4. ¿Freno a la piratería?
Víctor Corcoba Herrero
A propósito de los delitos contra la propiedad
intelectual e industrial que se han convertido en delitos de carácter
público y, como tales, serán perseguibles de oficio sin necesidad de
denuncia por parte de la persona agraviada... A veces pienso sobre la
necesidad de legislar menos y actuar con más humanidad.
Justicia sin benignidad no es justicia,
sino crueldad. Lo decía ya el famoso adagio latino: “Exceso de justicia,
exceso de injusticia”. Y la benignísima Concepción Arenal lo repite en
bello verso: “Casi siempre es injusticia/ la austera severidad,/ y la
dulce caridad/ es casi siempre justicia”. Después de haber vivido la
atmósfera de la prisión, como voluntario y ejerciente activista cultural,
me reafirmo en que la justicia debe ser siempre comprensiva con el
delincuente y no excederse en salvajismo, pues de esa forma mezquina se
pierde su papel recuperador y por ese fondo absurdo se ganan represalias
vengativas.
La reeducación más que con la abundancia
de leyes, se consigue con diálogos activos que propicien la
reconciliación. A veces pienso sobre la necesidad de legislar menos y
actuar con más humanidad y cierta dosis de prudencia, apostando por
alternativas menos dolorosas que la cárcel, que no tienen porqué ser menos
efectivas. Antes habría que priorizar la prevención social de la plaga de
exclusión que soportan algunas personas, totalmente inhumanas, a causa de
injustas políticas redistributivas.
Esto viene a cuento de algunas palmas
oídas en relación a los delitos contra la propiedad intelectual e
industrial que se han convertido en delitos de carácter público y, como
tales, serán perseguibles de oficio sin necesidad de denuncia por parte de
la persona agraviada. Aquello de que el que la haga que la pague está muy
bien, pero cuando se tienen las necesidades cubiertas. Más que perseguir a
los últimos de la red, casi siempre personas que habitan en la
marginalidad, el castigo habría que imponérselo a las organizaciones
mafiosas que acostumbran a estar escondidos, como ratones en la
madriguera, a la sombra de sus esclavos, embolsándose grandes caudales
monetarios sin apenas arriesgar nada, con imbricaciones incluso
internacionales, verdaderos causantes de la ingente ola de piratería
intelectual e industrial que padecemos.
En consecuencia, esta reforma encuadrada
dentro de un proceso legislativo, impulsado por la Oficina Española de
Patentes y Marcas (OEPM), organismo autónomo del Ministerio de Industria,
Turismo y Comercio, en el marco de la Comisión Interministerial de lucha
contra la piratería, y encaminado al reforzamiento de la protección de los
derechos de propiedad industrial y a su equiparación, en cuanto al
tratamiento legal, respecto de los derechos de autor y afines; tendrá que
tener muy en cuenta a la hora de agravar las penas, quién es quién a la
hora de juzgar, y llegar a la raíz (o al laberinto de raíces) que
sostienen el árbol de la piratería que es más difícil su control de lo que
se piensa.
Dicho lo anterior, se me ocurre que el
destino posterior de las mercancías incautadas, podría ir en beneficio de
programas de reeducación y apoyos alternativos hacia esas personas,
generalmente inmigrantes, que ejercen la venta ambulante ilegal, puesto
que son el primer canal de distribución de productos falsificados y
piratas. El mundo moderno, por escasez de amor, suele excomulgar con
dureza a los marginados, los sentencia a la ligera, como si ellos fuesen
el espíritu del mal, la violencia, el terror, el hedonismo, la pornografía
y las distintas formas de inmoralidad profesada, sin acudir al meollo de
la cuestión, que generalmente está anidado en otros mundos, en los del
poder y el vicio. En vez de tanta siembra de leyes, tendríamos que
proclamar menos poderes y más corazón, el auténtico proceso de curación
para vivir y dejar vivir.
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