2. Aborto y tolerancia
P. Fernando Pascual
La tolerancia no puede tolerar aquellas formas de
intolerancia que implican violencia o daños morales a otras personas. El
aborto es un comportamiento gravemente intolerante: no podemos tolerarlo.
La tolerancia es una actitud mental y
cívica por la que se soporta o permite un comportamiento o un modo de
pensar que es distinto del nuestro. En este sentido, todos tenemos algo de
tolerantes. Si me molesta el humo de quien fuma a mi lado, lo “toleraré”,
aunque también puedo alejarme de él con un poco de educación.. Cuando me
siento a comer con un amigo que mastica con la boca abierta, también tengo
que ejercer la virtud de la tolerancia, y con un motivo mayor: es mi
amigo.
Ser intolerante, en cambio, es vivir en
una actitud de oposición más o menos radical respecto de aquellos que no
piensan como nosotros, o que tienen comportamientos más o menos molestos o
desagradables (siempre, claro está, dentro de unos límites). Tal actitud
puede llevar a la calumnia o a la agresión física. A veces ha llevado al
asesinato, a la eliminación del otro.
Un problema ya clásico es que la
tolerancia no puede tolerar la intolerancia. O, mejor, no puede tolerar
aquellas formas de intolerancia que implican violencia o daños morales a
otras personas. Si la tolerancia dejase viva a la intolerancia, pronto el
intolerante se haría fuerte, e impondría, como en tantos momentos de la
historia, sus ideas por medio de la “ley de la fuerza”, por medio de una
violencia insaciable.
En el tema del aborto, ¿cómo hay que
aplicar la tolerancia? Los que defienden el aborto acusan a quienes van
contra el aborto de ser intolerantes. Dicen que los “defensores de la
vida” quieren imponer sus opiniones religiosas o quieren prohibir todo
debate sobre el aborto, y, por lo tanto, son intolerantes.
Si estamos atentos, la oposición al
aborto no coincide necesariamente con una idea religiosa, sino que es una
idea civil (tan civil como que quienes defienden el aborto han nacido
porque se les dejó nacer, aunque sus padres fuesen ateos). También el
cristianismo declara que el robo es pecado, pero el estado no impone la
moral cristiana al prohibir los robos: simplemente defiende un derecho
natural de sus ciudadanos.
Igualmente, prohibir un debate sobre el
aborto es tan natural como prohibir a un grupo racista el tener una
discusión pública organizada para pedir el exterminio de los judíos. La
tolerancia, no hay que olvidarlo, no puede tolerar la intolerancia...
Conviene tener muy claro este principio:
el que defiende el aborto admite un comportamiento que destruye la vida de
seres humanos que no han nacido, y que puede dañar enormemente la
psicología de la madre que aborta. Por lo mismo, el aborto es un
comportamiento gravemente intolerante: no podemos tolerarlo. O, mejor, si
queremos ser verdaderamente tolerantes, defensores de los derechos de
todos, no podemos no oponernos al aborto: todo ciudadano tiene derecho a
la vida. Aunque ese derecho muchas veces sólo empieza a ser efectivo
después del nacimiento, también es verdad que para nacer hay que estar
antes unos meses en el seno de la madre (al menos mientras no se invente
el embarazo “artificial”...).
En los debates sobre el aborto se razona
muchas veces con más pasión que sentido común. Es necesario aclarar las
cosas, y reconocer que un ser humano inicia en el momento de la
concepción. Negarlo sería “inventarnos” (ya se ha hecho) la existencia de
un ser “prehumano” que vivió una serie de días, semanas o meses (según la
conveniencia de la legislación abortista) en el seno de una mujer, y que
un día, ¡gran milagro!, se convirtió en un niño de la especie “homo
sapiens sapiens”.
Otros empiezan a inventar cifras sobre el
aborto para presionar sobre su legalización. El modo de razonar es
sumamente extraño. Imaginémoslo aplicado al tema de la delincuencia. “Si
los robos al año son tantos millares, entonces podríamos legalizarlo para
evitar que se cometa en formas dañinas e incontroladas...” No, razonar así
es algo absurdo. “Pero es que muchos de esos robos son violentos, y
legalizándolos se evitarían heridas e incluso muertes por culpa de los
robos”. Aunque se legalizase el robo (lo cual es absurdo), siempre
seguiría habiendo robos clandestinos. Lo mismo ha pasado en países que han
legalizado el aborto: no han eliminado nunca esos abortos a escondidas que
son tan peligrosos para las mujeres (y para sus hijos).
Hay que defender a la tolerancia de los
que hacen un mal uso de ella. Hay virtudes que, abandonadas en manos de
los enemigos del hombre, son muy peligrosas. No hay peor cosa que un
criminal “científico” (y la emergencia del terrorismo biológico nos lo
está recordando cada día). No hay peor intolerante que aquel que acusa de
intolerantes a quienes defienden, de verdad, la vida de todo hombre antes
que nacer. Lo peor de todo es que así se puede confundir lo que es la
tolerancia con su sucedáneo puesto al servicio del crimen organizado (como
el que se practica, hablemos claro, en las clínicas abortistas).
Una sociedad que ponga en discusión el
derecho a la vida de sus ciudadanos, o la igualdad de derechos de los que
tienen distinto sexo, raza o religión, pone en discusión los principios
fundamentales que permiten nuestra convivencia. Pone en peligro su misma
existencia como sociedad. Los derechos fundamentales no pueden ser objeto
de discusión. Nos toca a todos defender tales derechos y promover una
sociedad más humana, capaz de amparar la vida de todos, también de los no
nacidos y de aquellas madres que se encuentren en dificultad.
|