4. El demonio y los niños
Miguel Rivilla San Martín
Un ilustre académico y confeso ateo da por sentada
la invención del demonio para asustar a los niños. Si alguien osase poner
en entredicho la veracidad de sus escritos académicos, seguro que sería
condenado por él mismo.
Perplejo y boquiabierto se queda el
lector católico al constatar la osadía, irreverencia y falta de
fundamento, con que los ateos e increyentes entran a saco en el depósito
de la fe y hacen mofa, con espíritu liberal y superior, de las verdades
reveladas por Dios, en las que ellos alardean no creer. Tal es, entre
otras muchas, la existencia del demonio.
El ilustre académico y
confeso ateo, Francisco Nieva, se despacha a gusto, en una extensa
colaboración (La Razón 3/10/04) sobre el tema Los niños y el demonio.
Sin aducir ni una sola prueba de su
inexistencia, escribe que desde pequeño “se convirtió para mí en apoyatura
literaria para asustar a los niños, supuestamente más crédulos que yo.
Hoy, completamente divorciado en mi interior de la mitología cristiana,
miro con ternura melancólica mis relaciones infantiles con el demonio.”
Un amplio artículo, en el que sin respeto
alguno a las creencias ajenas, da por sentada la invención del demonio
para asustar a los niños.
Ni la revelación de Jesucristo, ni las
abundantes páginas de la Biblia, ni el Magisterio oficial de la Iglesia en
sus Concilios, ni los relatos escalofriantes de satanismo, avaladas por
toda clase de testigos, tienen valor para él.
Si con idéntico escepticismo, alguien
osase poner en entredicho la veracidad de sus escritos académicos, seguro
que sería condenado por él mismo, inmisericorde, al infierno de la
ignorancia y cretinez.
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