Imprimir

2. Origen de las fiestas de muertos

Eduardo Merlo Juárez / www.koinonia.com.mx

A pesar de los cambios fundamentales experimentados con la conquista militar y luego espiritual, la costumbre poco ha variado desde entonces hasta nuestros días, la festividad de los muertos sigue siendo la más importante celebración del año.

El culto a los muertos es tan antiguo como la humanidad. No existe una sola cultura antigua que carezca de alguna manifestación en este sentido. La pérdida de un ser humano siempre ha significado un tema de reflexión y de conjeturas, predominando las creencias, quizá por razones de lógica, aunque nada tenga de ello, o por la simple inconformidad de no volver a ver al ser querido.

Las tumbas cuyos restos fueron acompañados de ofrendas, indican que los vivos se preocuparon por que no careciera de nada en el ignoto más allá, del que todos hablan, pero ninguno conoce de cierto.

Fueron quizá los egipcios los que en las culturas de allende el océano, se preocuparon por sus difuntos; la idea llegó hasta el colmo del fanatismo, viviendo la gente preocupada por lo que le esperaba en la otra vida, trabajando para que se le sepultara, en el momento requerido, con todos los detalles que la liturgia y parafernalia exigían.

Los griegos y romanos no tomaron tan en serio estas ideas, de tal forma que simplemente cubrían las apariencias, colocando estatuas y mausoleos extravagantes y lujosos, pero después del funeral al que acudían parientes y amigos en un convivió social, ni quien se acordara del muerto.

El cristianismo dio otro sentido a la teoría del más allá. Las prédicas de los apóstoles y de sus sucesores resultaban novedosas e ideales: después de esta vida efímera, nos espera una eternidad en que se tiene la oportunidad de gozar a Dios plenamente, no obstante, es preciso cumplir con mandatos muy bien determinados, de lo contrario, el alma inmortal, puede pasar a un lugar de eterno sufrimiento.

De acuerdo con esto, las almas no pueden tener más contactos con los vivos porque están justamente en el sitio inconsútil, que les fue asignado. Si están en el cielo, no quieren abandonar el gozo de contemplar a la Divinidad, y tienen razón. Si acaso algún pecado leve les ha impedido llegar hasta ese lugar de supremo bien, entonces radican momentáneamente en el Purgatorio, hasta que expíen sus culpas. Si su conducta fue mala y no hubo arrepentimiento, entonces están en el infierno tormentoso. Tampoco en estos dos últimos lugares se puede salir. No obstante, en los pueblos cristianos predominaron creencias populares de las etapas paganas, en que aparecidos, espantos, diablos, demonios y otros seres solían dar sustos a los vivos.

Otros casos "por permisión de Dios", como se decía, incluían apariciones de santos, ángeles y demás seres benéficos, esto para lograr consuelo a personas de vida interior plena de bondad.

De todos modos se había izado la figura de la Muerte como si fuera un ser vivo, representada como esqueleto descarnado de terrible conformación. Se le mencionaba como acechador que estaba esperando el momento preciso para actuar.

Las terribles epidemias que en la Edad Media asolaron a Europa, dieron una connotación todavía más macabra a esa señora que nunca perdona. Para intentar conjurarla se idearon las famosas "Danzas de la Muerte" o "Macabras", que a veces conformaban una especia de carnaval escatológico, y otras como un desfile mortuorio o cortejo, en que la figura esquelética encabezaba la procesión de encapuchados y dolientes.

La muerte, según el sentir de los pueblos europeos, era algo nefasto, una desgracia que había que conjurar, y si no había más remedio que esperar su visita, entonces se valía hacer todo lo posible por disimular ese trágico último momento.

Los artistas de todos los géneros se acordaron de la descarnada señora y la pintaron, la esculpieron, le cantaron y la poetizaron, no en balde la triste despedida de Jorge Manrique a la muerte de su padre:

Recuerde el alma dormida,
Avive el seso y despierte
contemplando:
Como se pasa la vida,
como se viene la Muerte,
tan callando...

Los antiguos indígenas de lo que hoy es México, y que para mejor identificación llamamos Mesoamérica, hicieron del culto a los muertos una forma de vida. La idea no tenía los tintes dramáticos de Europa, ni mucho menos, al contrario, se tomaba como una acción natural, ya que si se había nacido, lo consecuente era morir y nadie se espantaba que esto tuviera que suceder.

Ciertamente no faltarían los que se aferraban a esta vida, pero eran excepciones a la creencia colectiva.

Para ellos la otra vida podía deparar auténticos paraísos en que los espíritus partirían con los dioses que predominaban en cada uno de ellos, pues eran niveles más arriba o más abajo, sin que la colocación implicara mejor o peor. Así por ejemplo, muy codiciado era el quinto cielo que correspondía al dios del agua o Tláloc; este lugar era un vergel florido de todo género de frutos, ríos, lagos y prados. Quienes tenían el privilegio de ser conducidos al mismo, de inmediato se tornaban en niños y gozaban de una perenne infancia feliz. La dificultad radicaba en que el acceso no dependía de ninguna acción de los mortales, es decir, de su comportamiento o rogativas, sino absolutamente del capricho de la divinidad, quien elegía a los consentidos, marcando el tipo de muerte, asociado al agua y al frío; lo que podría traducirse en un resfriado o pulmonía, ahogados, fulminados por un rayo, etc.

Otro de los cielos o niveles era exclusivo del Sol y de los guerreros muertos en combate, mismos que le ayudaban a caminar sobre el cielo hasta el medio día, momento en que cedían su lugar a las Cihuateteo, mujeres muertas al dar a luz. Ambas condiciones eran indispensables para tan ansiado paraíso.

Lo peor que podía pasar a un muerto cualquiera, era llegar hasta el Mictlan, especie de gran caverna muy oscura, en que las almas de la humanidad era acomodadas para descansar en completa paz, sin que hubiera mayor interrupción que la llamada anual, que Mictlan Tecuhtli, el Señor de los Muertos, les hacía para que salieran en busca de sus familiares vivos, en una visita muy especial e inconsútil, que estaba prefijada entre ambas partes, la de los vivos y los muertos.

En cada casa se festejaba con regocijo el banquete ritual a los muertos. Con mucha anticipación se iban comprando los distintos elementos para hacer la comida regia, pues la pobreza no era pretexto para fallarles a los difuntos. El mitotiliztli se llamaba Huey Micailhuiti, que quiere decir gran fiesta de los muertos". Nunca podía durar menos de cinco días, tiempo más que suficiente para que el alma reconozca a sus parientes y goce el agasajo que le ofrecen.

El rito exigía un lugar especial, adornado con ramitas de pino para aromatizar, abundantes flores para darle el carácter alegre, y los alimentos, que invariablemente debían ser algo salados, y algo picante y algo dulce. Frutas de todas clases, pulque, agua, sal y tabaco. Lugar imprescindible tenían los sahumadores con copal para que el alma percibiera los ricos olores. Para que el anima no perdiera el camino y anduviera penando, los familiares desmenuzaban pétalos de la flor amarilla y olorosa llamada cempoaxóchitl, haciendo un caminito desde el banquete hasta el camino más cercano, de tal forma que sin perturbarse reconociera a los suyos y llegara presto a la recepción.

Invariablemente el más viejo o vieja de la casa daba la bienvenida, como si estuviera mirando al ser fallecido, lo trataba con frases de cariño y le invitaba a comer, mientras esto hacía el occiso, le iban platicando los sucesos más importantes de la casa y el vecindario, así sin parar, día y noche, hasta que concluyendo la fiesta, se solicitaba al muerto que por favor regresara ya a su lugar. Una vez retirado al Mictlan los vivos tenían derecho a degustar las "sobras", e inclusive intercambiar con los vecinos.

A pesar de los cambios fundamentales experimentados con la conquista militar y luego espiritual, la costumbre poco ha variado desde entonces hasta nuestros días, siendo la más importante celebración del año.

 
 

Inicio ] [ Atrás ]