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10. El cura rojo

Miguel Rivilla San Martín

Tras leer las barbaridades heréticas que ha escrito Enrique de Castro, el “cura rojo”, uno observa: con sacerdotes así dentro, sobran todos los enemigos fuera.

Tras leer, entre atónito e incrédulo, las barbaridades heréticas que con toda cara dura y sin cortarse un pelo, ha escrito Enrique de Castro, el “cura rojo” de Vallecas y de las que ha dado puntual noticia el periódico informático, Religión digital (5/10/04),uno no sabe qué admirar más, si el atrevimiento y osadía sin límites de las que hace gala semejante espécimen de la clase clerical o la paciencia infinita de la Jerarquía eclesial, al aguantar impertérrita, dentro de su seno, a quien sin ningún miramiento ni consideración humana ni divina, arremete, inmisericorde, contra esa misma institución, que por largos años le ha dado y al parecer, le sigue dando actual cobijo.

Me pregunto qué institución o asociación humana, civil o religiosa, fuera de la tan vilipendiada por él, Iglesia católica, tendría en su seno a un miembro, que hace público y notorio alarde de insultar, descalificar, desprestigiar y calumniar a la misma, escandalizando a cuantos le leen o escuchan. Con sacerdotes así dentro, sobran todos los enemigos fuera.

Es absolutamente incomprensible para cualquier católico medio, entender, cómo un sacerdote católico que libre y voluntariamente fue ordenado para obedecer y servir a la Iglesia, se revuelve, rebelde y obcecado, arremetiendo, pertinazmente, contra esa misma institución a la que representa, mientras sigue fungiendo de sacerdote y con cargo pastoral diocesano.

Los paños calientes, la tolerancia, las medidas caritativas y no punitivas, tras las ya repetidas reconvenciones paternales jerárquicas, van a servir como las aspirinas para curar un cáncer.

Mal precedente, peor ejemplo y pésima actuación de la autoridad eclesial, si no cortan por lo sano, tamaños despropósitos de este desequilibrado “cura rojo” que da muestras sobradas y patentes de estar ya anímica y espiritualmente fuera de la institución a la que combate y desprestigia con sus escritos.

O se está dentro o se está fuera de la Iglesia, a la que se pone en la picota, pero no es de recibo, valerse de la sagrada e inalienable condición de sacerdote para con actitudes entreguistas combatir a la misma Iglesia.

Sólo un hombre de Dios, un profeta o un verdadero santo, podrían corregir con la máxima caridad, las faltas y debilidades de su madre la Iglesia. En modo alguno es esta la actitud del “cura rojo”, que arremete contra ella con autosuficiencia, injusticia y pertinacia. ¡Ya está bien de tirar piedras contra el propio tejado o dar tres cuartos al pregonero para denigrar aún más a la Madre y esposa de Cristo¡..

 
 

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