4. Política de iconoclastas
J. Antonio Doménech Corral
No entiendo que se pretenda echar por tierra
doctrina y principios morales cristianos cuando no son fallidos, sino
arraigados de siglos en la mayoría de la sociedad española hasta llegar a
conformar nuestra respetada y admirada identidad.
Sabemos que los iconoclastas fueron un
tipo de bárbaros fundamentalistas que en tiempos del imperio bizantino se
dedicaron a arrancar las estatuas de sus pedestales para destruir la
memoria de los personajes que representaban. Pero también las imágenes de
los templos cristianos; siendo entonces su conducta causa de fulminante
condena como herejía en el concilio II de Nicea (787), acabando ganándoles
la batalla el Papado tras más de un siglo de enfrentamientos (726-843).
Sin embargo, no de manera definitiva; ya que lograron reavivarla los
reformistas luteranos casi un milenio después, cuando la emprendieron
contra las figuras de la Virgen y de los santos reduciéndolas a cenizas.
Y con posterioridad y a ramalazos los
hemos visto surgir en la historia. En Francia, con las estatuas de
Napoleón. En la extinta URSS, con las de sus dioses Lenin y Stalin.
Recientemente los iraquíes con Sadam, según vimos en directo por TV.
Aunque la verdadera razón que ha movido a derribar estatuas a estos
modernos iconoclastas no ha sido ya la de acabar con el recuerdo de las
personas, sino la de renegar de sus filosofías políticas, proyectos y
ambiciones que tan desastrosos resultados acarrearon a sus países.
Pues aunque resulte duro aceptarlo, no
parece sino que tal modelo iconoclasta, que solo busca aniquilar ideales
fallidos, es el que está llevando a la práctica en España nuestro plural
gobierno. Y no lo entiendo. No entiendo que se pretenda echar por tierra
doctrina y principios morales cristianos cuando no son fallidos, sino
arraigados de siglos en la mayoría de la sociedad española hasta llegar a
conformar nuestra respetada y admirada identidad. Principios, además, cuna
de la democracia, “nacida precisamente en el seno de los países de cultura
cristiana”, como bien ha apuntado el arzobispo de Pamplona, Fernando
Sebastián.
Ni entiendo que para conseguirlo se
falseen datos oficiales con ánimo de confundir, como los del sondeo del
CIS de septiembre realizado en plena efervescencia Estado-Iglesia, donde a
la pregunta formulada “qué Institución le merece más confianza” y su
resultado de 10´5% a favor de la Iglesia, por delante del 7’5% del
Gobierno, cierta prensa nacional partidista se atreva a resaltar que “el
61’5% de los españoles dice tener ninguna o poca confianza con la
Iglesia”, silenciando que les merece más que el propio Gobierno. Tampoco
que, en titulares y con interpretaciones políticas interesadas, se
tergiversen declaraciones de obispos para encender en su contra la
indignación de la gente. Sirven de muestra las referentes al obispo de
Alcalá de Henares, Jesús Catalá, de que “califica la homosexualidad de
anormalidad psicológica”; al obispo de Segorbe-Castellón, Juan Antonio
Reig, “el obispo de Castellón organiza una movilización general contra la
política educativa del Gobierno”; o al de Ávila, Jesús García, “un obispo
compara las reformas socialistas con un golpe de estado”. Y menos puedo
entender la burla y escarnio de la Iglesia en películas y representaciones
teatrales que se ha puesto de moda.
Y no lo entiendo, a no ser que se haya
apostado por la consigna del todo vale con tal de conseguir ver al fin
cumplido, con este clamoroso cambio de principios, aquel viejo propósito
socialista hace 22 años voceado en la famosa frase de todos sabemos quién:
“Vamos a poner a España que no la va a conocer ni la madre que la parió”.
Estamos en camino de ello.
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