7. Simbólicas aldeas Potemkin
Mikel Agirregabiria Agirre
Existen metáforas ideológicas muy arraigadas que
enturbian nuestra convivencia.
Grigori Alexándrovich
Potemkin fue un político y mariscal de campo ruso. La emperatriz Catalina
II (La Grande) lo eligió como amante y favorito de su corte, nombrándole
conde y finalmente príncipe. Destacó por sus victorias administrativas y
militares (muriendo en la segunda guerra ruso-turca), construyéndose en su
honor un siglo después el “Acorazado Potemkin”, cuyos marinos se
amotinaron en 1905, episodio que Sergei M.
Eisenstein inmortalizó en su
película cumbre de
la cinematografía mundial.
Potemkin urdió uno de los engaños más
famosos de la historia universal. Mientras Rusia se convertía en una
potencia, para que la zarina no viera la miseria en la que vivía el
pueblo, cuando viajó en carruaje durante una visita a Crimea en 1787, su
ministro le mostró únicamente las tristemente famosas “aldeas Potemkin”,
pura fachada de madera y lienzo en una farsa convincente. Había encargado
a un ejército de artesanos pintar hermosos e idílicos decorados con casas
hermosas y jardines rebosantes de flores delante de los misérrimos
poblados para que taparan la indigente penuria en la que vivían los
campesinos.
El engaño de las "aldeas
felices” ha seguido vigente hasta la actualidad, potenciado por el vasto
mundo del poder mediático. El séquito del poder sigue construyendo
frontispicios de engaño con propaganda que embaucan nuestros sentidos y
nuestras mentes. No sólo hablamos de pantallas y muros que se construyen
por doquier para que no veamos cómo viven más allá de los barrios ricos,
en Israel o en China, en Europa o en América. Además nos muestran fotos de
la “inteligencia militar” con ciudades Potemkin donde los iraquíes
supuestamente fabricaban armamento nuclear.
El artificio moderno es más sutil y ha
cambiado de protagonistas. Ya no hay que encandilar solamente a un
monarca, sino a millones de ciudadanos. Tampoco bastan los espectáculos
visuales solamente. Hay que nublar el pensamiento colectivo, con metáforas
de aparente simplicidad pero muy elaboradas para mantener el ardid. Son
muchas las abstracciones que ya confundimos con cosas reales. Veamos
solamente dos, tan trágicas como actuales: el “imperio del mal” o el
dinero.
¿Qué pasaría si hubiesen dicho que
Estados Unidos fue a la guerra de Vietnam a robar sus mujeres jóvenes más
bellas? En realidad, el efecto final y el menos malo fue el de los
matrimonios mixtos de soldados con nativas. Pero para ello se destruyeron
millones de vidas y se mantuvo el dolor de varias generaciones de la
humanidad entera. Nos contaron que se fue a combatir al comunismo en una
“guerra fría”. Hoy nos cuentan que hay que mantener el Primer Mundo contra
el Tercer mundo para “luchar contra el terrorismo”. Iconografías, sólo
símbolos, que actúan como “aldeas Potemkin”, sin permitirnos ver a la
gente de carne y hueso que viven tras esas barreras de “países enemigos”.
No es de extrañar en una época donde es más delito quemar una bandera (un
trapo a fin de cuentas), que envenenar la tierra de una comunidad con
contaminantes inextinguibles.
Junto a las ideologías enfrentadas, otra
de las peores falsedades de hipocresía es el dinero. Nos han inculcado que
es como el oro. El metal, aparte de su uso odontológico, sólo se almacena
en cámaras acorazadas. Obviamente no es ilimitado. Por tanto, se nos dice
que “no hay dinero para acabar con el hambre en el mundo”. Esto es tan
absurdo como decir que no hay “metros cuadrados para hacer viviendas para
todo”. El dinero, en sal o en oro, es un medio que permitió superar el
sistema de trueque en el comercio de la antigüedad. El dinero no se
manipula como una materia: En cada crisis de recesión mundial el dinero
desaparece súbitamente, pero el oro planetario, descubierto o no, siempre
sigue siendo el mismo salvo transmutaciones. Aportando e intercambiando
nuestro esfuerzo podemos conseguir un planeta dichoso.
La riqueza y la felicidad pueden crecer,
como el amor, la inteligencia o la justicia. No existe una cantidad fija
de modo que si los demás tienen más a nosotros nos queda menos. Con un
sistema justo, todos podríamos vivir prósperamente, sin pasar necesidad
nadie en ningún lugar. Olvidemos las metáforas limitativas. Creamos más en
la pura realidad: el bienestar puede ser mundial, la libertad es
compatible con la equidad, los que piensan de modo distinto sienten y
necesitan lo mismo que nosotros, todos podemos ser hermanos, el bien no
necesita del mal, el derecho se puede imponer con la fuerza de la razón y
del corazón,...
Somos como la criatura que cae en su
cochecito por las escaleras de Odessa, sin control en medio del
aplastamiento popular que narra el Acorazado Potemkin. Necesitamos que
todos olvidemos las arcaicas “aldeas Potemkin” de símbolos absurdos para
dejar de luchar y vernos cara a cara: el soldado y la madre que pide pan.
No son un zarista y una insurgente, son dos personas que comparten la
misma desesperación. Entonces, cuando traspasemos el decorado de los
emblemas y nos reconozcamos como seres humanos, sólo nos quedará la
solución de arreglar conjuntamente nuestros mutuos problemas.
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