2. El fracaso del
aborto
Miguel Aranguren
¿No es hora de sentarnos a debatir?
Pero no sobre el nuevo proyecto de ley despenalizadora o liberalizadora,
sino sobre la manera de ofrecer a nuestra juventud una esperanza que no
huela a cloroformo
El fracaso del
aborto
Leo los datos del
informe del Centro de Investigaciones Científicas y me recorre un
escalofrío. La práctica del aborto legal se ha multiplicado en España por
ochenta y ocho en los diez últimos años, especialmente entre las menores,
que en el cincuenta por ciento de los casos resuelven su imprudencia en la
mesa de esas clínicas negras en la que todo es aséptico y frío, como la
muerte de salón. Coincide la presentación de estos tristísimos datos con
la caída de caballo del viejo ministro que, al final de los sesenta,
desarrolló la ley que despenalizaba la interrupción del embarazo en
Inglaterra. Este venerado lord, suplica que se proteja al feto a partir de
las doce semanas, ya que los avances de esa rama de la medicina, cargada
de luz, que es la neonatología, han logrado mantener con vida a los de
veinticuatro, edad en la que aún son carne de bisturí, sal y aspirador, y
plazo hasta el que pretende liberalizarlo el gobierno del sonriente
Zapatero.
Los comentarios de
los políticos son unánimes por una vez: el abuso del aborto, especialmente
entre las menores, es un fracaso. ¿Un fracaso...? ¿De quién? Tal vez de
los que en su día decidieron abrir la veda del no nacido. Quizás de los
que dificultan el derecho de cualquier mujer que decide abortar a que se
le ofrezcan salidas más humanas, otras alternativas, algo diferente al
“separe usted las piernas y piense que le estoy extirpando un quiste”,
todo un abuso, sin lugar a dudas, en una sociedad cuyo principal referente
deberían ser los débiles (la menor y el niño aún por nacer). El aborto no
soluciona ningún problema (un bebé, incluso en proceso, no puede ser
considerado un problema, salvo que estemos locos y la eugenesia forme
parte de nuestra rutina), sino que los agrava, como lo demuestra la
proliferación de embarazos entre adolescentes desde que existe este
recurso como método anticonceptivo.
Si la aplicación de una ley, su aplicación masiva, se considera un
fracaso, quiere decir que los supuestos sobre los que se sustenta son
erróneos e incluso dañinos al interés de las personas. ¿Es un fracaso para
la madre, que debe pasar semejante trauma? Sin duda. ¿Se comprende
entonces un cuerpo legal que traumatice de forma sistemática a los sujetos
que pretende custodiar? Desde luego que no, sobre todo cuando el trauma es
compartido por la vida que late en su seno, cuyo derecho fundamental se
recoge en nuestra Constitución, así como en el compendio de los derechos
universales. Pero este fracaso salpica a más gente: a las familias que no
saben transmitir unos valores fundamentales, desentendiéndose de la
educación sexual de sus hijos; a los colegios e institutos que resumen sus
programas relacionados con esta materia en las formas mecánicas de evitar
un embarazo; a los medios de comunicación, publicidad y ocio que banalizan
las relaciones afectivas, especialmente el intercambio sexual; a la
sociedad en su conjunto, que sigue cargando en la mujer todo el peso de un
embarazo imprevisto y no deseado. Es decir, el fracaso es de todos.
A pesar de las
tiritas, dudo mucho que las tornas cambien. Dentro de unos meses, cuando
se publique el número de abortos en el año 2003, volveremos a llevarnos
las manos a la cabeza, pues se habrán superado las ochenta mil
interrupciones legales (quién conoce el número de ilegales, a veces de
embarazos a término en el que el feto podría respirar por sí mismo). A
este paso, bastará un lustro para que cerca de medio millón de vidas
humanas hayan terminado su incipiente desarrollo en las papeleras
convenientemente esterilizadas de los hospitales. ¿No es hora de sentarnos
a debatir? Pero no sobre el nuevo proyecto de ley despenalizadora o
liberalizadora, sino sobre la manera de ofrecer a nuestra juventud una
esperanza que no huela a cloroformo.
|