3. Niños contra la guerra
Mikel Agirregabiria Agirre
En un belicoso mundo de adultos, donde se presenta
la guerra como un inevitable videojuego para los vencedores, el mejor
argumento por la paz proviene de la inteligencia infantil desde el candor
de sus diarios.
Parece imposible que hayan sido los niños
quienes han escrito los mejores alegatos contra la guerra. Con sólo un
lápiz y unas cuartillas, respaldados por el poder de la palabra, algunas
de sus composiciones infantiles en forma de cuadernos constituyen los
ensayos pacifistas más memorables.
Probablemente, el más
representativo de los fascinantes documentos históricos basados en relatos
cotidianos de seres maravillosos que vivieron épocas y situaciones que
nunca deberían ser olvidadas por la Humanidad sea el sublime “Diario de
Ana Frank” (ver íntegramente en bitacoradefarrio.webcindario.com),
la niña de 14 años que no llegó a crecer.
El 3 de mayo de 1944,
Ana escribía a su amiga Kitty: “Primero, las noticias de la semana.
La política está de asueto: nada, absolutamente nada que señalar. ¿De qué
sirve esta guerra? ¿Por qué los hombres no pueden vivir en paz? ¿Por qué
esta devastación?... ¿Por qué se gasta cada día millones en la guerra y no
hay un céntimo disponible para la medicina, los artistas y los pobres?
¿Por qué hay hombres que sufren hambre, mientras que en otras partes del
mundo los alimentos se pudren en el lugar porque sobran? ¡Oh! ¿Por qué los
hombres han enloquecido así? Jamás creeré que únicamente los hombres
poderosos, los gobernantes y los capitalistas sean responsables de la
guerra. No. El hombre de la calle se alegra también mucho en hacerla. Si
no, los pueblos hace rato que se habrían rebelado”.
Recientemente se ha
descubierto otro caso similar, el de Helga Deen, una holandesa
adolescente judía de 18 años y también exterminada en el Holocausto nazi.
El diario que escribió Helga antes de perecer refleja, con mayor
brevedad pero superior calidad prosística derivada de sus 18 años, la
misma desesperación que Ana provocada por aquella indescriptible
tragedia que aconteció en el centro de Europa hace sólo 60 años.
Helga, en su
libreta colegial de química de 20 páginas escasas y en cinco cartas
dirigidas a su novio Kees van den Berg, nos narra allá por junio de 1943,
estando ya encerrada en un barracón: "Cariño, hasta ahora no hay
mayores problemas. Ocupo una litera de tres pisos y, desde la ventana, veo
árboles, pájaros, el cielo azul y alguna nube. Qué desesperación. Todo es
horrible. Las crisis de histeria a mi alrededor, la falta de disciplina...
Y el ruido”. El 2 de julio, antes de ser deportada a Sobibor para su
asesinato, anotó: "Todos los días vemos la libertad tras el alambre de
espino que nos encierra".
Ambos diarios no son
los únicos testimonios íntimos, a la vez que universales, de la desolación
en las guerras. Inolvidables, y dignos de ser releídos, son también “Un
saco de canicas” de Joseph Joffo, sobre las aventuras que vive
junto a un hermano, con 10 y 12 años, para escapar de los nazis en Paris y
reunirse con sus hermanos mayores en la zona libre de Francia, y “El
diario de Zlata”, que empezó a escribir en septiembre de 1991, poco
antes de cumplir 11 años. Su autora, Zlata Filipovic, describe con
gran emotividad la vida en la Sarajevo desangrada de hace apenas una
década. Ambas obras resultan imperecederas declaraciones pacifistas,
siendo la primera más una memoria autobiográfica que enraíza con la
divertida novela picaresca y la segunda un diario de una niña croata que
había leído a Ana y que se encuentra prisionera en su propia casa,
sin agua, gas ni electricidad, y que concluye con el mismo pensamiento: “Nosotros
seguro que no habríamos escogido la guerra".
Existen muchas
iniciativas pedagógicas y metodologías didácticas de “niños contra la
guerra”. Desde la escuela, con una educación en valores éticos y en
defensa de los derechos humanos de todas las personas, se puede
transformar el mundo. Las guerras acabarán cuando los escolares crezcan
sin renunciar a su idealismo utópico, según el cual “no merece la pena
escoger la guerra, porque no conviene ni a los niños ni a los hombres de
la calle”, como nos contaron Ana, Helga, Joseph y
Zlata.
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