3. El día de la Hispanidad
Víctor Corcoba Herrero
Bienvenidas, pues, todas las ofrendas de luz y vida
en este doce de octubre, en el que todo sabe a concordia y paz.
El descubrimiento de América, como el
hallazgo de la vida, lleva el sello del asombro y la identidad de cada
cual en su universo, donde siempre es posible reencontrarse con la voz del
silencio y el abecedario de un corazón que habla. La humanidad, más
enraizada que nunca a las distintas razas, escribe su singular poema con
los labios del sentimiento. Nadie borre los esquejes de la pasión en el
jardín del mundo. Para ser hay que ser con los otros y los otros con el
ser. Sólo así seremos un tallo esplendoroso de versos y una raíz fecunda,
capaz de acrecentar la poesía diferencial que cada cual llevamos consigo.
Las níveas esencias de los abrazos, cuando se donan de alma a alma,
florecen y despejan los cielos. En los horizontes abiertos, donde no
existen fronteras, ni frentes en conflicto, el aire es un continuo aleteo
de besos que reaviva esperanzas y aviva a vivir.
Hoy es el día del encuentro sincero. Con
más latidos que palabras, el poeta nicaragüense, Rubén Darío, hijo de la
nueva España, resume todo lo que significó el momento: “...Mientras el
mundo aliente un sueño, / mientras haya una viva pasión, /
un noble empeño, / una imposible hazaña,
/ una América oculta que hallar, / vivirá España.” (Del canto: “Al rey
Óscar”). El tiempo no puede suprimir gratitudes vertidas, ni gratuidades
donadas, que hicieron brotar vínculos de hermanamiento. La festividad será
tanto más saludable, cuánto más nos escuchemos en mutua y recíproca
confraternidad. Siempre será bueno estar todos con la madre patria, y
todas las patrias con la madre, poblando y repoblando historias que nos
unen y convivencias que nos ensamblan.
Bienvenidas, pues, todas las ofrendas de
luz y vida en este doce de octubre, en el que todo sabe a concordia y paz,
y donde la España descubridora y conquistadora -según reza en un decreto-
volcó sobre el continente enigmático el magnífico valor de sus guerreros,
el ardor de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de
sus sabios, la labor de sus menestrales, y derramó sus virtudes sobre la
inmensa heredad que integra la nación americana.
En todo caso, la fecha puede servirnos en
estos momentos, cuando el mundo es más chico que nunca, para comprender
que esta tierra es de todos y que la construimos juntos, todas las razas y
linajes, las diversas castas de hispanos con sus culturas de aquí y de
allá. Nadie sobra. En suma, la celebración de un gozoso doce de octubre,
debe encaminarnos a una mayor comprensión hacia las migraciones, desde un
espíritu de entendimiento, con vista a esa fraternidad de la familia
humana tan necesaria para convivir y vivir en armonía. En lugar de
mantener la confusión de lenguas y el desprecio hacia algunas razas,
celebraciones así han de ayudarnos, en definitiva, a descubrir, como los
descubridores de antaño, esa innata voz común, inteligible para todos, y
que no es otra que el lenguaje del amor. Hay que reconocerse en ese
silabario de ternuras y enternecerse, hacerse más de la fiesta del
hermano, al que tantas veces dejamos dormir en los soportales, a la
intemperie, como si fuese una piedra en vez de un ser humano que ya es
decir.
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