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7. Organizados para cambiar las estructuras de pecado

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Colaboración de los sacerdotes de la Zona Norte de la Arquidiócesis de Puebla.
El Reino de Dios es un reino eterno y universal. Reino de la verdad y de la vida, reino de la santidad y de la gracia, de la justicia, del amor y de la paz.

Si la consecución del Reino de Dios es nuestra opción fundamental, si hacer que la vida de Dios sea una realidad en el "aquí y ahora" de la Sierra Norte de Puebla, entonces debemos transformar la realidad de tal manera que las estructuras que matan la vida del pueblo sean iluminadas por la fuerza del mensaje salvífico de Jesucristo, para que convertidas puedan coadyuvar el Plan de Dios.

Ejemplos claros de estructuras de pecado son los sistemas totalitarios, ya sea el consumismo, el capitalismo y las dictaduras tanto militares como de partido, con las consecuencias que de ellas resultan: injusticia, explotación, abuso de poder, tortura, represión y terrorismo.

La relación histórica de este servicio evangelizador resultará siempre ardua y dramática, porque el pecado, fuerza del maligno, obstaculizará siempre el crecimiento del amor y la comunión. En este sentido, la situación de miseria, marginación, injusticia y corrupción, que hiere a nuestra Madre Tierra produce la muerte de los más desamparados e insignificantes de los pueblos, exige del Pueblo de Dios y de cada cristiano en particular un auténtico heroísmo en su compromiso evangelizador, a fin de poder superar semejantes obstáculos.

Constatamos que el ser humano está dividido dentro de sí mismo, por eso toda la vida humana, individual o colectiva, se nos presenta como una lucha constante entre el bien y el mal, entre las tinieblas y la luz. Más aún, la humanidad se encuentra incapacitada para resistir por sí misma los ataques del mal, sintiéndose atada por sus cadenas. Pero Dios vino en persona para liberar a todo ser humano y fortalecerlo, renovándolo interiormente y arrojando fuera al príncipe de este mundo (1), quien tenía a la humanidad en la esclavitud del pecado.

El pecado ciertamente empequeñece al ser humano, alejándole de la consecución de su propia plenitud (2). Para superar el mal y el pecado, Jesucristo nos trazó un original y único camino: con la fuerza de su cruz y del Espíritu: vencer el mal con el bien y el odio con el amor (3) mientras, esperamos según la promesa de Dios, Cielos Nuevos y Tierra Nueva, en donde habite la justicia (4).

CONSTRUIR EL REINO DE DIOS

El Reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un programa sujeto a libre elaboración, sino, es ante todo, una persona que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazareth, el Cristo, imagen del Dios invisible. Si se separa el Reino de Dios revelado por Él y se termina por distorsionar el significado del Reino, se corre el riesgo de transformarlo en un objeto puramente humano e ideológico (5).

El Reino de Dios no puede identificarse con ningún reino político, en el sentido de la teología imperial de Eusebio de Cesárea, ni con ninguna teoría sociopolítica como lo han pretendido algunas teologías.

Al utilizar el concepto de Reino de Dios hemos de ser fieles al contenido que Jesús les daba. Dios es en sí mismo Rey de todas las cosas desde la eternidad; su Reino, en lenguaje bíblico, es el Plan Salvífico que se hace presente en la encarnación del "Logos" y culmina en su Parusía, donde vendrá con gloria para resucitar, de manera gloriosa también, a los suyos (6).

Se trata de un Reino de Dios al servicio de la humanidad toda y para su salvación integral. El Reino de Dios es un Reino eterno y universal. Reino de la verdad y de la vida, Reino de la santidad y de la gracia, Reino de la justicia, del amor y de la paz (7).

Por eso, la Iglesia enriquecida con los dones de su fundador y observando fielmente sus preceptos de caridad, humildad y abnegación, recibe la misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios, de instaurarlo en todos los pueblos y, de hecho, constituye en la tierra el germen y el principio de ese Reino. Y mientras ella paulatinamente va creciendo, anhela, simultáneamente, el Reino consumando y con todas sus fuerzas espera y ansía unirse con su Rey en la Gloria (8).

NOTAS

1 Jn. 12, 31.

2 Documento Puebla, 281: Gaudium et Spes, 13.

3 Cf. 1 Pe. 3, 8 y17; Mt. 5, 38

4 2 Pe. 3, 13.

5 Redemptoris Missio, 18.

6 T. Cor. 15, 20 ss.

7 Prefacio de la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo.

8 Lumen Gentium, 5.

 
 

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