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1. No acepto ni entiendo el sufrimiento

Felipe Santos-SDB

Al visitar una sala del hospital de enfermos, me di cuenta de que sus miradas me atravesaban el corazón como un dardo hiriente.

Yo, que también he pasado por ese trance, los comprendí lo mejor que pude.

No era fácil hablar con ellos. Sin embargo, como yo también había llorado, pensé que estaba en disposición para consolar a quien estaba en la misma situación.

A nuestra edad -comentaba un joven- ¿qué sentido tiene este sufrimiento? No entiendo cómo Dios me puede hacer esta jugada a mis años.

Entonces le comencé a hablar con él sin mirar el reloj ni un solo instante.

Mira joven, si quieres ser el forjador de tu propia personalidad, acepta este parón en tu vida para pensar, orar y caer en la cuenta de que tu cuerpo está en proceso de reparación como toda máquina que se estropea.

Si, por el contrario, te contrarías a ti mismo y lo ves todo negro, la curación tardará más tiempo. Es indispensable tu actitud anímica para que la física se reponga cuanto antes.

¿Qué te ocurre?

Me ocurre que nunca había estado enfermo. Pensaba que la enfermedad era cosa de “viejos”. Pero ni soñaba que me iba a tocar a mí igual mala suerte.

Aquí me siento amargado porque no puede ir de farra, de juerga por las discotecas y andar con las chicas.

Otra compañera que fue a visitarle, le alentaba a que aceptara su momento actual.

Escucha, le decía, si quieres aprender, comprender y razonar. Porque, chico, estás de un humor de perros siempre que vengo a verte. Piensa que tras estos días, tu salud física se va a fortalecer.

Yo le dije estas palabras: Joven, ¿eres creyente?

No, ni falta que me hace! Muy bien. Eres libre. Pero al menos como ser humano que quiere ser auténtico, demuestra que eres valiente, cordial, atento.

Mira a tus compañeros de habitación. Tienen tu misma enfermedad y parecida edad. Su actitud -por ser cristianos- es diferente de la tuya. Cristo vive en ellos y les fortalece. Porque el Señor está con quien sufre. Y el dolor tiene -unido a él- un sentido purificador para el interior de la vida.

¡Ah, sí! ¿Y qué es eso del interior? Simplemente una manera de vivir y de actuar tal y como dice el Evangelio: aceptar todo con la mirada, los sentimientos y las ideas de Dios para cada situación concreta de la vida.

No le convencía nada. Entonces le estreché la mano, le dije unas palabras de aliento y le dejé en la almohada esta plegaria:

  • Señor,
  • aquí tienes a un joven sin el don de tu fe.
  • Haz que su mente se ilumine,
  • que su corazón te acepte.
  • Que aprenda que el dolor tiene un sentido purificador.
  • Haz que su vida se abra al encanto de tu Evangelio.

A los pocos días, volví a verlo. Me requirió para intercambiar unas palabras. Y me dijo: Gracias, “tío”, porque entre la compañera y tú me habéis hecho entender que mi “coco” andaba equivocado por mi orgullo. Gracias.

 
 

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