1. La muerte en nuestra cultura
La muerte para el mexicano es dolor y fiesta.
Incluso, en zonas rurales o indígenas se viven funerales e inhumaciones
con ambiente de "matiz crepuscular": el atardecer que incluye al sol
alegre y radiante de lo que fue al medio día, con los matices oscuros y
llorosos de lo que será la noche.
Aunque sea jade, también se quiebra /
aunque sea oro, también se hiende / y aun el plumaje de quetzal se
desgarra / No por siempre en la tierra ¡sólo breve tiempo aquí!... / Como
una pintura nos iremos borrando / como una flor hemos de secarnos / sobre
la tierra / cual ropaje de plumas / del quetzal, del zacuán / del azulejo,
iremos pereciendo...Nezahualcóyotl
Con el inicio del mes noveno del antiguo
calendario romano (en latín, november, novembris) podremos considerar
algunos elementos prehispánicos y otros castellanos a fin de entender más
históricamente lo que vivimos hoy en día, en torno a la muerte en nuestra
cultura mestiza, criolla y mexicana. Es decir, ¿qué raíces de sangre
indígena y qué sentires de la tierra española nos siguen afectando en lo
más íntimo de nuestro ser nacional, ante el sincretismo de "las fiestas de
muertos y de Todos los Santos"?
EL PASADO INDÍGENA, SANGRE Y MUERTE
Ángel María Garibay en su Historia de la
Literatura Náhuatl, analiza la vida religiosa y sacrificial del mundo de
la sangre (chalchíhuatl) y cómo este "líquido precioso" resultaba ser el
"terrible néctar para el alimento de los dioses".
Complementando, don Alfonso Caso
describió, en La Religión de los Aztecas, el más impactante de los
círculos viciosos: ni hombres ni universo pueden subsistir sin los dioses,
pero sin sangre de hombres no pueden sobrevivir los dioses.
Así pues, Teóatl, agua divina; Xochíatl,
agua florecida; Atl tlachichinolli, agua ardiente como el fuego, serán
otros tantos nombres de la sangre, que poetizaban la trágica simbiosis de
los terrenales con los celestiales o divinales. Cuauhnochtli, tunas
divinas del nopal de la condición humana, serán los corazones ofrendados
"al águila" al dios-sol que es Huitzilopochtli, y cuauhchicalli, ánfora
del águila, será la vasija en que las depositen.
Por esto, la actividad bélica resultaba
parte de la esencia de la vida. Las "guerras floridas" no tenían como
finalidad única la hegemonía sobre los demás vecinos, sino que resaltaban
la obligación del mandato divino de la recolección de humanos para el
sacrificio ritual o para el temalácatl (piedra circular en donde se ponía
a la víctima atada y en combate desigual, caso típico del capitán de los
señoríos tlaxcaltecas, Tlahuicole).
Más tarde, Coatlicue demandaba: "Traedme
víctimas y sacrificádmelas, arrojándolas al fuego". También decía así
"Amarillas flores abrieron su corola. Es nuestra Madre, la del rostro con
máscara"...
Es decir, "flores" con el triple sentido
de los cantares tenochcas: flores del campo, "flores de nuestra carne" (el
maíz) y "divinas flores de los sacrificados" (corazones de las víctimas).
MENTALIDAD CASTELLANA DE CRISTIANDAD
Por el lado hispánico, sobresalía en
aquélla manera de pensar la actitud bélica del cristianismo ante el mundo
islámico que proponía la llamada Guerra Santa contra los infieles
(cristianos, por supuesto, para los de la bandera de la Media Luna).
La Reconquista, así planteada, abarcaba
todo: lo político, lo cultural, lo económico y la cosmovisión de lo
religioso. Resultaba aceptado en aquel contexto que el grito de guerra, al
atacar los cristianos, fuera el emotivo canto de "¡Por Santiago Apóstol y
cierra (constriñe, sitia, vence) España!".
Por otra parte, se dieron las coyunturas
favorables e históricas que cerraron y abrieron los ciclos de oportunidad:
1492 significó el desempleo de millares de caballeros andantes y milicias
desocupadas, cuando cayó el último bastión morisco en Granada y la
"válvula de escape" en la América recién descubierta, a fin de emplear a
los de la espada y la cruz en tierras lejanas.
Dicho de otra forma, cuando los
peninsulares llegaron a Tenochtitlán lo hicieron con casi ocho siglos de
experiencia en el arte de la guerra contra los moros (Santiago se
denominaba "Matamoros"), en contraste con casi dos siglos de supervivencia
y vencimiento de los mexica-tenochcas en la zona del lago de Texcoco y
alrededores. Por lo tanto, nuestro mestizaje costó mucha sangre y muerte,
que en muchas formas se sublimó con la sangre en la cruz del redentor
Jesucristo.
MESTIZAJE Y CRIOLLISMO
Nuestro pueblo comenzó desde los inicios
del siglo XVI a pensar y vivir con el lema de honor que se lava únicamente
con sangre. En las escuelas se comenzó a dar el refrán que afirma: "la
letra con sangre entra". La muerte se reforzó en forma simbiótica con los
elementos del pundonor incluso quijotesco, al mismo tiempo que integraba
el sacrificio del indígena, cuando recibía a los muertos con los ramos de
"las veinte flores" (tzempoal-xóchitl) y los sahumerios de incienso y
copal.
Hace pocos años, un gran conocedor del
mexicanismo, don Jesús Reyes Heroles, afirmaba que en México "la forma es
fondo". Ajustando lo ajustable, podríamos ratificar que efectivamente, en
nuestra cultura mestiza y criolla, las formas mortuorias resultan ser al
mismo tiempo, el fondo de la cuestión.
Por esto y más, la muerte para el
mexicano es dolor y fiesta. Lo mismo da llorar que cantar. Incluso, en
zonas rurales o indígenas se viven funerales e inhumaciones con ambiente
de "matiz crepuscular": el atardecer que incluye al sol alegre y radiante
de lo que fue al medio día, con los matices oscuros y llorosos de lo que
será la noche. ¡Matiz crepuscular de las seis, cuando pardea el sol y
muere la tarde!
LA MUERTE EN EL MEXICANO QUE CANTA
Resulta explicable, pues, escuchar las
letras y tonadas del cancionero mexicano. Entendemos por qué "la vida no
vale nada, no vale nada la vida. Comienza siempre llorando y así llorando
se acaba, por eso es que en este mundo (mexicano) la vida no vale nada
("Camino de Guanajuato" de José Alfredo Jiménez). Más aún, Cuco Sánchez
completa lo anterior cuando compara apasionadamente "las muertes" en el
tiempo de las despedidas o la muerte final del "puerto de la vida" en que
uno se va. Por eso escribió los versos siguientes que entonan las
gargantas afinadas con tequila:
"Guitarras, ¡lloren guitarras!
violines, ¡lloren igual!
No dejen que yo me vaya
con el silencio de su cantar.
Gritemos a pecho abierto
un canto que haga temblar
al mundo que es el gran puerto,
donde unos llegan y otros se van.
Ahora me toca a mí marcharme
ahora me toca a mí partir,
Guitarras, ¡lloren guitarras!
que ahí queda lleno de amor
prendido de cada cuerda
llorando a mares mi corazón..."
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