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6. La esperanza, signo de buena salud

Felipe Santos-SDB

Con cara apacible y su mirada alegre veo cada día a una señora. Su sensibilidad aflora por su franca sonrisa. La esperanza es para mí uno de esos dones admirables que me conducen a la completa realización humana y espiritual.

Con cara apacible y su mirada alegre veo cada día a una señora con su amiga y su linda hija preadolescente.

Conversamos amigablemente. Su sensibilidad aflora por su franca sonrisa, como la amplitud del mar que está a pocos metros del bar.

Sin embargo, en su labor de educadora, debería transparentar mejor aún todo el caudal de vida que anida en su interior. Los chicos y las chicas de hoy necesitan de personas como ella, pletóricas de ilusión y de esperanza.

¿Qué te ocurre para mantener más o menos tu mismo aspecto sereno y plácido?

Porque cada mañana y cada noche enciendo en mi corazón la lámpara de la esperanza. De esta manera -me comentaba- alejo de mi vida el desánimo, el desaliento y la melancolía para que los densos nubarrones no hagan presa de mi luminosa existencia.

La ilusión me hace vivir mucho mejor cada día con sus avatares y sus pequeñas o grandes tristezas.

¿Te sientes realizada en tu estado actual? Por supuesto -me dijo sonriente-. A pesar de lo que me ha pasado, me adhiero al elixir de la perenne juventud que reina y acampa en mi alma.

La esperanza es para mí uno de esos dones admirables que me conducen a la completa realización humana y espiritual.

En los instantes en que noto que me vengo abajo, enciendo la varita mágica de mi luz para que todo lo contemple con ojos nuevos. Pienso que mi gran deber de madre y educadora es sembrar esperanza en los alumnos y en mis hijos.

Ante sus palabras, me sentía emocionado. Y en un cierto instante de nuestra amena conversación, le sugerí esta nueva idea: Cuelga tu esperanza más allá de las estrellas, ponla en el cielo, ánclala en Dios y nada ni nadie te dañará.

Tu vida es como un hermoso trigal en cuyos surcos crecen amapolas rojas que dan contraste a tu bella existencia de madre y educadora.

Deja que la brisa te bese suave y tiernamente tu cara como si fuera una rosa. Coge, amiga, esta flor -que es tu vida- y di a menudo: Huélela mientras la tienes entre tus manos.

Y recuerda: La ilusión y la esperanza
sean en tu vida la bandera y la insignia
que, agitada y movida por el viento,
proclame ante ti misma y ante todos:
vale la pena vivir con el corazón henchido
de una profunda emoción por cuanto soy y hago.

 
 

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