2. Política de cine
Mikel Agirregabiria Agirre
Paralelismos entre cine y política, destinados al
mismo público espectador y votante.
Una antigua idea me
ronda la cabeza, ahora que comienza el Festival de Cine de San
Sebastián, como siempre al inicio del curso académico y político. La
ciudadanía -mayoritariamente- somos gente variada que vemos incontables
películas que nos han habituado al lenguaje audiovisual y que ejercemos
como votantes esporádicamente.
La política puede ser vista como una
película más. Seguramente es un filme pesado, que se repite mucho,
inacabable, con poca lógica y que no siempre acaba bien. Los electores
queremos que los políticos nos expliquen sus programas para que podamos
entenderlos con facilidad, al igual que un guionista se esfuerza en
interesar a los espectadores, de los que sólo espera en el cine el
esfuerzo mínimo de comer palomitas. Sin embargo, no somos tontos ni
queremos que se nos trate como estúpidos, ni como espectadores ni como
votantes.
En política frecuentemente falta un guión
que estructure el programa propuesto por cada partido para hacerlo
accesible al conjunto de la sociedad. Un argumento, desde Aristóteles
hasta el cuento corto de Allan Poe, debe reunir tres componentes
fundamentales: Logos, un discurso inicial; Pathos, el conflicto o el
dilema a resolver; y Ethos, un mensaje claro con los valores o las
soluciones que se pretende transmitir.
Al igual que en el esquema
cinematográfico, en la política cada elector elige su “protagonista”, con
un “objetivo” a conseguir y un obstáculo en forma de “antagonista”.
Habitualmente suele haber una historia paralela, una historia de amor con
“la chica”, que puede acabar bien o mal. Además aparecen actores
secundarios, “un amigo” por ejemplo, que puede convertirse en “el traidor”
y complicar la aventura al personaje principal.
Los políticos, como los directores de
cine, deben conseguir que el votante se identifique con el protagonista, y
para ello desde el teatro clásico griego se conocen los mecanismos para
generar esa complicidad. En definitiva, se trata solamente de provocar en
el espectador una "catarsis", una purificación, bien en el caso de la
Tragedia a través de la piedad y el miedo por compasión de lo que padece
el protagonista, o bien en el caso de la Comedia mediante la risa y el
humor, sublimando y gozando del esfuerzo del personaje en su lucha.
Por último, la
estrategia de la comunicación regula el manejo de la información con dos
fórmulas complementarias. Normalmente los espectadores se van enterando de
la trama al mismo tiempo que el protagonista, viviendo las mismas
sorpresas inesperadas del argumento, por ejemplo cuando el problema se
complica y parece imposible resolverlo. Pero, a veces, los espectadores
saben más que el protagonista: Alfred Hitchcock recuperó con el
suspense el ingenio propio de los teatrillos de marionetas, donde los
chiquillos gritan más cuando la bruja aparece por el extremo opuesto
mientras el protagonista distraído mira en dirección opuesta.
En la política actual parece predominar
el suspense sobre la sorpresa. Casi todos sabemos lo que sucederá
finalmente, porque parece que manejamos más datos que los políticos
sonámbulos, que insisten en ignorar lo obvio. No cabe enumerar aquí
demasiadas profecías seguras que los políticos al uso parecen desconocer,
pero somos muchos quienes creemos que la paz se logrará, que el terrorismo
desaparecerá, que no será vencido por ejércitos sino con justicia, que
sobra el ingente gasto en la industria militar, que el mundo será
solidario y que la maldad será derrotada por la Humanidad. Lo malo es que
la intriga y la incertidumbre de cuándo lograremos todo esto sigue
doliéndonos por el sufrimiento de tantos inocentes.
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