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5. Los recuerdos

Adolfo Carreto / www.avmradio.org  

El que una píldora pueda borrarnos el sentimiento de culpa cuando verdaderamente hay culpa es algo así como propiciar que el mal siga dándose sin necesidad de arrepentirse.

Afortunadamente guardo muy pocos recuerdos dolorosos, al menos conscientemente. Quiero decir que no me afloran a la superficie como una pesadilla. A mí las pesadillas se me dan en el sueño que muy posiblemente sean una forma de escaparse esos recuerdos que creemos que ya han muerto. Pero la verdad, mi memoria consciente está más llena de cosas positivas pasadas que de entuertos negativos. Sobre todo, lo que se refiere a mi niñez: el campo, los caminos polvorientos y empedrados, los amigos que dejé entonces pero que nunca se fueron, los diferentes sonidos de las campanas para los diferentes eventos, religiosos o simplemente de interés para los aldeanos, los nidos de las aves con sus crías, el agua de los regatos en invierno, en verano, en primavera y en otoño, la maestra y el maestro del pueblo, los potrillos cuando nacen, las acequias que van a los molinos, los árboles en flor, sobre todo los almendros, el fruto pintándose, sobre todo las cerezas, las amapolas en los trigales, el acarreo de la mies, pero, sobre todo, las personas: mis abuelos, mis abuelas, mis primos, mis primas, mis vecinos, mis vecinas, el tonto del pueblo que es un recuerdo muy bonito porque es el recuerdo de la inocencia...

Puedo seguir amontonando recuerdos de este calibre, pero cuando me pongo a jorungar en otros, en los malos, en los desagradables, en los que hieren, en los que torturan, me llegan muy a cuenta gotas. Por eso me ha extrañado esta noticia de que quieren crear una píldora para borrar los recuerdos dolorosos.

Y pasado doloroso lo hay, y mucho. Pareciera que hoy más que nunca, lo que tampoco es cierto. Ocurre que lo de hoy es más reciente y hasta más estrambótico, quiero decir, más publicitado.

No me niego a estas nuevas técnicas terapéuticas para que las personas puedan desprenderse, o al menos aminorar, lo que les tortura. Pero a veces pienso que es bueno que los recuerdos malos afloren, que la conciencia nos torture un poco, que no permitamos que nadie nos borre, con un pildorazo, aquello de lo que tenemos que arrepentirnos. Es cierto, “algunos recuerdos pueden llegar a ser muy destructivos. Vienen a nuestra memoria cuando no lo deseamos y se ven acompañados de sentimientos muy dolorosos”. Es verdad. Y habrá que poner coto a las torturas de las violadas, a las torturas de los soldados que han matado por obligación, a las torturas de los inocentes sobre todo. Pero estos inventos siempre hay que tomarlos con precaución, porque, el que una píldora pueda borrarnos el sentimiento de culpa cuando verdaderamente hay culpa es algo así como propiciar que el mal siga dándose sin necesidad de arrepentirse.

 
 

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