3. Niños soldados: una injusticia que debe
terminar
P. Fernando Pascual
Mientras no lleguemos a una solución radical para
las guerras, unos niños tendrán en sus manos armas para matar. Su tristeza
o su risa enloquecida nos gritarán que hemos de cambiar, ya, algo en el
mundo global que estamos construyendo, y que todos queremos un poco más
justo y más feliz.
Toda guerra implica un drama. Unos
hombres luchan contra otros hombres, con o sin motivos válidos, para
imponerse por la fuerza. En muchas guerras aparecen, entre los soldados
más o menos jóvenes, algunos niños que cargan un fusil, tal vez una
ametralladora, o simplemente cartucheras de repuesto.
Nos duele el ver a niños que van al
frente, que se acostumbran a matar. Nos duele el que se les prive de su
familia, de sus amigos, de la escuela. Nos duele el que se vean con las
manos manchadas de sangre o de pólvora, mientras gritan con un orgullo
casi diabólico cuando han podido matar a uno o varios enemigos...
El drama de esos niños no es sino el
reflejo de un drama más profundo: la guerra. Cuando un hombre coge un
machete, un fusil o un carro armado y se dirige a una línea enemiga para
matar a otros significa que algo muy profundo ha fracasado en la historia
humana. La verdad no se puede imponer a fuerza de cañonazos. La justicia
no puede ser una especie de permiso seguro para tomar las armas y matar a
quienes quizá no son los verdaderos culpables de situaciones
insostenibles. La honradez no puede ser defendida a costa de la sangre de
una persona, muchas veces ajena a los verdaderos culpables de la situación
que ha provocado un conflicto armado.
Un niño llega a convertirse en un soldado
porque hay adultos que deciden matar. La solución a los niños soldados hay
que encontrarla en ese misterio que se llama corazón, y que es capaz de
promover guerras que pueden durar años interminables sin que nadie consiga
sus objetivos, y que provocan solamente la destrucción y la pobreza de
miles o millones de personas inocentes.
Un niño llevará un arma y un fusil
mientras existan adultos que quieran resolver sus conflictos por la
fuerza, mientras haya personas ávidas de ganar dinero con la venta y
compra de armas, a veces con los créditos de bancos sin escrúpulos. Si
promovemos la cultura de la paz, de la justicia y del amor, la guerra no
tendrá ya lugar entre los hombres. Si promovemos el respeto de la vida
como un valor sagrado, no se invertirá dinero en armamentos, sino en
hospitales y en escuelas. Los niños podrán vivir simplemente como niños, y
no caerán en las manos de traficantes y de criminales que los conviertan
en soldados prematuros.
Mientras no lleguemos a una solución
radical para las guerras que siguen sembrando de sangre tantos rincones
del planeta, unos niños tendrán en sus manos armas para matar. Su mirada
reflejará nuestro fracaso. Su tristeza o su risa enloquecida nos gritarán
que hemos de cambiar, ya, algo en el mundo global que estamos
construyendo, y que todos queremos un poco más justo y más feliz.
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