5. Los cuatro protocolos
Mikel Agirregabiria Agirre
Un sabio adagio popular dice: "En ciertas
circunstancias, es mejor hacerse el muerto". Pero sin exagerar.
Se afirma frecuentemente que todo animal,
frente a situaciones de peligro tiene solamente dos opciones, luchar o
huir, olvidando una tercera respuesta posible: Hacerse el muerto. Muchas
especies como los insectos y algunos vertebrados como los sapos, zorros y
zarigüeyas, cuando se sienten amenazadas por un peligro grave y no tienen
ninguna posibilidad de solución activa, sea ésta la fuga o el
enfrentamiento, encuentran que la única reacción posible es hacerse el
muerto, lo que permite ser ignorado por el atacante y sobrevivir.
Las respuestas fisiológicas que
desencadenamos instintivamente los seres humanos son las mismas que
desataban nuestros primitivos antepasados. Pero, a lo largo de la historia
de la humanidad, se ha desarrollado un cuarto protocolo: Dialogar y
negociar para pactar un acuerdo que evite la victoria de uno sobre otro,
lo que sólo aseguraría demorar futuras peleas de revancha del perdedor.
La cuádrupla opción humana huida- lucha-
hacerse el muerto- diálogo debería ser analizada en toda ocasión.
Seguramente la acción más habitual y acertada sea el escape, previendo y
evitando situaciones conflictivas. También es frecuente, aunque no siempre
consciente, la reacción de inmovilidad y mimetismo con el entorno para
tratar de pasar inadvertidos. Esta estrategia, que ejemplifican a la
perfección las ratas almizcleras marsupiales, la adoptamos muchos que
preferimos un perfil público bajo para ser actores secundarios en
historias anónimas. "Hacerse el muerto" es una vieja treta vital muy
practicada en situaciones desesperadas por las zarigüeyas y que los
homínidos aprendimos quizá flotando “a lo muerto” en el agua o en las
cruentas batallas aparentando ser ya cadáveres.
La táctica defensiva de “hacerse el
muerto” no debe ser exagerada hasta el punto de hurtase el gozo de vivir,
sólo para no afrontar el dolor de una existencia real plagada de dichas
que se alternan con desventuras. Sin abusar demasiado de “hacernos el
vivo” y de “cargar con el muerto” a otros, huyamos de la actitud de
mantenernos “más muertos que vivos”, aunque estemos "muertos de frío,
hambre y de sed” y no tengamos siquiera “dónde caernos muertos”.
Recordemos que siempre podemos perseverar
y dialogar, si mantenemos un animoso optimismo. No existirán “horas
muertas”, si dejamos “el punto muerto” y engranamos las velocidades de una
vitalidad decidida compartiendo nuestras tristezas y alegrías. Así pronto
experimentaremos ocasiones risueñas e incluso algunas de estar “muertos de
risa”.
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