2. Para eso he venido
Walter Turnbull
Las cosas que a nosotros nos parecen inadmisibles
bien podrían ser las más valiosas de nuestra existencia.
De la sección “Temas de Reflexión”, de un
ejemplar del “Selecciones del Reader’s Digest” recuerdo una historia más o
menos como ésta: Mucho tiempo viví esperando que mis problemas y
dificultades terminaran para entonces poder vivir mi vida, pero ese
momento nunca llegaba. Siempre había alguna pena o algo de qué
preocuparse. Vivía eternamente frustrado(a). Encontré la paz y el motivo
de vivir el día que comprendí que esos problemas y dificultades eran mi
vida.
La vida en este mundo está llena de
contrariedades. Cosas que amenazan o truncan nuestra añorada felicidad.
Una enfermedad, un despido, una crisis económica, un conflicto, una
muerte, un fracaso, un cataclismo... la lista es infinita. Para unos más,
para otros menos. Desde pequeñas incomodidades hasta terribles tragedias.
Son cosas que no quisiéramos vivir.
La reacción inmediata es el disgusto, la
frustración, la tristeza, la queja... ¿Porqué yo? ¿Porqué a mí? ¿Porqué
ahora? Simplemente ¿Porqué? Queríamos disfrutar los legítimos bienes de la
vida. La vida así no merece la pena.
¿Quién no se ha sentido así alguna vez?
“Esos problemas y dificultades eran mi
vida”, dice este personaje del “Selecciones”. Como si la vida estuviera
hecha de eso y para eso. Como si los sufrimientos y trabajos tuvieran
algún propósito y algún valor. Hay cientos de escritos motivacionales que
apoyan estas ideas: No hay mal que por bien no venga, las dificultades son
retos, los problemas nos hacen más fuertes, el sufrimiento nos purifica y
nos hace más sabios... Como si la vida no fuera una estancia sino una
prueba. No un descanso, sino un evento deportivo. No un paseo, sino una
pista de comandos.
Tal parece que los inconvenientes no
fueran un contratiempo en nuestra vida, sino el momento más importante. El
trabajo no pedido en servicio del necesitado, el dolor inmerecido, el
esfuerzo extra para alcanzar un bien o solucionar un conflicto, la pérdida
de cosas en las que habíamos puesto el corazón, la incapacidad de lograr
lo que se anhela, las angustias por los hijos, el hijo no esperado... todo
serían créditos para alcanzar el título de santo, oportunidades para
llegar al verdadero fin.
Y cuando llega el momento, las dudas nos
asaltan. ¿Será cierto?
Dice San Pablo: Nos sentimos seguros
hasta en las pruebas, sabiendo que de la prueba resulta la paciencia, de
la paciencia, el mérito, y el mérito es motivo de esperanza... (Rm. 5,
3-4).
El tiempo de un enfermo que ora por la
humanidad -ha dicho Juan Pablo II- es enormemente valioso en la
economía de la salvación (iba a decir “el más valioso”, pero me acordé
del tiempo invertido en la Eucaristía).
Finalmente Cristo, a la vista de su pasión,
revela a sus discípulos: Me siento turbado ahora. ¿Diré ahora: Padre,
líbrame de esta hora? Si he llegado a esta hora precisamente para esto.
(Jn. 12, 27). Para eso he venido, para ese momento dramático. Al menos en
la vida de Cristo, esto parece ser lo más importante, y los más valioso. Y
lo puede ser para nosotros si estamos unidos a Cristo.
Puede ser. Puede ser.
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