3. Muerto el perro, ¿se acabó la rabia?
P. Fernando Pascual
Se está difundiendo entre algunos médicos una
mentalidad selectiva en cuanto al aborto: “Una vida que no alcanza un
nivel de ‘normalidad’ establecido por quién sabe qué grupo de poderosos,
no vale la pena ser vivida”. La mentalidad verdaderamente humana defiende
que toda vida humana, por ser vida humana, vale la pena ser vivida.
Hay tres tipos de técnicas médicas
fundamentales para las enfermedades contagiosas: la curación de los
enfermos, el aislamiento de los mismos para evitar que se extienda el
contagio, la vacunación (u otros métodos preventivos) de las personas que
se encuentran en peligro de contraer la epidemia. Quizá alguno podría
añadir un cuarto método, pero creo que no corresponde a la medicina, sino
a algunas técnicas que no merecen calificación alguna: eliminar a los
enfermos. El viejo lema: “muerto el perro, se acabó la rabia”, puede valer
para animales, pero no para los seres humanos.
Sin embargo, se está difundiendo entre
algunos médicos una mentalidad selectiva en cuanto al aborto. La lógica es
la siguiente: cada año nace un 2% de niños con enfermedades hereditarias o
cromosómicas (niños con el síndrome de Down, con talasemia, anencefálicos,
etc.). ¿Cómo es posible “prevenir” tales nacimientos? La medicina
auténtica diría lo siguiente: buscando aquellas terapias que sirvan para
paliar, en la medida de lo posible, los sufrimientos o problemas que
acompañan a cada uno de estos embriones y niños; y, en cuanto el
desarrollo de la genética lo permita, buscando los caminos de curación que
puedan irse aplicando en cada caso. La “anti-medicina” del “perro muerto,
adiós a la rabia”, propondrá simplemente el aborto: tales embriones no
serán un problema simplemente porque los habremos eliminado en el seno de
sus madres...
Fue famoso el caso de un médico italiano
que, en 1976, cometió 33 abortos “eugenésicos”: creía que estaba
eliminando a niños deformes a causa de una intoxicación química, y resultó
que los 33 eran perfectamente sanos... Aquel médico se lamentaba porque
había realizado “abortos inútiles”. Pero aquí nace la pregunta: ¿habrían
sido útiles si los 33, o la mitad, o la cuarta parte de ese grupo de
víctimas, hubiese tenido deformidades?
Entramos así en el fondo de la cuestión.
Cuando nace un niño en el planeta, nos encontramos ante un misterio: ¿será
un nuevo Francisco de Asís, será un Adolf Hitler, será un Einstein, será
un Stalin, será una Madre Teresa de Calcuta, será un futbolista o vivirá
siempre en una silla de ruedas? No lo sabemos, pero lo único claro es
esto: que este nuevo cigoto, que este embrión, que este feto, que este
niño recién nacido (con los defectos mayores o menores que pueda tener) es
siempre un hombre, es un miembro de nuestra especie, es uno “de los
nuestros”. Y esto vale para todos los casos, hasta los más dramáticos: el
niño que nace con un corazón agigantado, con dos piernas atrofiadas, con
los ojos sin córnea, con el síndrome de Down. Todos ellos son hombres. No
podemos considerarlos de “segunda clase” porque no podrán hacer todo lo
que otros hacen. Además, resulta muy difícil establecer el criterio de la
“normalidad” para determinar si una persona “vale la pena” o debe ser
eliminada cuanto antes. Muchos hemos podido conocer a personas
perfectamente sanas que, después de un accidente de tráfico o de una
operación delicada, han quedado en una condición física más grave aún que
la de muchos niños que nacen con discapacidades sin que eso les impida
vivir de un modo más suelto y más espontáneo que el de quienes antes eran
superactivos y ahora viven atados a un pulmón artificial o a una silla de
ruedas.
Alguno dirá que también existe la
eutanasia, que se puede ofrecer la opción por la “dulce muerte” a quien ha
perdido la salud que antes tenía. Esta afirmación muestra cómo la
mentalidad que defiende el aborto está muy unida a la mentalidad que
defiende la eutanasia, y que gira siempre bajo el mismo gozne: una vida
que no alcanza un nivel de “normalidad” establecido por quién sabe qué
grupo de poderosos, no vale la pena ser vivida.
La mentalidad verdaderamente humana,
humanística, esa que se ha desarrollado, con muchos esfuerzos a lo largo
de los siglos, defiende que toda vida humana, por ser vida humana, vale la
pena ser vivida. Será una vida difícil, será una vida cuesta arriba, será
una vida sin medios económicos, o sin integridad física, o sin cariño...
¡Pero es vida!
Gracias a Dios, millones de enfermos,
miles de discapacitados, encuentran todos los días, a su alrededor, una
red, una marea de amor que los sostiene y los mantiene en la existencia.
Nunca se les pasará por la cabeza el pedir la eutanasia, el suicidarse (a
no ser que otros factores de tipo psicológico lleven alguna vez a que se
les pase por la cabeza esa idea, que los que están a su alrededor podrán
hacer desaparecer con facilidad si saben amar...). También los niños que
van a nacer con deformaciones o enfermedades cromosómicas esperan ser
acogidos de este modo.
Quizá haya padres o madres que no puedan,
que no se sientan capaces de amar. El amor es algo libre, y nadie puede
obligar a otra persona a realizar un acto de amor. Tales padres pueden
escuchar, entonces, aquellas palabras que repetía con insistencia una
mujer pequeña, nervuda, pero con un corazón grande como la tierra: “Por
favor, no maten al niño; nosotros nos ocuparemos de él”. La madre Teresa
de Calcuta ya no vive entre nosotros para repetirnos esa frase, pero
siguen existiendo muchos hombres y mujeres que apuestan por la vida, que
aman la vida, que agradecen la vida como ella. Quizá algún día sentiremos,
y es una experiencia inolvidable, el saludo cariñoso de un niño Down, o la
sonrisa de una anciana que agoniza en un hospital y sorbe, por medio de un
algodón, un poco de agua que le ofrece una enfermera que quema su juventud
y su belleza en ese servicio sencillo y grandioso. Son las imágenes del
“Evangelio de la vida”, y hoy hay que gritarlo, hay que defenderlo, hay
que hacerlo realidad. Por el bien de los débiles, y por nuestro propio
bien. No hay ser humano más fuerte que el que ama sin esperar recompensa.
También en el mundo de la globalización y de las prisas.
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