10. La guerra, los muertos, la
mercadotecnia
Jaime Septién
Cuando uno pensaba que lo había visto todo, en la
lucha por el poder en Estados Unidos, la presente elección que enfrenta a
George W. Bush con John F. Keery, obliga a repensar los esquemas.
Cuando uno pensaba que lo había visto
todo, en la lucha por el poder en Estados Unidos, la presente elección que
enfrenta a George W. Bush con John F. Keery, obliga a repensar los
esquemas.
Primero: el uso de la guerra. Es cierto
que la Unión Soviética y la Guerra Fría tanto como Vietnam fueron factores
decisivos en las presidencias de los sesenta de la nación americana. Pero
había en los debates una suerte de respeto por los muertos.
En esta ocasión no. El resultado del
primer debate entre GWB y JFK fue un empate técnico por exceso combinado
de vísceras y auténtica descalificación del razonamiento. Todo fue Irak.
Para GWB Irak es un asunto de seguridad nacional; para JFK un desastre
militar, económico y, por supuesto, político.
Todo ello enmarcado en un par de
atentados en Bagdad que dejaron, como saldo del día, 41 muertos, la
mayoría de ellos niños. Es decir, en el debate de los candidatos, la
sangre derramada por inocentes es una estadística o un espejo, pero nunca
un dolor específico, humano, inenarrable.
Por otro lado, están las campañas
publicitarias. JFK en una tabla con vela zigzaguea en el mar. Los
republicanos dicen: “ahora apoya la guerra, ahora no la apoya”. Y luego
rematan en el anuncio: “John Kerry: por donde sopla el viento”.
Los demócratas sobreponen imágenes de
Vietnam y de Irak. Ambas en una misma tesitura. Y una voz de fondo imita
el optimismo del gobierno de George Bush, diciendo que todo va bien,
mientras un soldado (no cuentan más que las muertes de los soldados) se
hunde en arenas movedizas.
Para llegar a despachar al Salón Oval de
la Casa Blanca, no hay medios éticos. Tampoco una respuesta humana a
tragedias humanas inducidas por los intereses económicos más visibles que
la historia recuerde. Aquí no hay vuelta de hoja: el que va triunfar será
quien garantice la expansión de la economía de EE UU. Y economía es
guerra. Si mueren niños, mala suerte.
Todo sirve para exhibir al contrario.
Desde la declaración falseada hasta el haberse pasado una preventiva del
semáforo a las tres de la mañana en un pueblo perdido de Texas, hace
cuarenta años. Pero no hay ninguna ideología o plataforma; nada que denota
que existe un proyecto, objetivos claros y distintos, ganas de trabajar
por la unidad de un país, de un continente, del mundo entero.
No es cualquier elección: se juega el
futuro de la ya de por sí precaria estabilidad internacional. Esto no
parece penetrar ni en la cabeza ni en el equipo de ambos. Se muestran
refractarios a la idea de tener alguna idea. La puya y el cinismo han
ocupado el lugar del debate. Entonces es cuando entra (ya entró) a
competir el dinero. Y las cadenas televisivas.
El próximo 2 de noviembre habrá, de
cualquier forma, una reelección. Si vuelve a “ganar” GWB, habrá guerra,
porque la economía lo exige. Si gana JFK, habrá guerra, por la misma
razón. ¿Dónde está la diferencia? Bien decía Eliot Weinberger sobre Bush
(y podrá decir lo mismo sobre Kerry): tiene tanta ingerencia sobre el tema
Irak como Brittney Spears en las inversiones de la Pepsi.
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