3.
Repelentes políticas excluyentes
Víctor Corcoba Herrero
Los gobiernos, poca diferencia hay entre unos y
otros, prosiguen centrados en políticas de ricos para ricos. Son incapaces
de incluir la voz de los marginados porque sus acciones de limosneo
excluyen más que incluyen.
Lo de tirar balones fuera, lavarse las
manos, decirse y contradecirse, se les da muy bien a los políticos. Ahora
se nos pide, con más descaro que corazón, que dediquemos parte de nuestro
sueldo a las ONGs para socorrer, erradicar la pobreza y la exclusión
social. La culpa de que los pobres crezcan resulta que es nuestra. El
cinismo tiene estos ademanes. Saben que el problema, no es tanto el de
suministrar migajas, cuestión que suele avivar más los enjambres de
zánganos que el deseo de ponerse manos al trabajo, como el de la
realización de políticas serias y posibles, encaminadas a frenar los
mecanismos que generan la pobreza en un mundo de ricos que aplasta a los
pobres, cada día más contradictorio, fruto de esas repelentes políticas
excluyentes, generadoras de una insociable sociabilidad, con la victoria
del individualismo por bandera.
Hay pocos signos de esperanza, en los
hogares pobres españoles, a pesar de tantos altares bajo la advocación de
bienestar social. El día que la Iglesia católica cierre los comedores
sociales y las casas de acogida, será para ponerse a temblar. La triste
realidad es que muchas personas, todavía carecen de ese mínimo vital para
desarrollarse dignamente y realizarse sin complejos, dentro de un sistema
productivo, injusto y excluyente más veces de las debidas. Trabajar es
realmente esencial, sobre todo para los pobres. Por consiguiente, ha de
aguantarse uno con la cruz del penado, con más deberes que derechos, lo
que ocasiona el síndrome del quemado, de bajar cabeza y seguir con la
carga como los burros.
Cada día son más las familias que tienen
que endeudarse para levantar cabeza. Sumado a lo dicho, está también esa
otra pobreza, de igual importancia que la anterior, nacida de la necedad
del ilustrísimo que se cree Dios y del espíritu de los imprescindibles,
jerarquía sembrada por los falsos dioses, que cierra puertas por soberbia
y pone barreras a la promoción en términos de capacidad para ensanchar
completamente ese potencial humano que todos llevamos dentro. Así
difícilmente podemos ser los arquitectos de nuestra propia vida, en un
mundo donde campean a sus anchas los especuladores, que compran hasta
carne humana para saciar sus vicios ocultos.
Por mucho que se diga, los hechos están
ahí, y nos dicen que las políticas son tan excluyentes como las de ayer. A
veces más traumáticas si cabe, porque el engaño mata a traición la luz de
la esperanza. Si se tuviese más en cuenta el bien de todos y de cada uno,
el de las familias que malviven salpicadas por la miseria, con unos
salarios muy bajos y unos condiciones laborables de oír, ver y callar, que
esto es lo que hay, seguramente no tendríamos tanta delincuencia en la
calle. Dicho lo cual me afirmo y reafirmo que el estado del bienestar no
existe porque su semilla, la familia del bienestar, está más podrida que
sana, o lo que es lo mismo, más descompuesta que saneada.
Los gobiernos, poca diferencia hay entre
unos y otros, prosiguen centrados en políticas de ricos para ricos. Son
incapaces de incluir la voz de los marginados porque sus acciones de
limosneo excluyen más que incluyen, y así, es imposible la cohesión, a
pesar de tanto cacareo de planes y programas de inclusión. La mayoría se
quedan sólo en el papel, en las buenas intenciones, en palabras
incumplidas. Lo cierto es que la política de rentas es muy desigual, y la
mínima muy mínima, que la política de empleo sigue sin contar con las
personas en situación de exclusión social y que la vivienda está verde
para muchos ciudadanos. Con estas artes de exclusión, de nulo talante y
nada de talento, también poco puede hacer nuestra caridad, si los
gobiernos no gobiernan para los que menos tienen, antes que para los que
lo tienen todo.
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