Imprimir

7. La melancolía juvenil

Felipe Santos-SDB

Un valor importante que faltaba a mi existencia joven era precisamente la poca importancia que doy al tema religioso. “...Señor, haz que mi vida joven no se aparte jamás de ti...”

La joven se había dejado apoderar por el sentimiento de la melancolía. Todo el mundo que le circundaba se había convertido para ella en tétrico, oscuro como una tormenta que atruena por el universo.

Su rostro, tan bello como la puesta de sol por la bahía de Palma de Mallorca, quedaba oscurecido por el sentimiento de pena que albergaba en su interior.

Una tarde, antes de la celebración de la Eucaristía, entró en el templo para desahogarse de su sufrimiento íntimo.

Me acerqué a ella con mucho tiento. Y sin más, le pregunté: ¿Qué te ocurre?

Me miró fijamente a los ojos, y me dijo: “¿Tú qué crees?”

No sé, le contesté. Lo que observo en tu bella cara es que demuestras mucha tristeza.

Eso, me respondió, es evidente.

¿Puedo ayudarte en algo? le dije en plan cordial.

Bueno.

¿Y sin más entramos en la conversación que, al fin y al cabo, estaba buscando.

Mira, he entrado en la iglesia para estar sola un buen rato. Lo necesito. Déjeme llorar un buen tiempo hasta tanto recupere mi estado anímico.

Durante la celebración de la Misa, su rostro fue adquiriendo una luz nueva, más brillante, más atractivo.

¿Qué has sentido durante la media hora de oración?

No sé. He notado que en contacto con Dios, en este rato de recogimiento, mi interior se ha iluminado con un nuevo resplandor.

Me he quedado en blanco. He elevado mi mente y mi corazón joven a Dios.

¿Qué has notado?

He observado con claridad meridiana que mi vida joven es una “m”. Desde que me entregué al vicio, sólo he vivido una vida de placer. Y que te conste que lo he hecho sin sentirlo. Buscaba salir de mi estado melancólico al menos unos momentos.

Ahora me he dado cuenta de que mi vaciedad provenía de la falta de relación con Dios. Me he dado cuenta de que pertenezco -por desgracia- a toda ese mogollón de gente que tiene de todo pero siente la ausencia de Dios.

Al menos mi estado melancólico me ha ayudado a que haya hecho un examen de mi crisis de valores. Y uno importante que faltaba a mi existencia joven era precisamente la poca importancia que doy y dan mis colegas al tema religioso, clave, por otra parte, para entender los misterios serios y profundos que a todos nos vienen más tarde o más temprano.

Ahora percibo de nuevo el aire nuevo que refresca mi conciencia. Quien sabe buscar a Dios no debe temer nada. Pienso cambiar de vida. Y si mis colegas me dicen que soy una “beata” o ñoña, les diré que se vayan al quinto pino.

Y entonces le escribí esta oración:

Señor, haz que mi vida joven
no se aparte jamás de ti.
Que sepa hacer frente a los colegas que me rodean.
Que nunca más me llene de alcohol y de sexo sin sentido,
sino que tú, amado Señor, seas el motor que alienta mi juventud.

 
 

Inicio ] [ Atrás ]