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5. ¡No tengáis miedo! (2)

Alejo Fernández Pérez

¿Por qué atacan tanto Cristo y a su Iglesia? No atacan a Jesús sino a la imagen deformada que tienen de El, al verdadero Jesús no le conocen, y también porque:

a) Nunca o casi nunca han leído los Evangelios como apenas han leído a Marx, ni conocen las destructivas ideologías jacobinas revolucionarias y trasnochadas. b) En gran parte, por la inmensa propaganda anticatólica de judíos, protestantes, sectas variadas y de las ideologías marxistas-leninistas más que fracasadas. c) Porque está de moda, y es lo políticamente correcto ahorrándose tener que pensar ni enfrentarse a nadie. d) Por la poca formación de los católicos que los torna pasivos y cobardicas. e) Por la misma razón que Judas traicionó a Cristo; porque el diablo se apoderó del corazón de Judas como se ha apoderado hoy del corazón de muchos hombres a través de ideologías llenas de odio. f) Por la razón intolerable de ser la más perfecta de las religiones, la más íntegra, a pesar de los inevitables defectos humanos de sus miembros.

Punto y aparte merece el destrozo causado por una propaganda llena de odio y rencor. Desde la Revolución francesa y la extensión de las ideologías marxista-comunistas la propaganda progresista presenta el anticlericalismo o anticatolicismo como un sentimiento "popular", natural y espontáneo. Al “pueblo”, a las capas sociales más pobres, achacan las izquierdas las violencias y revueltas que se producen. Pero no fue ni es “el pueblo” el responsable, sino minorías fanatizadas por los partidos y el discurso de la izquierda. Pio Moa nos dice que utilizan “Una propaganda de bajo nivel y plagada de las mentiras más groseras. Más que un retrato de la Iglesia, los panfletarios ofrecen un retrato, nada tranquilizador, de sí mismos”.

Cuando la mente ha sido invadida por una de esas ideologías, cuando el ojo no ve y el oído no entiende , sólo Dios puede convertir al hombre. Los judíos no se convirtieron ni ante la resurrección de Lázaro, ni ante la de Jesús. El Faraón de Egipto no doblegó su voluntad hasta la séptima de las plagas atraídas por Moisés. El rico Epulón pidió al Señor que mandase al pobre Lázaro, muerto, a sus hermanos para que se convirtiesen. “Si no creen a Moisés tampoco creerán si un muerto resucita” replicó el Señor. El milagro indiscutible de Fátima es discutido y rechazado. ¿Qué más milagro que la existencia del Evangelio? Las conversiones suelen tener algo de milagroso y proceden, normalmente, mas que de una fuerza o evidencia exterior de otra interior, que sale del corazón.

¡No tengáis miedo! Pero, si por miedo desertásemos de nuestro puesto, el Señor nos pedirá cuenta de los hermanos perdidos por nuestra culpa. Sin embargo, ¿Cómo vamos a tener miedo en una guerra donde la victoria final está asegurada? Nos respalda Cristo y su Evangelio, una doctrina limpia, clara y sin secretos. No se engaña a nadie. Cuando se cumplen sus condiciones se entra y se sale cuando se quiere. Se paga la voluntad. Tenemos un solo jefe, el Papa, y una sola doctrina. ¡Cómo envidian nuestra unidad y cómo envidian la claridad y firmeza de esa doctrina que no se dobla ante ninguna presión humana! Y cómo, a pesar de los pesares, se respeta a una Iglesia siempre firme en sus principios. Las palabras de Jesús no permiten dudas: “Los cielos y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán”. “ Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos” En cualquier otra actividad humana las leyes pueden quitarse o cambiarse cuando le plazca al mandamás de turno. Aquí no. Aquí las palabras de Cristo son eternas y su ayuda “hasta el final de los siglos”.

 
 

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