5. El lenguaje de
los árboles
Víctor Corcova Herrero
¡Ay si el reino vegetal pudiera demandarnos para
enmendar acciones desviadas de lo natural! No habría jueces disponibles,
ni cárceles para tanto desaguisado consentido. Por ello, pienso, que tan
necesario es activar la forestación como cuidarla de atropellos, enaltecer
su hábitat y esclarecer conductas asesinas.
Hay aromas que permanecen para siempre a nuestra vera,
paseos inolvidables, caminos imperecederos, árboles en los que hemos
recostado nuestras penas, nubes de bosques que nos han sellado el mimo del
aire en la mejilla, campos por donde campean copos luminosos que nos
avivan por dentro, lenguajes que forman parte de la vida, lenguas que son
versos de nuestras raíces, latidos que acentúan vivencias y convivencias.
Quizás por nacer entre tupidas arboledas, haber escrito el primer
pensamiento para el día del árbol a la sombra de ancestrales sotos, o
haber despertado al amor entre mares de amapolas silvestres, uno sienta
gozosa predilección por esas atmósferas limpias, que tan níveamente me
arroparon de niño y después de joven, donde escuchar el silencio, prendido
a los labios de soledad, era más que un ocio, un acto de encandilarse a
los días.
Las frondosidades de los montes, con sus variados
mantos, aquel nogal solitario que todavía hoy ronda la ventana del patio
de la vieja escuela del pueblo a la que ya no acuden niños, el enramado
boscaje con el que dialogaba a ser mayor, suscitó en mí los más profundos
poemas. Siempre recordaré el poético baile de los árboles al son del
viento, una orquesta de sensaciones difícil de narrar. A raíz del último
encuentro con la arboleda perdida, sentí desolación por el viejo nogal,
los achaques eran palpables, debido al diluvio de aires contaminados que
le circundan. Percibí su lenguaje triste y hube de apercibir a los
parroquianos. Por conciencia, prometí resucitarlo con una fiesta de la
poesía, que los poetas dejasen el corazón por su vida y que los vecinos
declarasen el luto desde el campanario del cielo.
Realmente la llamada surtió efecto y los afectos no se
han hecho esperar. Esta semana me participa el alcalde del pueblo que el
nogal, tras unos cuidados especiales, más de cariño que de alimento,
vivirá otros cien años más. Estoy, pues, con el alma en pleno olmo de
felicidad. Por si fuera poca la alegría, leo que mejora la salud del reino
vegetal, unos resultados obtenidos tras el Inventario de Daños Forestales
(IDF) de 2004 indican que el 85 % de árboles estudiados presentan un
aspecto saludable, con una pérdida de volumen foliar entre el 0 y el 25%.
Esto significa que este año se ha producido una mejoría en el estado
general del arbolado español respecto a 2003, año en el que el 83,3%
aparecía con daños, como el nogal de mis lágrimas.
Es un signo de esperanza, pues, el respeto a la
naturaleza y la conversión ecológica. Esto es para celebrarlo y
aplaudirlo. En ocasiones, absurdamente, se han devastado, sin vacilación
alguna, llanuras y valles boscosos, contaminado aguas, desertizado
espacios verdes, en beneficio de una industrialización salvaje que cava
nuestra propia fosa. Este calvario también ha llegado a los más recónditos
lugares, con la farsa de un falso turismo rural. Por ello, pienso, que tan
necesario es activar la forestación como cuidarla de atropellos, enaltecer
su hábitat y esclarecer conductas asesinas. Las amortajadoras manos del
hombre hacia algunos paisajes irrepetibles, rincones más del cielo que de
la tierra, son para temerle, cuando le mueve el afán de la especulación y
el desvelo por levantar rascacielos donde hay jardines naturales creados
por la vida para donar poesía y sosiego al caminante. ¡Ay si el reino
vegetal pudiera demandarnos para enmendar acciones desviadas de lo
natural! No habría jueces disponibles, ni cárceles para tanto desaguisado
consentido.
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