5. Quitarse la vida
Víctor Corcoba Herrero
Quitarse la vida es un modo de locura. Nos empujan
las dependencias, la sensualidad, la ambición... cada día tenemos menos
vida interior y más inercias absurdas.
Eso de quitarse la vida, tan de moda hoy,
es un modo de locura colectiva y una manera de huir propia de enfermos
mentales. Uno debe quererse a sí mismo por encima de todo. La cuestión de
poner fin a la existencia es más grave de lo que parece. Revela que hemos
perdido el sano juicio de la conciencia, a pesar de tantas ciencias
humanas. El patrimonio del espíritu, el que emociona y reaviva, cuenta más
bien poco en esta sociedad de mercaderes. Ahí están sus frutos. Han
espigado las ansiedades del alma, las que no se pueden saciar con el
patrimonio del capital. La vida no se compra, ni se vende. Porque no es un
objeto de libre disposición. Esto pasa por ser analfabetos en moral, por
guiarnos de una cultura que nos mece en la esclavitud y adormece en el
pensamiento, que para nada nos libera de los tormentos. Nos han metido por
los ojos el complejo a las referencias éticas. Hablar de Dios se censura,
y de la vida, depende si es productiva.
Ante el panorama desolador, cada día son
más las personas que se emborrachan de pastillas, píldoras y grageas, para
poder tenerse de pie y hacerse valer como ser humano. Unas para huir de la
triste soledad, otras para conciliar el sueño y calmar el colmo de la
desesperación. Somos una sociedad, ensuciada por las dependencias y por la
constante sumisión a la pornografía, alcoholismo, superstición y cultos
satánicos. Descarado negocio, que habría que controlar más y hacer cumplir
las leyes. Para servidor, además, contribuyen al delirio e irracionalidad,
los famosos escaparates televisivos, a los que ningún poder precinta, y
que son verdaderos supermercados de carne humana, donde se pueden
encontrar todo tipo de incitaciones consumistas, excitaciones salvajes y
agitaciones bárbaras. Así no hay cuerpo que lo aguante, ni tampoco alma
que se encuentre en paz.
Todo vale con tal de tener poder para poder
aplastar al vecino. Y también, todo sirve con tal de subirse al carro de
los que nadan en la abundancia del euro. Olvidamos que la economía sin
corazón, es como un barco sin mar, un cielo sin tierra, un mundo sin
universo. Luego pasa lo que pasa. El desquicio nos envicia. Los
productores de muerte se ponen las botas, pero ellos no se matan. Las
luces se tornan sombras y los asombros gigantes matarifes que nos compran
como muñecos de feria. A veces, más desorientados que don Quijote con los
molinos de viento, cuesta subir la cuesta de la existencia, resistir e
insistir en lo de vivir a pesar de los pesares.
Por desgracia, en ocasiones, más
de las debidas, las leyes humanas se han endiosado de tal manera, que no
importa que vayan contra natura, contra la salud de la vida y de dejar
vivir, con tal de producir un bienestar que nos ciega, porque es más falso
que la falsa moneda, o comprar unos votos para contentar al pueblo.
En vista de los visto, cada día tenemos
menos vida interior y más inercias absurdas que rayan el escándalo. Con
este aire de despropósitos y angustias, tristezas y frustraciones, agobios
y confusiones, resulta irrespirable tomar aliento y caminar sin ahogos,
con la sonrisa en los labios y la risa en la mirada. El terrorismo
psicológico nos quiere imponer hasta la muerte como derecho. Sólo hay que
mirar y ver. Se camina con los bolsillos vacíos de ilusiones, sin la
fuerza armónica de la esperanza, rotos por las ratas dominadoras. Es una
derrota difícil de salvar, sobre todo, si no ponemos empeño en plantar
cara y en reencontrar equilibrios. Pero, en ningún caso, la muerte debe
ganarnos la vida que se nos ha dado para vivirla y beberla compartida. Así
de vivo, porque vivir es lo más grande que se nos ha transmitido, para
administrarlo bien.
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