3. El Cairo: 10 años después
Las preguntas siguen en pie: ¿somos demasiados en
la tierra? ¿Es sostenible el desarrollo humano que ha permitido tantos
progresos? ¿Depende la pobreza del número de hijos? ¿Cómo regular la
natalidad? ¿Cómo controlar enfermedades de transmisión sexual? ¿Existen
derechos sexuales y derechos reproductivos?
Estamos por cumplir 10 años de la
conferencia de El Cairo. Por lo mismo, los medios de comunicación vuelven
a tocar algunos de los problemas afrontados en aquel importante encuentro
de las Naciones Unidas.
Las preguntas siguen en pie: ¿somos
demasiados en la tierra? ¿Es sostenible el desarrollo humano que ha
permitido tantos progresos? ¿Depende la pobreza del número de hijos? ¿Cómo
regular la natalidad? ¿Cómo controlar enfermedades de transmisión sexual?
¿Existen derechos sexuales y derechos reproductivos?
A esas preguntas deberíamos añadir
algunas nuevas, que nacen de la situación de los así llamados países
ricos: ¿Cómo afrontar el envejecimiento de la población? ¿Es posible que
funcione la economía cuando disminuye tanto la natalidad? ¿Qué hacer para
conseguir mano de obra y lanzamiento económico en países que empiezan a
ver cómo cada año disminuye su población?
Las preguntas son muchas, y las
respuestas, según diversos puntos de vista, resultan muy distintas. Lo que
diga sobre “derechos sexuales” una persona que defiende el amor libre y la
destrucción del viejo sistema familiar será muy distinto de lo que diga
quien piensa que existen reglas para vivir de modo correcto la sexualidad,
para quien reconoce que la familia no es algo modificable según las modas
del momento.
No vamos a entrar ahora en la discusión
sobre temas tan complejos, temas que deben ser tratados por personas
competentes y, esperamos, libres de prejuicios ideológicos. Ofrecemos,
simplemente, dos perspectivas que conviene tener presente en este
aniversario, de modo especial para poder formar un juicio de valor sobre
lo mucho que se está escribiendo y proyectando sobre estos temas.
La primera es una afirmación sencilla y,
creemos, condivisible por todos: ningún esfuerzo por mejorar el mundo
puede ser justo si se basa en la supresión de los derechos de unos para
mantener los derechos de otros.
Concretemos: buscar un mundo menos
contaminado es algo bueno, pero no podemos perseguir este objetivo si un
gobierno decide, por ejemplo, destruir las barracas de los pobres sin
ofrecerles una alternativa, sin hacer absolutamente nada por evitar que
las fábricas de algunos ricos mantengan sistemas de producción altamente
tóxicos.
Igualmente, no es justo trabajar contra
la pobreza con la decisión de eliminar a los pobres, a los débiles o a los
niños, mientras se mantiene o se aumenta el nivel de bienestar de los
países más ricos. La pobreza se elimina con una mejor distribución de las
riquezas y con la promoción de medidas que favorezcan la productividad de
la tierra, no con el aborto o con los preservativos.
La segunda afirmación puede ser menos
condivisible, pero no por ello menos válida: no es lícito perseguir un fin
bueno a través del uso de medios malos (malos desde el punto de vista
ético).
Bajemos, nuevamente, a lo concreto. Puede
ser bueno que una pareja de esposos decida retrasar la llegada de algún
hijo. Pero para lograr esta meta no es correcto ni esterilizar a uno (o a
los dos) de los esposos, ni usar métodos anticonceptivos que van contra el
uso correcto del matrimonio, ni (algo mucho más grave) permitir el aborto
como si esta “técnica” fuese un método anticonceptivo.
Es claro que quienes ven la sexualidad
como algo “accesorio” o simplemente “material” en el ser humano tendrán
dificultades en ver que hay algo equivocado en el uso de la espiral o de
las píldoras anticonceptivas. Muchos piensan que estos métodos son señal
de “progreso”, que son instrumentos que permiten usar y disfrutar la
sexualidad sin el “peligro” de un hijo.
La realidad, sin embargo, es otra. No
podemos ver al individuo humano como un ser en el que por un lado va la
libertad (posible gracias a nuestra condición de seres espirituales), y
por otro la corporeidad con sus leyes biológicas. En otras palabras, el
hombre no puede ser visto como dos cosas juntas y antagónicas, en las que
lo superior (espíritu) domina y controla lo inferior (cuerpo) como
dominamos un pedazo de hierro al rojo vivo.
Muchos filósofos se han dado cuenta del
peligro de esta visión dualística, y han defendido, por lo tanto, que la
sexualidad entra a formar parte de cada ser humano como algo propio,
profundo. Esta sexualidad implica una apertura a la vida que es parte
integrante de la plenitud de la pareja. Si una pareja (o un individuo de
modo aislado) quiere usar la sexualidad como si se tratase de un placer
finalizado en sí mismo, negando la apertura a la vida, está destruyendo
algo profundo de su identidad humana: está dejando de lado una riqueza de
sí mismo, una posibilidad tan maravillosa como la que ha permitido el
nacimiento de la gran mayoría de los que hoy hablamos de población y
desarrollo.
A la vez, la apertura a la vida debe ir
acompañada por programas de desarrollo auténticamente justos y eficaces.
Si las parejas, gracias a su amor, ven nacer en ellas a nuevos hijos, la
sociedad (a todos los niveles, también desde las Naciones Unidas) ha de
buscar aquellas ayudas para que no les falte ni asistencia médica ni
condiciones de vida digna. Hablar de población y desarrollo y olvidar cómo
promover lo segundo para el bien de lo primero es un contrasentido y una
señal de injusticia, propia de algunos defensores entusiastas del “control
de la natalidad” como solución de todos los problemas.
A diez años de la Conferencia de El Cairo
los hombres y mujeres del planeta necesitamos recuperar el sentido
profundo de nuestro vivir. No somos individuos encadenados en un mundo
cerrado. Somos, más bien, seres capaces de amar y hacer el bien, o de
odiar y hacer el mal.
La vida sobre el planeta tierra no
mejorará con planes de esterilización masiva, ni con abortos gratuitos
para los pobres (los ricos tienen dinero de sobra para pagar este acto
criminal), ni con más preservativos. La vida de nuestro planeta mejorará
cuando aprendamos el sentido profundo de nuestra existencia, seres de
carne y hueso, dotados de una riqueza sexual que, bien orientada, en el
respeto de su dimensión fecunda, puede permitir el que en los próximos
años otros millones de seres humanos, como tú o como yo, puedan caminar y
vivir en un mundo más limpio, más justo y más feliz.
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