7. Inmortalidad
Pbro. Miguel Rivilla San Martín
Nada que no sea la vida eterna satisface al
creyente. Ni las honras fúnebres, ni las coronas de flores...
El anhelo más profundo que anida en la
mente y el corazón de toda persona, sea creyente o no, es el de la
supervivencia, tras la muerte. La pulsión más fuerte de todos los seres
humanos conscientes, tiende a la inmortalidad, es decir, a perpetuarse en
el tiempo y en el espacio.
Todos queremos vivir para siempre. Este
deseo es generalizado, constante y duradero. Desde los adolescentes que
graban sus corazones entrelazados en la corteza de los árboles, para
perpetuar su amor, hasta los poderosos faraones con la construcción de las
pirámides, para dejar constancia de su memoria, toda la vida humana gira
sobre el gozne del deseo de inmortalidad.
El paso del hombre por la tierra es
efímero y finito. Todo y todos tenemos la fecha de caducidad bien grabada
. Nadie puede escapar, absolutamente nadie, al hecho de su finitud y de la
muerte.
Frente a esta realidad del fin de nuestro
caminar por la tierra, caben sólo dos posturas. La del increyente, ateo o
materialista y la del creyente y cristiano.
El primero acepta su destino efímero y
caduco con resignación. ”Nacemos para morir ” dice la gente. Asegura que
nada le diferencia del destino de un animal o de otro ente cualquiera de
su entorno. Habrá de cumplir su ciclo biológico y luego desaparecer para
siempre del escenario de la vida. Tratará, eso sí, de que su paso, su
recuerdo y su obra, permanezcan en el recuerdo y memoria de los que le
sigan.
Su nombre perdurará por algún tiempo, en
sus hijos, su familia, amistades y... poco más. Los más destacados y
relevantes tendrán quizás un rótulo en una vía pública, un monumento o una
empresa que lleve su nombre y a los más ilustres se les recordará en los
libros de historia. Eso es todo.
Frente a esta postura está la de los
cristianos. Saben, fiados por la fe, que la muerte no es el final de todo.
Proclaman apoyados en la persona, en las palabras y en las promesas de
Jesucristo resucitado que “morimos para vivir”. Ésta es la nueva noticia
por excelencia. La resurrección, la vida eterna, la inmortalidad es la
gracia que Cristo muerto y resucitado nos ha lucrado para todos los que en
Él creemos.
Con la resurrección de Cristo la muerte
ha sido vencida y puesta fuera de combate. Por eso todo cristiano entona
gozoso: ¡”La muerte! ¿Dónde está la muerte, dónde está mi muerte, dónde su
victoria?”.
Nada que no sea la vida eterna satisface
al creyente. Ni las honras fúnebres, ni las coronas de flores, ni los
monumentos suntuosos, ni el recuerdo en la memoria de los demás, en los
libros de historia etc. Dios, solo Dios, la misma vida de Dios es capaz de
dar plenitud y felicidad sin fin al ser humano.
¿Será posible tanta felicidad? ¿No será
una ilusión, un sueño, una utopía irrealizable? ¡No¡ ¡Nada de eso! La
garantía de todo está en la Palabra de Dios..
¡¡Los cielos y la tierra pasarán, pero mi
palabra no pasará!!
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