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Diez retos en el momento actual
Felipe Santos, SDB
Cuando los tiempos se ponen convulsos y crispados
para los creyentes, el joven y adulto que tienen su fe arraigada en
Cristo, no se hunde nunca por estas así llamadas nuevas progresías. El
cristiano se lanza a la calle para pregonar a los cuatro vientos que se
mantiene fresco y alegre ante el envite innecesario de esta nueva
acometida
Cuando los tiempos se ponen convulsos y
crispados para los creyentes por unas leyes que saben a resabios
trasnochados, el joven y adulto que tienen su fe arraigada en el valor de
los valores, Cristo, no se hunde nunca por estas así llamadas nuevas
progresías. El cristiano vive estas realidades, no como encerrado en la
queja inútil, sino que se lanza a la calle para pregonar a los cuatro
vientos que se mantiene fresco y alegre ante el envite innecesario de esta
nueva acometida -superada, eso nos creíamos todos, salvo algunos de
quienes “intentan gobernar”-.
Ante estas circunstancias inesperadas en
el siglo XXI, el creyente revaloriza su experiencia personal de Dios y la
dimensión profética de su fe. Sabe, consultando la historia, que todos
estos ataques contra la Iglesia, sus cruces, sus hábitos y manifestaciones
externas, no son nada nuevas. ¿Qué queda de quienes hicieron lo mismo hace
siglos o 70 años? Nada. Si acaso libros y artículos en las hemerotecas.
Ante esta nueva imposición -y dicen que
gobiernan para todos-, el cristiano -en lugar de arrinconarse en la
sacristía, cosa que ellos quieren- aprende a vivir la fe como alternativa
cultural válida desde hace siglos frente al laicismo que quieren imponer
sin consulta previa. Se hace caso a un grupo minoritario y no al pueblo
que, en su mayoría, se declara creyente. ¿A qué vienen ahora estos
resentimientos y rencores?
Los cristianos -al igual que les ha
ocurrido siempre- siguen fieles al testimonio y coherencia de su fe -tan
viva y bienhechora para la humanidad- como desde el primer día.
No se queda en los cuatro tópicos que
aducen algunos gobernantes contra la Iglesia. Hay -por lo que se ve- una
campaña bien orquestada desde los más altos organismos de la política, que
intentan dominar el propio mundo de las conciencias inviolables. ¿A dónde
van a parar con tanta progresía? ¿A contentar a pequeños grupos de
opresión que no brillan precisamente por su virtud?...
Ante esta nueva situación que vive el
creyente, la familia y los centros educativos con mentalidad y valores
cristianos, no le queda más salida que colaborar estrechamente con la
Iglesia para que siga apareciendo como un lugar cálido y samaritano, donde
los jóvenes sean protagonistas de su propio camino de fe.
El camino que les trazan los gobernantes
no conducen a una senda de valores en los que brille la luz de la verdad
que hace al ser humano libre, y no esclavo de ideologías y pasiones
inveteradas.
No todos los jóvenes son como esos
corpúsculos que machacan cada día a los demás con el dominio de los Medios
de Comunicación Social. No son quienes aparecen los que valen y significan
a la inmensa población española. ¡Qué va! El joven auténtico es mucho más
dialogante que esos que hacen ruido y gritan tras las pancartas de turno.
Ellos buscan actitudes dialogantes enriquecedoras, máxime aquellas que
afectan a su fe y al futuro de sus vidas.
Con estas Plataformas que están
germinando -como la rebeldía en tiempos de las Catacumbas- los cristianos
buscan ser portadores de los que no tienen voz ni medios de comunicación
al servicio de sectarismos gubernamentales. En la calle y en todos sitios
tiene que proclamar ante las instituciones públicas las situaciones de
injusticia, manipulación o exclusión de que son objeto por leyes
atentatorias contra los principios más elementales que reconoce la
Constitución.
Las familias, los jóvenes, la Iglesia
toda mantienen los dinamismo de la esperanza y de futuro en la sociedad
actual, desde la óptica de su fe en Cristo Resucitado. Esperan auroras
nuevas, y no zarandajas que echen todo a perder por unos votos en las
elecciones.
La Iglesia y sus creyentes de verdad
-sépanlo señores mandatarios-, estarán, como siempre, potenciando procesos
y perspectivas que ayuden a vivir su fe, educación y enseñanza de la misma
a la misma altura que tienen otras esferas que componen al ser humano.
Y, ante estas nuevas e intrusas
situaciones debidas a trasnochados resentimientos, los creyentes se erigen
en comunicadores del Evangelio, con lenguajes y gestos que convoquen y
provoquen a todos en el mantenimiento de los valores que valen siempre. No
son perecederos como los que se promulgan ahora al pairo del laicismo y de
la progresía de algunos.
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