1. Tiempo de
ombligos
Mikel Agirregabiria
Agirre
Vivimos una época de ‘mirarnos el
ombligo’ y ‘creernos el ombligo’ del mundo
La moda en boga impone que nuestras adolescentes
descubran una franja de cintura con el descarado ombligo guiñando
pícaramente el ojo a los paseantes. No es extraño que los ombligos se
hayan hecho visibles. La moda, siempre pasajera pero reveladora, emula
explícitamente nuestra extendida inopia intelectual del ‘ombliguismo’:
mirarnos a nosotros mismos y creernos el centro del universo.
La onfaloscopia fue
una técnica monástica psicológica que practicaban como oración los monjes
hesicastas de Grecia. Un ejercicio recursivo de contemplación del ombligo
para acompasar la respiración con la repetición indefinida del nombre de
Dios, para alcanzar “la guarda del corazón” como norma ascética de vida.
Pero la expresión “mirarse al ombligo” quedó como sinónimo de
egocentrismo, de ignorar lo que acontece más allá de nuestros intereses:
La enfermedad social de nuestra era.
Peor que la
empobrecedora excentricidad de mirarse el ombligo, es adicionalmente
creerse el centro del mundo, o superior a los demás. Lo paradójico es que
el ombligo humano es una cicatriz universal que mantenemos como testigo de
nuestra dependencia, del cordón umbilical que nos unió a la humanidad a
través de nuestra madre mientras vivimos en su útero. La anatomía humana,
no por capricho, deja centrado el ombligo en el centro del tronco. Así
ombligo se convierte en sinónimo de centro y oímos metáforas que invocan a
la isla de Pascua o a Australia como ombligos del mundo.
Un libro publicado en 2003 se titula ¿Tenían
ombligo Adán y Eva? Su autor, Martin Gardner, es un reputado
escritor de divulgación ciencífica y matemática, redactor durante 25 años
de la columna "Juegos matemáticos" del Scientific American. Versa
sobre las estupideces que a lo largo de la historia se ha escrito sobre
magia, ovnis, terapias alternativas y la interminable sarta de engaños,
falacias y fraudes para almas simplonas, carentes de la más mínima
formación y del imprescindible sentido común. Quizá el mayor engaño de la
humanidad haya sido creerse el centro del universo (geocentrismo), o de
algún país poderoso suponerse el corazón de la tierra, o de algunos
políticos de considerarse como los ungidos por la divinidad.
La realidad es que
todos estamos hechos de carne y hueso, con pieles de distintos colores,
pero con ombligos que nos demuestran y recuerdan nuestra humana y frágil
condición, en un minúsculo planeta que viaja por el proceloso firmamento
de miríadas de estrellas. Quizá haya llegado la hora de elevar la mirada
hacia el cielo y hacia los ojos… ajenos, reconociéndonos en el espejo de
otras pupilas. No son las danzas del vientre o los frenéticos carnavales
los peores representantes del ‘ombliguismo’, sino el egoísmo y la
indiferencia de quienes olvidamos la igualdad y la fraternidad. El "yo" es
una palabra tan pequeña que naufraga en el ombligo propio. Fuera nos
aguarda el ilimitado espacio altruista del “vosotros” y el “ellos”,
infinitamente más interesante para dedicarles nuestra atención y nuestro
esfuerzo.
|