2. Libro cerrado, no saca letrado
Víctor Corcoba Herrero
Los libros están llenos de aromas salvavidas. Hay
que saber hallarlos. No hay cultura sin lectura y lectura sin libros. Lo
que impera hoy por hoy, es una cultura de mala educación. Y como lectura,
el amparo a panfletos y folletines que adoctrinan en burrología.
Palabras, sólo palabras y
más palabras, las mismas de siempre, que a nada conducen y para nada
inducen a la lectura. Yo espero otra cosa. Porque adentrarse en los
libros, saber gozarse con ellos, hay que mamarlo de niño y de mayor hay
que vivirlo. Ahora se nos quiere vender (y revender) el estímulo de la
lectura y la defensa de la pluralidad cultural y lingüística como si fuera
un objeto de consumo. Pura palabrería e impura forma de reformar a la
gente. Los libros más que seguidores y adictos, requieren (y quieren)
amantes. Si el ejercicio lector se diera como se da el ejercicio corporal,
los tomos de las bibliotecas tendrían menos polvo y los cuerpos más
sentido común, de pensar y hacer pensar.
Aquí todo el mundo escribe de todo, pero
muy pocos leen algo. Las televisiones nos tienen embobados y abobados. Así
resulta difícil conversar con los ilustres sabios que en los libros viven.
Aparte, todavía se catalogan, más que como cultivo, como escaparate y
signo de distinción, junto a las alfombras, pinturas y demás ornamentos
caudalosos. Cuestión absurda la de poseer libros si no se leen, se absorbe
su fondo y, así empapados de pensamientos, se practica la relectura
reflexiva. Para ello, claro, se precisan bibliotecas abiertas, sin
cerrojos; una legión de bibliotecarios, devotos de la lectura; y un
presupuesto que apueste por poner (y reponer) libros que nos hagan más
libres, acordes con la cátedra de los clásicos. Los volúmenes de poesía
tienen que ser humanos, los de novela deben sugerir muchas ideas, los de
ensayo numerosas reflexiones; y, todos ellos, más que del momento, han de
servirnos para todo el tiempo.
Para amar la lectura no es cuestión de
grandes efemérides, que ocasionan gastos inútiles, más bien está en cuidar
ambientes sencillos de culto a la cultura, hogares abiertos a toda la
ciudadanía. Se trata de dar provecho a todos y de que se aproveche el
mayor número de ciudadanos. Engancharse a la lectura es como realizar un
viaje abierto a la vida, contemplar un paisaje que habla, vivir con un
amigo que escucha y enseña. Considero, pues, una tontería desembolsar
caudales para embolsar lucimientos personales. La cultura es más de andar
por casa y de servir a la casa, de navegar por todos los puertos, plazas y
pueblos. Los libros están llenos de aromas salvavidas. Hay que saber
hallarlos. Y los gobiernos, con apellido cultural, están obligados a que
el pueblo los descubra.
Si la televisión fuese más humana (y
menos marciana por ejemplo) no abandonaría el amor a los libros. El
desamor a la cultura es palpable. Ningún programa en escena que nos
cultive. Las órdenes del político de turno, y no la profesionalidad, ni
tampoco la genialidad, son las reinantes. Los centros populares y las
casas de cultura, unas veces cierran por escasez de presupuesto y otras
veces abren, con consignas más que con libertades. A estas alturas de
bocas europeístas, es una vergüenza las pocas bibliotecas de barrios y
distritos, de pueblos y ciudades, que tenemos habitables, o sea, habitadas
con libros que las hagan interesantes.
Es cierto que no hay cultura sin lectura
y lectura sin libros; pero también es verdad, que no todo vale, ni todo lo
que se predica como tal, es cultura. Para nada sirven esos libros (a veces
pagados con dinero público) que no soportan varias lecturas, ni dan goce
alguno al corazón. Pienso que es hora de menos fomentos y más fermentos de
alma. Precisamos realidades que nos realicen como seres humanos. Lo que
impera hoy por hoy, es una cultura de mala educación. Y como lectura, el
amparo a panfletos y folletines que adoctrinan en burrología. Se han
perdido todos los estilos. Hay un abandono total a la autenticidad, al
ingenio, a la belleza y desamparo a la vida. O lo que es lo mismo, la
cultura brilla por su ausencia y la lectura por su vacío.
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