8. Los templos cerrados
Nada hay más triste que un templo cerrado, si
tomamos en cuenta que cada una de sus piedras, de las columnas, de los
arcos fundamentales, de cornisas y entablamentos, de bóvedas y torres,
fueron objeto de un concienzudo estudio, de propuestas y contrapropuestas,
de anhelos, sueños y sobre todo, de mucho trabajo e inversión en esfuerzos
y dinero. Da tristeza que todo eso se resuma en el fracaso de tener al
edificio cerrado.
Un templo cerrado es una oportunidad
menos de que algún necesitado espiritual encuentre el consuelo anhelado,
como una llave de agua de la que no sale nunca líquido alguno; como un
aparato electrónico que carece de corriente.
Cuando uno pasea por las ruinas de
grandes templos de la antigüedad, como la pirámide del Sol en Teotihuacan,
no puede soslayarse el pensamiento sobre ésa, la que mueve montañas y si
no, las construye, porque solamente una fuerza interior de sólidas bases
espirituales fue capaz de impulsar a esos miles y miles de hombres que
sudaron y dejaron la vida a través de tres o cuatro centurias, todo para
que su dios estuviera por encima de los demás y de todo. Es increíble que
quienes iniciaron esos trabajos, sabían que nunca miraban la empresa
concluida, ni siquiera sus nietos serían testigos de su funcionamiento, y
sin embargo no pusieron reparos en dar lo mejor de ello, para honra de sus
divinidades.
Hoy, esos edificios admiran al mundo,
pero son sólo ruinas, nada queda de aquellas ceremonias espectaculares, de
los cantos, rezos y sacrificios. Eso mismo pasa en las ciudades
arqueológicas de Grecia, uno pasa por el afamando "Oráculo de Delfos", y
mira solamente los arranques de las columnas donde estaba el sitio en que
la Sibila Délfica se sentaba para aspirar las emanaciones azufrosas de la
grieta sagrada y profetizar las gigantescas figuras del faraón y de los
dioses en los templos de Abú Cimbel, son testimonios de una grandeza
desaparecida. Lo mismo diríamos de las enigmáticas columnas de piedra en
Stone Henge, apenas si podríamos imaginarlas con los sacerdotes mirando la
salida y puesta solar para hacer sus invocaciones y ritos. Todo ello es
ahora recuerdo y testimonio de aquellos tiempos, de gente que estuvo y
dejó huella de su presencia.
Se trata de templos abiertos a los
turistas, pero cerrados al culto, esto porque quizá sus seguidores o
impulsores desaparecieron con ellos o transformaron su ideología a la
modernidad de cada época. Siempre da un poco de tristeza irrumpir en áreas
que otrora estuvieron restringidas por su santidad y que ahora son
holladas por todo tipo de pies, la mayoría sin conectar ni remotamente la
finalidad para la que fueron hechas.
Esos monumentos que testimonian los
avances de la humanidad, con todo y su ruinoso estado, se abren para que
cualquiera que tenga ganas los visite y si quiere, escuche las
explicaciones que los conocedores suelen dar. Al menos siguen teniendo una
función aunque sea ajena a la original. Pero un templo actual cerrado es
la cosa más inútil e injusta que uno pueda encontrar. Ciertamente la
impiedad y la rabiosa y furibunda actitud de los irracionales, lograron
que en el pasado se destruyeran templos, simplemente porque eran
testimonios de ideas que no eran las de los poderosos efímeros de cada
época, sino que cayeron en la intolerancia y perseguían de los creyentes,
empezando por cerrar los templos, como en los países tras la "cortina de
hierro", ver la espléndida catedral de San Cristóbal de la Habana, siempre
cerrada, como si tanta belleza y simbolismo, tanta fe y fortaleza no
valieran la pena.
En nuestra patria tenemos innumerables
ejemplos. Cuántos edificios majestuosos fueron demolidos por razones
absurdas, recordemos en la ciudad de México, los conventos de Santa
Isabel, Capuchinas, San Andrés, Santa Clara, San Francisco, por sólo citar
unos cuantos. En Puebla la demolición estúpida del claustro y capillas,
así como el edificio del convento de Santo Domingo, para dizque abrir una
calle que nunca se abrió y sí para llenar los bolsillos de facciosos
aventureros de aquellos tiempos. La picota, implacable que mandada por un
loco destruyó la mayor parte del convento de la Merced; el famoso arco de
San Antonio demolido para permitir el tránsito de una calle que después de
eso sigue sin que nadie pase por ella.
Grandes pérdidas sufridas por el
patrimonio monumental de la Puebla de los Ángeles, que a pesar de esa
incuria, y mala voluntad, todavía tiene una cantidad de bienes culturales
que le han dado el título de "Patrimonio Cultural de la Humanidad". Entre
todos ellos están en primer lugar los templos, claro, esos templos que se
edificaron por la benevolencia de ricos mercaderes, de prósperos
hacendados, de generosos mecenas y sobre todo, con limosnas como la de la
viuda del evangelio, que han hecho un efecto hormiga, pequeña pero
constantes.
Junto a los aportes pecuniarios están los
esfuerzos y gestiones de frailes, monjas, clérigos, obispos, rectores,
ante autoridades, reyes, virreyes, intendentes, alcaldes, regidores,
mayordomos, fiscales y muchos más. Cada uno de los setenta edificios
religiosos virreinales de Puebla puede presumir de trabajo y dedicación.
Ese patrimonio es católico, somos herederos directos de los constructores,
mecenas y aportadores monetarios, luego de todos los demás. Cada una de
las iglesias tiene su encanto, con todo y el saqueo inmoderado y vil,
conservan algún detalle de valor, un testimonio de fe. Son ante todo,
recintos que se edificaron para albergar a los fieles y permitirles un
acercamiento más apropiado con la divinidad, no se construyeron sus
gruesos muros, sus retablos, pinturas, esculturas, bóvedas, vitrales y
ambientes, para estar cerrados, como clausurados y ya no por los jacobinos
o intolerantes, sino por la pereza y desestimación de sus encargados.
Qué tristeza que de esos setenta templos
coloniales, muchos no se abran casi nunca, alegando que no hay capellán, o
que ese señor atiende dos o más capillas. Que el padrecito llega
apresurado a decir sus misas de encargo, a la hora que le da la gana o que
puede, para el caso es lo mismo, y luego a cerrarlas. Recuerdo un letrero
luminoso que los frailes encargados colocaron sobre el santuario de Chalma:
"Venid a mi todos los que están cansados, que Yo os aliviaré". En mis
adentros pensé que faltaba completarla: pero venid antes de las cinco de
la tarde, porque tengo que cerrar. Podría enlistar los templos que la
mayoría de los poblanos no conocen porque están cerrados o porque se los
han agenciado particulares con mil pretextos, dizque para ejercicios, o
para culto colegial que no se da nunca, o para auditorios que se caen de
abandonados, o porque se dice misa solamente el día de la fiesta, o porque
el padrecito no está o por lo que se les ocurra. Inclusive uno de estos
templos pequeños, de barrio, siempre cerrado, tiene garabateadas en la
puerta, con pintura de aceite, las siguientes palabras: "se alquila para
bautizos bodas o quince años", esto desde hace años y el responsable, que
no sé si tenga, no ha caído en la cuenta.
Pienso en la devoción, alegría y
entusiasmo de los hombres y mujeres que promovieron la construcción, que
anduvieron convenciendo a los ricos para que cooperaran, a los pobres para
que ayudaran y que se constituyeron como símbolos de una fe impetuosa que
logró concluirlos. Ahora parecería que esa fe desapareció.
Si tuviéramos que ser medidos en nuestra
devoción por estos detalles ¿qué calificación obtendríamos? Sí, ya sé que
la fe se tiene dentro de cada uno y que los espacios sagrados son sólo el
escenario, claro que sí, también es cierto que “la mies es mucha y los
operarios pocos” pero los católicos son los más abundantes y no se
necesita ser operario para cuidar un templo, evitando que dé la apariencia
de ser sede de una religión en decadencia, preámbulo de las pirámides, los
oráculos y las ruinas ¿O no?
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