2. Origen de las fiestas de muertos
A pesar de los cambios fundamentales experimentados
con la conquista militar y luego espiritual, la costumbre poco ha variado
desde entonces hasta nuestros días, la festividad de los muertos sigue
siendo la más importante celebración del año.
El culto a los muertos es tan antiguo
como la humanidad. No existe una sola cultura antigua que carezca de
alguna manifestación en este sentido. La pérdida de un ser humano siempre
ha significado un tema de reflexión y de conjeturas, predominando las
creencias, quizá por razones de lógica, aunque nada tenga de ello, o por
la simple inconformidad de no volver a ver al ser querido.
Las tumbas cuyos restos fueron
acompañados de ofrendas, indican que los vivos se preocuparon por que no
careciera de nada en el ignoto más allá, del que todos hablan, pero
ninguno conoce de cierto.
Fueron quizá los egipcios los que en las
culturas de allende el océano, se preocuparon por sus difuntos; la idea
llegó hasta el colmo del fanatismo, viviendo la gente preocupada por lo
que le esperaba en la otra vida, trabajando para que se le sepultara, en
el momento requerido, con todos los detalles que la liturgia y
parafernalia exigían.
Los griegos y romanos no tomaron tan en
serio estas ideas, de tal forma que simplemente cubrían las apariencias,
colocando estatuas y mausoleos extravagantes y lujosos, pero después del
funeral al que acudían parientes y amigos en un convivió social, ni quien
se acordara del muerto.
El cristianismo dio otro sentido a la
teoría del más allá. Las prédicas de los apóstoles y de sus sucesores
resultaban novedosas e ideales: después de esta vida efímera, nos espera
una eternidad en que se tiene la oportunidad de gozar a Dios plenamente,
no obstante, es preciso cumplir con mandatos muy bien determinados, de lo
contrario, el alma inmortal, puede pasar a un lugar de eterno sufrimiento.
De acuerdo con esto, las almas no pueden
tener más contactos con los vivos porque están justamente en el sitio
inconsútil, que les fue asignado. Si están en el cielo, no quieren
abandonar el gozo de contemplar a la Divinidad, y tienen razón. Si acaso
algún pecado leve les ha impedido llegar hasta ese lugar de supremo bien,
entonces radican momentáneamente en el Purgatorio, hasta que expíen sus
culpas. Si su conducta fue mala y no hubo arrepentimiento, entonces están
en el infierno tormentoso. Tampoco en estos dos últimos lugares se puede
salir. No obstante, en los pueblos cristianos predominaron creencias
populares de las etapas paganas, en que aparecidos, espantos, diablos,
demonios y otros seres solían dar sustos a los vivos.
Otros casos "por permisión de Dios", como
se decía, incluían apariciones de santos, ángeles y demás seres benéficos,
esto para lograr consuelo a personas de vida interior plena de bondad.
De todos modos se había izado la figura
de la Muerte como si fuera un ser vivo, representada como esqueleto
descarnado de terrible conformación. Se le mencionaba como acechador que
estaba esperando el momento preciso para actuar.
Las terribles epidemias que en la Edad
Media asolaron a Europa, dieron una connotación todavía más macabra a esa
señora que nunca perdona. Para intentar conjurarla se idearon las famosas
"Danzas de la Muerte" o "Macabras", que a veces conformaban una especia de
carnaval escatológico, y otras como un desfile mortuorio o cortejo, en que
la figura esquelética encabezaba la procesión de encapuchados y dolientes.
La muerte, según el sentir de los pueblos
europeos, era algo nefasto, una desgracia que había que conjurar, y si no
había más remedio que esperar su visita, entonces se valía hacer todo lo
posible por disimular ese trágico último momento.
Los artistas de todos los géneros se
acordaron de la descarnada señora y la pintaron, la esculpieron, le
cantaron y la poetizaron, no en balde la triste despedida de Jorge
Manrique a la muerte de su padre:
Recuerde el alma dormida,
Avive el seso y despierte
contemplando:
Como se pasa la vida,
como se viene la Muerte,
tan callando...
Los antiguos indígenas de lo que hoy es
México, y que para mejor identificación llamamos Mesoamérica, hicieron del
culto a los muertos una forma de vida. La idea no tenía los tintes
dramáticos de Europa, ni mucho menos, al contrario, se tomaba como una
acción natural, ya que si se había nacido, lo consecuente era morir y
nadie se espantaba que esto tuviera que suceder.
Ciertamente no faltarían los que se
aferraban a esta vida, pero eran excepciones a la creencia colectiva.
Para ellos la otra vida podía deparar
auténticos paraísos en que los espíritus partirían con los dioses que
predominaban en cada uno de ellos, pues eran niveles más arriba o más
abajo, sin que la colocación implicara mejor o peor. Así por ejemplo, muy
codiciado era el quinto cielo que correspondía al dios del agua o Tláloc;
este lugar era un vergel florido de todo género de frutos, ríos, lagos y
prados. Quienes tenían el privilegio de ser conducidos al mismo, de
inmediato se tornaban en niños y gozaban de una perenne infancia feliz. La
dificultad radicaba en que el acceso no dependía de ninguna acción de los
mortales, es decir, de su comportamiento o rogativas, sino absolutamente
del capricho de la divinidad, quien elegía a los consentidos, marcando el
tipo de muerte, asociado al agua y al frío; lo que podría traducirse en un
resfriado o pulmonía, ahogados, fulminados por un rayo, etc.
Otro de los cielos o niveles era
exclusivo del Sol y de los guerreros muertos en combate, mismos que le
ayudaban a caminar sobre el cielo hasta el medio día, momento en que
cedían su lugar a las Cihuateteo, mujeres muertas al dar a luz. Ambas
condiciones eran indispensables para tan ansiado paraíso.
Lo peor que podía pasar a un muerto
cualquiera, era llegar hasta el Mictlan, especie de gran caverna muy
oscura, en que las almas de la humanidad era acomodadas para descansar en
completa paz, sin que hubiera mayor interrupción que la llamada anual, que
Mictlan Tecuhtli, el Señor de los Muertos, les hacía para que salieran en
busca de sus familiares vivos, en una visita muy especial e inconsútil,
que estaba prefijada entre ambas partes, la de los vivos y los muertos.
En cada casa se festejaba con regocijo el
banquete ritual a los muertos. Con mucha anticipación se iban comprando
los distintos elementos para hacer la comida regia, pues la pobreza no era
pretexto para fallarles a los difuntos. El mitotiliztli se llamaba Huey
Micailhuiti, que quiere decir gran fiesta de los muertos". Nunca podía
durar menos de cinco días, tiempo más que suficiente para que el alma
reconozca a sus parientes y goce el agasajo que le ofrecen.
El rito exigía un lugar especial,
adornado con ramitas de pino para aromatizar, abundantes flores para darle
el carácter alegre, y los alimentos, que invariablemente debían ser algo
salados, y algo picante y algo dulce. Frutas de todas clases, pulque,
agua, sal y tabaco. Lugar imprescindible tenían los sahumadores con copal
para que el alma percibiera los ricos olores. Para que el anima no
perdiera el camino y anduviera penando, los familiares desmenuzaban
pétalos de la flor amarilla y olorosa llamada cempoaxóchitl, haciendo un
caminito desde el banquete hasta el camino más cercano, de tal forma que
sin perturbarse reconociera a los suyos y llegara presto a la recepción.
Invariablemente el más viejo o vieja de
la casa daba la bienvenida, como si estuviera mirando al ser fallecido, lo
trataba con frases de cariño y le invitaba a comer, mientras esto hacía el
occiso, le iban platicando los sucesos más importantes de la casa y el
vecindario, así sin parar, día y noche, hasta que concluyendo la fiesta,
se solicitaba al muerto que por favor regresara ya a su lugar. Una vez
retirado al Mictlan los vivos tenían derecho a degustar las "sobras", e
inclusive intercambiar con los vecinos.
A pesar de los cambios fundamentales
experimentados con la conquista militar y luego espiritual, la costumbre
poco ha variado desde entonces hasta nuestros días, siendo la más
importante celebración del año.
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