1. Eucaristía: compartir
Jaime Septién
¿Quién se atreve hoy a creer, con firmeza, en la
Eucaristía? Aquel que cree con
firmeza que Cristo es Dios hecho hombre, plenamente Dios y plenamente
nuestro hermano.
Guadalajara es la ciudad de la Iglesia universal. La Eucaristía movilizará
un enorme caudal de recursos de los católicos de todo el mundo, para
reflexionar en el Misterio central de nuestra fe y en el acta de
nacimiento de la Iglesia.
El
Concilio Vaticano ll definió a la Eucaristía como “fuente y cima de toda
la vida cristiana”. De donde salimos (del costado de Cristo) y a donde
queremos llegar ( al Paraíso, como aquella tarde de viernes el buen
ladrón). Es don y misterio de la encarnación del Hijo de Dios. O sea:
nuestra exaltación y nuestra misión.
Además
del 48º Congreso Eucarístico Internacional (10 al 17 de octubre), comienza
el Año de la Eucaristía, convocado por el Papa (a partir del 17 de octubre
de 2004) y habrá de cerrarse con el Sínodo de los obispos (octubre de
2005) cuyo tema central será, justamente, la Eucaristía.
¿Quién
se atreve hoy a creer, con firmeza, en la Eucaristía? Aquel que cree con
firmeza que Cristo es Dios hecho hombre, plenamente Dios y plenamente
nuestro hermano. Es decir: quienes creen en la divinidad de Cristo, en su
actualidad, en su Presencia en nuestra historia. Que Él está en la Sagrada
Forma, hasta el final de los tiempos.
Europa
ya no cree, o cree cada vez menos. Es América, el continente más joven en
incorporarse a la cristiandad, quien tiene ahora la respuesta. Por eso es
tan importante lo de Guadalajara. De América (y, si mucho me apuran, de
México) ha de salir la corriente de reconquista de los pueblos para Dios,
de los hombres para su Iglesia.
Hay un
tema que ha acompañado a la Eucaristía y que permanece en los pueblos y
las ciudades de nuestro país, pero más visible en las comunidades rurales:
algo que las asemeja a las primeras comunidades cristianas: el compartir.
La Eucaristía era compartir los bienes, repartir el pan, ayudarse unos a
otros. Que a nadie le sobre y a nadie le falte. Que todos tengan lo
necesario para celebrar, con dignidad, los misterios de nuestra fe.
Ese
potencial solidario -que se nota en las fiestas patronales, por ejemplo,
donde nadie queda sin comer su tortillas, su mole, sus frijoles-debe ser
el que inunde, de nuevo, la celebración de la liturgia y la vida de los
cristianos. Que la Sagrada Forma sea el rostro de Cristo en el hermano; el
rostro del hermano en Cristo.
Y eso
América se lo puede regalar al mundo: como la papa, el tomate, el
chocolate y tantas otras dádivas. Esta tendría que ser en la fe. Y en el
encuentro con un Jesucristo vivo, palpitante, para, desde ahí, sacar el
agua viva de la solidaridad con todos.
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