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6. Inquisición civil

José Ignacio Munilla Aguirre

La tolerancia civil es obligatoria; la tolerancia doctrinal es absolutamente inadmisible. Si no hay mal ni bien, verdad o mentira; entonces, en la práctica, no puede ser defendido ninguno de nuestros derechos. Soplan tiempos de persecución para los cristianos por parte de los “tolerantes”.

"Construir una sociedad plural sobre la base de la tolerancia"; he aquí el proyecto político de nuestros gobernantes. Y la verdad es que dicho así, cuela para mucha gente; y hasta puede parecer lo lógico. ¡Lo contrario sería caer en la "intolerancia"! Sin embargo, más allá de las palabras de moda, una sociedad no crece sana si su único principio de integración es la tolerancia. El amor cívico entre los ciudadanos, lo que en el diccionario tiene por nombre "patriotismo" -palabra prohibida por la progresía actual- ese sí es el principio de integración social. El amor es lo que une. La tolerancia, a lo más, evita enfrentamientos.

Es necesario y urgente que hagamos un esfuerzo de reflexión sobre el concepto de "tolerancia". En efecto, ante todo hay que distinguir entre "tolerancia civil" y "tolerancia doctrinal". La primera, la tolerancia civil, nos parece absolutamente necesaria, por cuanto que es equiparable al "respeto" a las personas. No es que demos por buena cualquier ideología o comportamiento moral, sino que sencillamente hemos de respetar a los hombres y mujeres concretos, cualesquiera sean sus opiniones.

Ahora bien, la "tolerancia doctrinal" es absolutamente inadmisible, por cuanto supone que aceptemos indistintamente tanto la verdad como la mentira, el bien o el mal. Si algunos propugnaran, por ejemplo, que los niños enfermizos deben ser eliminados para así ir mejorando la raza, esa idea y las acciones que implica para realizarla, no merecen tolerancia doctrinal alguna. En el fondo, "tolerancia doctrinal" es sinónimo de "relativismo moral" y de "agnosticismo filosófico"; es pensar que nadie puede conocer lo verdadero, porque en el fondo la única verdad es que "todo es relativo".

Los cristianos estamos llamados a ser "intolerantes doctrinalmente" y "tolerantes civilmente". En el fondo, no estamos diciendo otra cosa que lo afirmado por San Agustín: "odia el delito y ama al delincuente". Tanto la razón como la fe nos dicen que hay una verdad; de forma que no podemos entender la construcción política de una sociedad, sin partir de esa verdad, fundamento del bien común.

Ya es hora de que los católicos nos quitemos el complejo de inquisidores que llevamos encima. Aquello pasó hace muchísimos años, mientras que hoy está ocurriendo justamente lo contrario. Nos referimos a que la historia del siglo XX y XXI está demostrando que la "tolerancia doctrinal" está originando en la práctica una "intolerancia civil". Ahí tenemos el caso del sistema comunista: partían del rechazo de las religiones y de cualquier verdad dogmática, para terminar exterminando a los que no pensaban como ellos. Y en la actualidad padecemos la velada dictadura del liberalismo, que tras rechazar cualquier "creencia dogmática", acaban "tolerando" que unos 50 millones de niños al año sean asesinados antes de nacer, o que otros muchos millones de seres humanos en fase embrionaria, sean congelados y sacrificados como materia prima de experimentaciones. Aunque sea cruel, es lo lógico: si no hay mal ni bien, verdad o mentira; entonces, en la práctica, no puede ser defendido ninguno de nuestros derechos, ni siquiera el derecho a la vida. ¡La tolerancia doctrinal conduce necesariamente a la intolerancia civil!

Dicho lo cual, no nos queda sino constatar que soplan tiempos de persecución para los cristianos. El laicismo reinante considera que el catolicismo es intolerante, y recurre a excluir de la vida pública a todos aquellos "disidentes" que no pasan por el aro del pensamiento único laicista. Ciertamente, el sistema liberal no recurre a los "gulag" soviéticos u otros burdos métodos de persecución. Hay procedimientos mucho más sofisticados. Pero en cualquier caso ya hemos empezado a padecer los efectos de una "inquisición civil". Un buen ejemplo lo tenemos en los primeros pasos dados por el gobierno Zapatero; curiosamente -en esto, sí-, sin ningún conflicto y plenamente conjugado con el Gobierno Vasco. Resumimos unos hechos objetivos suficientemente significativos:

- Descalificaciones a los obispos cada vez que defienden los principios morales católicos.

- Amenazas de derogar el estatuto jurídico y económico de la Iglesia dentro del Estado español. Anuncio paralelo de subvenciones para la comunidad musulmana.

- Condicionamiento de las subvenciones a los colegios de enseñanza privada al plegamiento a la ideología del gobierno.

- Ridiculizaciones y ataques a la Iglesia en los medios de comunicación. Promoción pública de cine anticatólico.

- Manipulación de la historia. Ocultamiento de sus raíces cristianas; y reducción del hecho cristiano a su aspecto artístico.

- Intentos de arrinconamiento de la asignatura de religión dentro del sistema de enseñanza.

- Fomento de la cultura gay en la vida pública, hasta el punto de que los colectivos gays anuncian la presentación de denuncias a Fiscalía contra los obispos que predican la moral católica sobre la homosexualidad, bajo la acusación de homofobia.

- Expulsión del representante de la Federación de Religiosos de la Enseñanza (FERE) del Consejo Escolar del Estado -máximo órgano consultivo de la enseñanza- (la FERE agrupa a dos mil colegios católicos, sesenta mil docentes y un millón de alumnos).

- Introducción de un sin fin de iniciativas legislativas inmorales: mayores facilidades para el divorcio, aborto libre, experimentación con embriones, matrimonio homosexual, con posibilidad de adopción de niños.

Llama profundamente la atención la celeridad con la que este Gobierno se ha lanzado a introducir todo tipo de iniciativas inmorales y ha mostrado su rostro anticlerical y anticristiano; precisamente, cuando después del 11-M, cabría haber esperado una mayor sensibilidad para procurar un rearme moral y espiritual de un pueblo tan brutalmente agredido. Muy al contrario, en base a su "tolerancia doctrinal"; se han lanzado a esta carrera de "intolerancia civil" anticristiana. ¡Así están las cosas! Como suele decir nuestro amigo Gonzalo Mazarrasa: "Dios nos libre de la intolerancia de los apóstoles de la tolerancia".

 
 

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