8. Primer día de escuela
Mikel Agirregabiria Agirre
El primer gran acontecimiento vital de cada persona
es el día en que inicia su escolarización.
Hoy he llevado a mi
hija mayor, Leire, al colegio por primera vez. Ha ido muy emocionada,
después de haber esperado impacientemente este día desde hace meses. Iba
rodeada de dos amiguitos suyos, que también comenzaban hoy. Ya conoce a su
maestra, porque vive en el barrio y desde hace algún tiempo sabían que se
encontrarían en septiembre. Leire ha entrado con decisión en el "cole"
y ha subido las escaleras alegremente, cogida de la mano a mi esposa y a
mí.
Al llegar al aula, donde estaban algunos
de sus compañeros -pocos, apenas una docena- la joven profesora la ha
acompañado a una mesa circular junto con sus dos amigos. Entonces la
maestra ha despedido a los padres que estábamos todavía allí y hemos sido
los últimos en salir. Su madre le ha dicho adiós a Leire y yo también le
he dirigido un gesto de despedida. He visto cómo nos miraba fijamente.
Tras salir de la estancia, he vuelto a asomar la cabeza y todavía sus
ojitos miraban a la puerta por la que habíamos desaparecido y al repetir
la acción después de unos minutos, Leire todavía estaba mirando la puerta.
Había algo patente en su mirada. Estaba embargada por la misma angustia
que nosotros mismos sentíamos al dejarla. Era el pánico de comprender, de
golpe, sin ningún proceso de acomodación, que "había sido escolarizada",
lo que significaba en primer lugar que había abandonado el entorno
familiar, el único escenario que conocía hasta ese momento, y que pasaba a
otra etapa de su vida en la cual no contaría con la permanente presencia y
ayuda de sus progenitores.
En pocos días, la maestra se había
convertido en la figura más destacada de la vida de Leire. En la lista de
los personajes más queridos de mi hija, nosotros -sus padres- habíamos
perdido el primer puesto que quedaba asignado (esperamos que
temporalmente) a su maestra Loli.
Por mi parte, no me acuerdo de mi primer
día escolar. Recuerdo los primeros días de algunas cursos siguientes,
cuando tras las vacaciones de verano había que retornar al colegio.
Mantengo algunas difusas reminiscencias del primer curso, con cuatro años,
en lo que se llamaba Elemental A. Al rememorar aquellas resonancias del
pasado, he de reconocer que despiertan una sensación placentera. He
intentando exhumar de la memoria algunos recuerdos y puedo mencionar que
estábamos sentados en pequeñas mesas de cuatro, con minúsculos taburetes
individuales y que pasábamos muchas horas con las manos sobre el mármol de
la mesita, sin hacer aparentemente nada, excepto escuchar, recitar o
cantar. Nos gustaba oír con la oreja pegada sobre el frío mármol, el
tamborilear de los dedos de un condiscípulo que retumbaba como los tambres
de Semana Santa.
La maestra de los pequeños era la más
dulce y en los cursos siguientes Elemental B y Elemental C, las profesoras
eran cada vez más exigentes, hasta el punto de que la de Elemental C tenía
fama de ‘ogro’. No he grabado los nombres de mis tres maestras, -lo
siento-. Ahora podría llegar a saber cómo se llamaban, pero así no
serviría para nada. Para mí, las tres fueron excelentes y creo que en
nuestro colegio de Escolapios de Bilbao, donde no había, en aquel momento,
más profesorado femenino, casi todos los alumnos guardarán buen recuerdo
de ellas. De la maestra de Elemental B, recuerdo las interminables
construcciones silábicas -la b con la a, ba-, que era condición necesaria
superar para poder salir al recreo. Esta maestra, que nos enseñó a leer,
quería tanto a todos sus alumnos que fuimos rotando todos los niños de la
clase en la revista colegial que destacaba mensualmente a los tres
"mejores" alumnos de cada clase, con nuestra foto rodeada de aureolas. Tal
vez para algunos escolares, hombres maduros hoy, aquella fuera nuestra
única oportunidad de destacar que tuvimos en esta competitiva sociedad.
Con la vocacional maestra de Elemental C
aprendimos a escribir y poner la fecha. Todavía hoy al poner el año me
surge el inolvidable 1959, que aprendí a poner con letra legible al
comienzo de las cuartillas. Tengo mala memoria de mi etapa infantil
anterior a los cinco años. Poco recuerdo de lo vivido, a pesar de que me
han narrado muchas anécdotas familiares que luego creo rememorar por mí
mismo. Sin embargo, las primeras remembranzas propias provienen de
aquellos episodios escolares, que nadie ha podido relatarme
posteriormente. Fue una época muy feliz. Tuve la gran suerte de disponer
de una infancia que siempre aporta un gran sosiego al evocarse. Ojalá que
como padres, educadores y como ciudadanos pudiésemos asegurar que todos
nuestros hijos y nuestros escolares disfrutan de una niñez feliz. Ése es
el primer deber de una sociedad humana, solidaria y justa.
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