6. Mi patria es...
Miquel Agirrgabiria Agirre
Buscando una respuesta más universal a esta clásica
pregunta de identidad, que históricamente ha producido tantas desgracias a
la Humanidad.
El sentimiento patriótico de cada uno es algo que puede
compartirse con otras muchas personas -con la misma o diferente patria-.
La patria es siempre motivo de orgullo propio y nunca debiera ser causa de
conflictos. La patria que sentimos como nuestra debiera ser abierta,
acogedora e imponernos únicamente la responsabilidad de cuidar de sus
lenguas y de sus culturas asociadas, sin desconocer las ajenas y
respetando a los restantes idiomas y civilizaciones.
Porque no fueron los políticos quienes mejor definieron
qué era la patria, sino los poetas. Ilustres rapsodas dictaron versos
gloriosos como "mi patria es mi lengua", "mi patria es mi infancia", “mi
patria es la Tierra”,… Qué fácil es proclamar con ellos las mismas
verdades: MI PATRIA ES… la memoria, o el pensamiento, o mi hogar, o una
nube, o la intemperie, o un baúl de recuerdos en el desván, o el huerto de
mi abuela,…
Cómo no compartir con Baudelaire que "mi patria es mi
infancia", o con Antoine de Saint-Exupery que “La infancia es la patria de
todos”. Este axioma es reiterado por pensadores con Rainer María Rilke,
“la verdadera patria del hombre es su infancia” o Miguel Delibes, “la
infancia es la patria común de todos los mortales, de ahí que el lector se
identifique de inmediato con un personaje infantil sea de donde sea”.
Muchos literatos, desde tiempos remotos, señalaron otro
aspecto prosaico -pero innegable- de qué entendemos a veces como patria.
Aristófanes manifestó que “allí donde se está bien es la patria” y
Benjamín Franklin que “allí está mi patria, donde mi libertad”. Múltiples
proverbios apuntan en la misma dirección, desde los aforismos franceses
“para un comerciante la patria es la bolsa (o su bolsillo)”, hasta el
adagio árabe “el pobre es un extranjero en su patria”, destacando el
apotegma sueco que “la patria está allí donde uno es útil”.
La patria es un concepto noble, pero el patriotismo mal
entendido ha sido causa de muchas aberraciones bélicas cuando es un
instinto que odia, y no una virtud que prefiere. Guy de Maupassant
escribió que “el patriotismo es el huevo de donde nacen las guerras” y
Samuel Johnson que “el patriotismo es el último refugio de los canallas”.
Inaceptable es cualquier patriotismo que empuja al campo de batalla para
matar o morir, en lugar del amor a lo propio que nos enseña a vivir en
comunidad con los próximos y con los lejanos.
La inmensa mayoría de nosotros somos pacíficos y
creemos, desde las incontables y peculiares identidades patrióticas y
desde la individual libertad, que el respeto mutuo entre personas, lenguas
y culturas nos hace más grandes y libres a todos los seres humanos.
Suscribimos también las palabras de Séneca, “amamos la patria no porque
sea grande, sino porque es nuestra” y las de Fatos Arapi, “donde me halle,
soy un pedazo del paisaje de mi patria”.
En estos tiempos de interculturalidad e inmigraciones
masivas, allí donde cada persona constituye su familia, allí está su
verdadera patria. Todos podemos parafrasear a François Mitterrand cuando
dijo que “Francia era su patria y Europa nuestro futuro”. Ojalá pronto
cada uno tenga su patria pequeña y “el mundo sea el futuro de toda la raza
humana”.
En medio del actual plurilingüismo prima más la máxima
de Alfred Tennyson “quien más ama a su patria es el mejor cosmopolita”,
que la desafortunada frase de Eça de Queiroz, “una prueba de patriotismo
es hablar mal cualquier idioma que no sea el nuestro”.
Creo sinceramente que mi patria se escribe con
minúscula, como algo importante pero nunca de valor absoluto. Mi patria
convencional probablemente la comparto sólo con uno o dos millones de
personas, pero mi Patria Grande, que puede ser la Patria de todos, se
llama Inocencia, Tiempo y Vida.
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