6. Con la cabeza
baja
Víctor Corcoba
Herrero
Pienso que vender optimismos falsos
no es de recibo. La siembra de crueldades es para temerle: efectos sin
afecto alguno, diabólicos principios educativos que no preparan para un
trabajo, ni para ser mejores personas, miedo a hablar de Dios y ser
coherentes con los signos de la fe, relaciones diarias presididas por la
humillación y el abuso de poder, chifladura y confusión, una paz que no es
paz auténtica...
Pienso que vender
optimismos falsos no es de recibo. Más tarde o temprano, cuando te
encuentras con la realidad del asfalto entre las venas y percibes que es
otra muy distinta a la que te han metido por los ojos, coges una
frustración que te quita las ganas de vivir y de confiar en las personas.
Ahora resulta que todos los gobiernos quieren abrir los brazos, pero luego
las personas no aceptan la diversidad, porque no han sido educadas para
ello, o las mismas administraciones se encuentran colapsadas e
incapacitadas para dar solución real a las muchas peticiones justas
solicitadas, como puede ser la promoción y protección de los derechos más
básicos de foráneos que han decidido vivir en esta tierra. Las realidades
mostradas como son, aunque en un primer momento nos pueden llevar al cayo
del pesimismo, también nos preparan para tomar apuntes y repuntar. De lo
contrario, con astucias y seducciones, será fácil ganarse aplausos (con
posible repercusión en votos), pero difícil avanzar hacia la luz
verdadera, entre tantas sombras que nos ensombrecen.
La siembra de
crueldades es para temerle. A poco que paseemos por nuestros espacios
vivos, veremos que se muere más que se vive, a un tiempo sin tiempo para
vivir, y a una velocidad de vértigo. El cuello de la rana se queda corto.
Lo tragamos todo y en qué medida. Un buen físico antes que una buena
química. Un buen partido antes que un buen corazón. Y así, bajo estos
efectos sin afecto alguno, el corazón pierde los latidos y la mente se
quebranta. Resultado, el incremento de enfermedades mentales está a la
orden del día. Los sabores de magarza ofrecidos, amargan la existencia a
cualquiera y la consistencia de ser uno mismo se pone en entredicho.
Maléficas costumbres el de la dependencia de modas y modos que nos restan
independencia y nos suman sometimientos.
También diabólicos
principios, los educativos que para nada educan, si acaso para ser
altaneros y pijillos o matones y cómplices, a pesar de tantos programas y
planes actuales, más teóricos que prácticos, más de sillón que de aula.
Por ello, otra educación ha de ser posible con urgencia, para que tengamos
otras luces más de unión que de divorcio. La que hoy se imparte, más
influenciada por la fuerza en el gobierno que compartida, o lo que es lo
mismo, más de contenidos propagandísticos que de valores valedores para la
vida, es arcaica y nada progre. No ilusiona a los docentes y mucho menos
entusiasma a los jóvenes hacia otros altares diferentes a los del alcohol
y demás sustancias. Tampoco les prepara para un trabajo, ni para ser
mejores personas, ni para esa paz, en ocasiones más de voz que de
práctica.
A pesar de vivir en
ciudades y pueblos que lo tienen todo, tampoco es fácil alzar cabeza. Cada
día son más los que conviven con el miedo al cuerpo. Sé que es más de lo
mismo. Y que por ese idem id, hay que repetir nuevas fórmulas. Ahí está el
terror que nos turba y nos entuba hasta caer en la ansiedad. En ocasiones,
parece como si nos diese pánico hablar claro y profundo, casarse con la
verdad y divorciarse de los farsantes, rechazar invitaciones interesadas y
sentarse con los pobres que duermen en los portales, hablar de Dios y ser
coherentes con los signos de la fe. Ya me dirán: ¿Qué libertad tenemos?
Sumado a lo
anterior, la calle es cada día más insegura, al igual que nuestra propia
casa donde se degüellan personas como animales en jaulas. La presión
soportada a diario no hay ley que la libere. Olvidamos que en el
equilibrio está la virtud y que, la mejor manera de educarnos para la
vida, es aquella que nos equilibra por dentro y reequilibra ante tantas
relaciones diarias presididas por la humillación y el abuso de poder, tan
consentidas como asentidas. Los hechos a veces son tan crueles, que nos
invade la duda de todo. Esto de vivir en un estado de duda, con el
síndrome a cuestas, debiera ser una advertencia para los poderes del
Estado, pienso yo.
Nos sobrecogen
tantas incertidumbres que cuesta levantar mirada y sonreír sin hacer
llorar. La chifladura campea a sus anchas. Lo prioritario se salta a la
torera y lo circunstancial se debate. La confusión reina y gobierna. El
derroche antes que el ahorro. El despelote antes que las pelotas de la
seriedad. La locura antes que el sentido común. Las necesidades más
básicas las abandonamos por otras más superfluas, omitimos costumbres de
mayorías e imponemos lenguajes minoritarios. Ya mismo tendremos los
currantes, tasas nuevas y aumento de impuestos. Hay que sufragar las
absurdas liberalidades decretadas, los festines y despilfarros, así como
tantos descontroles sin control alguno. En ocasiones da la sensación que
los unos se tapan a los otros y los otros se tapan a los unos. Y aquí paz
y después gloria.
Una paz que no es
la paz auténtica, la que pacifica, apacigua, tranquiliza, aquieta, calma,
sosiega, serena, más bien es un darse la mano, hoy por ti y mañana por mí.
Nadie da lo que no tiene. Para botón de muestra, ahí están los
escandalosos lenguajes de guerras abiertas y de batallas institucionales
entre poderes del Estado. Esto es un calvario para la democracia. Y para
los demócratas, entre los que me sumo, un golpe más para seguir con la
cabeza todavía más baja. Exaltar este tipo de contiendas es un pésimo
presagio para el consenso y un repelente hábitat para dar cobijo (de
familia) a los que llaman a nuestra puerta. En el fondo, todo son promesas
de lo que el viento se llevó. Los cerrojos del corazón son los que más
duelen y siguen cerrados a cal y canto. Yo a lo mío y tú a lo tuyo. Yo a
mi barrio y tú al tuyo. Siempre el yo y siempre el tú, sin los plurales y
sin conjugarse con la pluralidad. De igual modo, en las formas, también
reímos mucho, pero hacemos gemir más. Conste que he hablado de España, por
si acaso alguien lo pone en duda.
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