5. Anónimos acólitos
Mikel Agirregabiria Agirre
El anonimato nos convierte a todos en afónicos,
atónitos y agónicos seres que sólo recuperamos la humanidad con nuestro
nombre propio.
El anonimato es una prueba determinante
que mide el carácter verdadero de las personas. Cuando nos sentimos seres
sin rostro ni nombre, resulta más fácil comportarnos como nunca lo
haríamos entre nuestros conocidos. Ocultos al volante de un coche podemos
actuar como salvajes o podemos contestar intempestivamente tras un
teléfono cuando recibimos una llamada equivocada. La grandeza de un
corazón se aprecia realmente cuando siempre, aún desde el completo
anonimato, se actúa educada y generosamente.
A casi todos nosotros, el sentirnos
reconocidos y perfectamente identificables, nos aporta altas dosis de
juicio y responsabilidad. No se trata únicamente de poder rehuir la culpa
o el castigo, sino que el mantenimiento de nuestro buen nombre personal y
familiar nos impone unos patrones de conducta irreprochablemente éticos e
intachablemente ejemplares.
Los uniformes, por el contrario, pueden
coadyuvar a sepultar o diluir la individualidad y la consiguiente
responsabilidad personal. Una guerrera, una placa o una bata, si no se
acompañan de una identificación fácilmente recordable pueden ser el
preludio de un trato impersonal, ejercido desde la supuesta superioridad
de quien autoritariamente no se identifica ante aquel a quien debe servir.
Las instituciones y los poderes públicos
harían bien en identificar nominalmente a todas las autoridades y agentes
que tratan con la ciudadanía, desde los funcionarios civiles hasta los
policías, desde cada educador hasta cada sanitario, desde cada barrendero
hasta cada concejal. Las empresas igualmente se asegurarían una mejor
relación con los clientes y proveedores, si cada empleado portase una
identificación, desde los camareros hasta los jefes de ventas.
Toda la convivencia experimentaría una
profunda mejoría si llevásemos prendida a nuestra chaqueta una etiqueta
con nuestro nombre y apellido. Incluso los hábitos de conducción
mejorarían sustancialmente si los conductores llevasen su nombre impreso
en las matrículas de los vehículos. Llevar el apellido expuesto a la vista
de los demás contribuye a un reconocimiento más directo y eficaz de
nuestras acciones, promoviendo las actuaciones sensatas, voluntariosas y
amables de esas buenas personas que somos cuando actuamos a cara
descubierta y en nombre propio.
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