1. Los misioneros
Con un ordenador y con una emisora de radio,
digital, se llega a más mundo, gracias a Dios. Pero a esto casi nadie lo
llama misionar.
Siempre me gustaron los misioneros. Me lo
inculcaron de niño. Intuí que eso de ser misionero era siempre ir más allá
y estar casi al borde del precipicio. Un misionero era el arriesgado que
optaba por desarraigarse de su entorno para arraigarse en latitudes
desconocidas. Llevaba en su haber muy pocas cosas, como a la antigua
usanza. Pero, eso sí, llevaba la energía suficiente para motivar a otros a
que creyeran lo que él creía porque, en aquel entonces, no había otra cosa
en la que creer.
El misionero estaba consciente de que
podía ser, con muchísimas posibilidades, un mártir de sus creencias. Y ese
era un premio muy al alcance de la mano y lejos del campanario de su
pueblo, que es allí donde había comenzado la fe, donde se había
robustecido, y desde donde continuaba sonando al repique de las campanas.
Visto desde esta altura, desde este tiempo, todo parece idílico, pero
puedo asegurarles que cuando era chaval, era así.
Soy de Castilla y León, comunidad, dicen,
que exporta el mayor número, hoy día, de misioneros: el 32.33 por ciento
de todos los que han salido de España hacia otras latitudes para misionar.
Y no es para menos, porque Castilla es la dureza en piedra, la dureza en
temple y la dureza en espíritu. No sé si la dureza en la fe, pero casi, y
le siguen los vascos y los navarros, y digo igualmente que por algo será.
Desde mis tiempos mucho ha cambiado no
solamente la forma sino también el fondo del ser misionero, quizá porque
lo que realmente ha cambiado es el concepto de misión y, por ende, la
forma de misionar. Hoy se puede ser misionero, por ejemplo, teniendo como
púlpito el ordenador y lanzando el mensaje a través de Internet, lo cual
es muy válido. Pero se trata de una misión más ciudadana, más
desarrollada, quizá más amplia y amplificada. Con un ordenador y con una
emisora de radio, digital, se llega a más mundo, gracias a Dios. Pero a
esto casi nadie lo llama misionar.
Yo quiero rendir culto, en esta época del
Domund, a estos modernos misioneros, tan anónimos y posiblemente tan
incomprendidos como los de antes, posiblemente más que los de antes,
porque son incomprendidos hasta en la propia casa. Y es una lástima,
porque todos lo sabemos muy bien, nuestras sociedades oficialmente
cristianas han pasado a convertirse en sociedades de país de misión,
aunque en nuestras ciudades sigan luciendo las catedrales, sigan las
cigüeñas plantando sus nidos en las espadañas de las torres, nuestros
caminos estén sembrados de cruces, cruceiros y ermitas, y alguna que otra
vez al año caminemos la procesión porque es la fiesta de nuestro entorno.
Misioneros de hoy para el mundo de misión, que es el mundo de hoy.
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