5. Mesa familiar
Mikel Agirregabiria Agirre
Homenaje a un elemento mágico que, a pesar de su
sencillez, puede transformar el mundo reuniendo a las familias.
¿Qué hace falta para crear y mantener una
familia? Mucho amor y pocas cosas. Basta cruzar los proyectos de futuro de
una pareja y mantener la voluntad común de vivir juntos, criando y
educando a los hijos en un hogar manteniendo una feliz unidad familiar.
Vivimos épocas materialistas en los que
nos imponemos demasiadas condiciones previas antes de casarnos o tener
familia. Parece que son obligatorios buenos sueldos estables, grandes
casas totalmente equipadas y vehículos lujosos antes de que llegue el
momento de ser padres. Incluso con todo ello, algunos siguen creyendo que
lo principal es dedicar todo su tiempo a ganar mucho dinero para que no
falte capricho alguno a los hijos, suponiendo que con ello se les
garantiza una vida dichosa desde su nacimiento y que se les prepara para
el futuro.
Sinceramente muchos creemos que una casa
bien equipada sólo necesita para convertirse en un verdadero hogar mucho
cariño y un mobiliario básico. Quizá el mueble esencial sea la mesa donde
la familia se junta, come y dialoga, especialmente mientras los
descendientes crecen. Para construir una invulnerable familia basta una
mesa que, aunque no sea de roble, agrupe diariamente a toda la familia
para alimentarse con comida material y espiritual.
Alrededor de la mesa familiar se produce
la transmisión de valores entre padres e hijos. Allí se celebran fiestas,
se dialoga, se argumenta, se aprende, se reprende y se disfruta del tesoro
del apoyo familiar en miles de desayunos, comidas, meriendas y cenas.
Todos reunidos, escuchando y hablando por turnos de lo ocurrido en cada
jornada, los niños se preparan con historias, ideas y valores compartidos
antes de adentrarse en los diversos escenarios del mundo exterior.
Todos deben contar sus experiencias y
comunicar sus alegrías y sus problemas. En la mesa y en la sobremesa se
buscan y se encuentran las ayudas para sobrellevar las cargas de los
demás, porque todos podemos colaborar aunque sólo sea acompañando, y
porque todos necesitamos hablar y que nos escuchen. Nada es más educador y
fecundo para una familia que alcanzar un ambiente de confianza mutua,
congregándose a menudo en la mesa y conversando en broma y en serio de
todo lo que preocupa a cada miembro de la casa.
A medida que los niños crecen la mesa se
encoge y la familia se apiña. Luego llega el tiempo en que por razones de
estudio o de trabajo el quórum no se alcanza, porque los hijos van
emancipándose o ya faltan los abuelos. La mesa, rectangular o redonda,
sólo concentra a toda la prole y a sus parejas en ocasiones contadas. Pero
allí queda, rodeando la vieja mesa un halo del lazo familiar, porque en su
centro hemos depositado nuestras vidas abrazadas en común y también
nuestros sueños personales y familiares, unos cumplidos y otros sólo en
promesa… de mesa.
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