3. Las
raíces enterradas
Pablo Vázquez Pereira
En el Preámbulo de la Constitución Europea, firmada en
Roma el pasado 29 de octubre, no hace mención de las raíces cristianas del
continente. Europa ha prescindido, así, de una referencia imprescindible
para comprender su misma esencia. Aunque, afortunadamente, no se puede
negar la historia.
Fue Azaña el que afirmó que España había dejado de ser
católica. Y ya ven: A pesar de su fina intuición y de la buena puntería de
los que vinieron tras él, todavía quedan católicos por estos pagos. De
hecho, es posible que, si Maragall insiste, Ibarretxe resiste y Zapatero
no lo remedia, el catolicismo patrio sobreviva a la misma España. Con lo
que, paradójicamente, se haría bueno el augurio del mandatario
republicano: España dejaría de ser, y -como diría Rajoy- no siendo, no
sería ni católica, ni atea, ni mediopensionista.
En cualquier caso, es de justicia reconocer que, de
entre los extravíos de Manuel Azaña, no fue éste el más grave, ni el menos
comprensible. Al fin y al cabo, aquellos eran los días en que los
españoles ensayaban el primer divorcio exprés: Se acostaban con la
monarquía y se levantaban con la república, de suerte que no hubiese sido
extraño que aprovechasen la hora de la siesta para la apostasía masiva.
Aunque, como es sabido, no fue el caso.
Además,
Azaña tuvo a bien decir que España había dejado de ser católica, sin
atreverse a negar que lo hubiese sido. Confundió la realidad y el deseo,
ignorando lo que Julio Camba llamó el temperamento católico
de los españoles, pero no incurrió en el desvarío de falsear el pasado. En
octubre de 1931, Azaña aún sabía que la historia es muy puñetera y que, a
diferencia de los calcetines, no cabe darle la vuelta, ni remendarla a
voluntad.
Eso lo sabía Azaña -o, por mejor decir,
parecía saberlo-, pero lo ignoraron, en cambio, los redactores de la
Constitución Europea. Giscard d´Estaing y los suyos olvidaron que, como
asegurara Paul Valéry, Europa es Roma, Atenas y Jerusalén; olvidaron, en
suma, que como afirmó el Cardenal Poupard, Occidente no es un
accidente y que, sin la cultura
clásica y el cristianismo, Europa no sería lo que es. Y, a resultas de
tantos olvidos, redactaron un Preámbulo que bien podría haber sido el de
la Constitución de Tanzania.
Pero la historia, como queda dicho, es
muy puñetera y tiene, ya lo advertía Hegel, sus astucias. Así lo atestigua
el hecho de que el nuevo Tratado se firmase en Roma bajo la atenta mirada
de una estatua de Inocencio X, el Papa que condenara el cuius
regio, eius religio
de Westfalia. Y, por si eso fuera poco, los firmantes se retrataron,
sonrientes, a los pies de Constantino, el emperador que, con la
promulgación del Edicto de Milán, favoreció la cristianización de Europa
y, con ella, la controversia que nos ocupa.
Sin embargo, para Valéry Giscard d´Estaing, eso no
significa demasiado. Para él, lo verdaderamente importante es ser, como
Anderson y Desaguliers, el padre de una Constitución. Él ha ido más lejos
que Manuel Azaña y ha enterrado, con la complicidad de otros, las raíces
de Europa. Puesto a olvidar, Giscard d´Estaing olvidó que las raíces
crecen, precisamente, bajo tierra.
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