8. Valerse y valorarse de
otra forma
Víctor Corcoba Herrero
Según el poder económico, así vales. Y resulta, que
los currantes valemos bien poco, porque los sueldos son en su mayoría más
bien bajos. Valerse y valorarse de otra forma a la que hoy se da, exige
huir de mentiras y vicios, superioridades e inferioridades.
Pienso que es bueno, a veces, subirse al
olmo para ver el alma de esta piel de toro en la que habitamos, tan penada
por humos y llamas, donde cada día crecen más los Sanchos que los
Quijotes, los modales sin corazón y los modos de la indiferencia. En esto
de valerse por uno mismo y valorarse, unos se pasan, otros no llegan y
algunos andan perdidos. Correr a ocupar los primeros puestos, sin
escrúpulo alguno, se ha puesto tan al uso que todo se justifica y permite.
Todo vale con tal de valer para el ascenso productivo.
Hay un afán por clasificarse como valedor
e imprescindible, aunque para ello tengamos que pisar las cabezas de los
demás, y por vociferar en primera persona el propio justiprecio de cada
cual ante la competitividad exasperada que nos inunda. También tenemos los
que tiran la toalla, dicen a todo amén y se refugian en rincones crecidos
de soledad. Suelen devaluarse ellos mismos. Se acompañan de pastillas que
adormecen y engordan, (así cada día hay más Sanchos), como el pienso
compuesto que mi abuela le lanzaba a los pollos en los tiempos de la
incivil contienda del hambre.
La atmósfera de agobios y presiones,
soportada a diario en el diario de la vida, es tan fuerte que nos deja sin
aliento en un mundo escaso de amor, que traiciona por dinero y mata por
odio. Por muchos cultivos culturales que nos vendan, cuando la cultura se
dona y jamás se negocia con ella, y por otros tantos planes educativos,
más de empacho especulativo y adoctrinamiento hacia el consumo, que de
hallazgo intelectual e instructor hacia la libertad, se considera especie
rara aquel que toma el último lugar o que busca hacer feliz a los demás
más que a sí mismo. La legión de falsos valedores aglutinados en torno al
pensamiento único, valorados en proporción al grado de acatamiento y
conformismo, es para temerles y espantarles.
Don dinero, como tan acertadamente
predijo el sabio poeta, se ha apoderado de las familias. Así es difícil
valerse y valorarse en un mundo de mercados, donde la sumisión se da más
que nunca. Según el poder económico, así vales. Y resulta, que los
currantes valemos bien poco, porque los sueldos son en su mayoría más bien
bajos. Esto es tremebundo. El virus de ansiedades y depresiones tiene un
buen caldo de cultivo con ello. Las entidades crediticias nos han
hipotecado de por vida. El querer aparentar lo que no tenemos cuesta un
riñón. Las parejas se endeudan hasta el corvejón, por tener unos metros
cuadrados propios en el colmenar de los adinerados. El encarecimiento
acelerado de los precios inmobiliarios seguirá en alza porque hay muchos
intereses de poder por medio. Los políticos se echarán la culpa unos a
otros como el verdulero de mi barrio a los agricultores cuando los tomates
se ponen por las nubes. Vivimos en la confusión continua porque todo lo
puede el capital.
Hemos olvidado que para valerse más, hay
que unirse en el camino de la verdad todos con todos, sin que nadie quede
fuera de juego, puesto que toda persona es como un mar, portadora de
cauces que ella misma vierte. Dependerá de las aguas que guiemos, claras o
turbias, el valor de cada cual. El mundo podrá recompensar apariencias de
mérito generadas por complicidades interesadas; pero, al final del tiempo,
es el tiempo, padre y madre de la verdad, el que todo lo compensa, pesa, y
pone en su sitio. Valerse y valorarse de otra forma a la que hoy se da,
exige huir de mentiras y vicios, superioridades e inferioridades. Es
cierto, casi es un amor imposible, porque al lado de la verdad todo el
mundo debe ser igual. Y ya ven, cómo está el patio, ¡que hasta la justicia
no es igual para todos!
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