga con su moral. Para
tacharla de “antidemocrática”, “casposa”, “promotora de ofensivas” y con
añoranza de “estar como con Franco, con una Iglesia de Estado”. Y cuando
ya se ha despachado a gusto, incluidos los medios corifeos que controla,
salta a escena el secretario de organización del partido socialista, José
Blanco, y para crear mayor confusión declara que él también es cristiano;
y que la inmensa mayoría de cristianos españoles aprueban estas decisiones
que “están en la misma esencia del cristianismo”.
Ignoro la formación cristiana que haya podido recibir
tanto el señor Blanco como esa “inmensa mayoría de cristianos” a que
alude; pero no me parece la ortodoxa si incluye esas decisiones. Sin
embargo, lo que seguro incluye la esencia del cristianismo es la caridad,
el respeto y la solidaridad que, si acamparan en las partes enfrentadas,
moverían: al Ejecutivo, a introducir sus novaciones con una especial
sensibilidad religiosa hacia las creencias de los católicos; y a su
jerarquía, a comprender que no puede condenar a actuar al margen de la ley
a todo ciudadano que infrinja su moral. Porque sin esta caridad, tan legal
es que el Gobierno imponga sus decisiones, como que los católicos se
movilicen contra ellas en la calle.
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