3. Para verdades el tiempo y para
justicias Dios
Víctor Corcoba Herrero
Frente al diluvio de farsas que nos llueven por
todas partes, los educadores vocacionales son una necesidad. El amor llama
a la llama de la justicia, más que nunca, ante la escasez de maestros para
la escuela de la vida.
Con el tiempo se verá que tantas mentiras
esparcidas y ociosidades permitidas generan vicios, degeneran humanidades
y engendran tipos que actúan como si toda la calle fuese suya y todo el
mundo estuviese a sus pies. De momento, España se encuentra, junto con
Malta y Portugal, entre los países europeos donde se produce un mayor
abandono escolar, según el informe anual de la situación social en la
Unión Europea publicado por su Comisión. Nuestros escolares se han dado
cuenta que para ganarse la vida, no hace falta pasar las horas delante de
un libro, esforzarse por aprender, ni soportar a docente alguno; sino más
bien echarle cara al asunto, perder la dignidad, que da lo mismo, porque
esta sociedad no valora principios morales, ni éticos, entrar en guerra
con alguien del círculo de los que ya han vendido todo su cuerpo y salir
como vocero sin escrúpulo, para obtener el título de nuevo famosillo
mediático.
Al parecer el estudio es cosa de tontos
que para nada cotiza en el mundo de las mezquindades. Ya se sabe, a los
poderosos les interesa mercados manejables y carne de burro. Los listos se
alistan en darle a la lengua viperina, en dejarse hacer de todo, con tal
de recibir euros a cambio. Hemos caído tan bajo que hay personas humanas
que se venden por calderilla. Ante tantas propuestas indecentes, erróneas,
antinatura e injustas, de conveniencia personal o grupal, más que de bien
común, puesto que nos crispa la convivencia entre la familia humana, cada
día más animalizada, apremia poner sentido común para que la vida en común
deje de ser apropiada y expropiada, por hadas que prometen paraísos. El
tráfico de mercaderes obsesos del sexo, los vendedores de falsos goces,
los navajeros de simulados encantos, te sorprenden en doquier esquina,
dándote con el canto en las narices, hasta desnudarte el alma, chuparte el
verso de la boca del corazón y tirarte como una piltrafa al cubo de la
basura. Algo tendrá que hacer el Estado para proteger este mundo salvaje,
donde las salvajadas humanas superan, en ocasiones, las propias del mundo
animal. Esto sí que es discriminar: Que a uno no le dejen ser persona y le
reconozcan como tal.
Mal camino llevamos si permitimos que la
escuela vaya a la deriva, los escolares pasen de formarse, crezcan en
hogares sin alianzas de amor verdadero o sin la figura del padre y de la
madre, cuestión fundamental para la neta identificación sexual de la
persona. Frente al diluvio de farsas que nos llueven por todas partes, los
educadores vocacionales son una necesidad. Sabemos leer, pero no acertamos
a releer la verdad, la que nos renueva a universos más humanos. Por ello,
al inicio del nuevo curso académico, pienso que es un buen momento de
alentar a esos docentes que se dejan la vida en la docencia. Abnegados en
su desempeño diario, a los maestros hay que dejarlos educar, sin tantos
planes de inseguridades educativas según el político de turno, y más según
la quintaesencia de su profesión sintetizada en el “Manifiesto al maestro”
del filósofo José Antonio Marina: “Con la misma tenacidad con que el árbol
florece en primavera, el maestro volverá a enseñar que dos por dos son
cuatro”. Esta hambre de ecuanimidad y urgencia de luchar por la verdad,
han de sembrarla los mentores para que se aleje de odios y venganzas. Es
cierto que el tiempo todo lo pone en su sitio, pero podemos perder el tren
de la vida, que anda con los raíles de la justicia; vías del Creador,
puestas como principio fundamental de la existencia y de la coexistencia
de los hombres. El amor llama a la llama de la justicia, más que nunca,
ante la escasez de maestros para la escuela de la vida.
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