1. Juan Pablo II nos
bendice desde la casa del Padre
Radio Vaticano
La misa exequial de Juan Pablo II
Viernes, 8 abr (RV).- Con la certeza de que nuestro
amado Juan Pablo II nos bendice desde la casa del Padre, e invocando su
bendición, el cardenal Ratzinger ha sellado la homilía de la Misa Exequial
por el Pontífice, cuya alma ha encomendado a la Madre de Dios: “Podemos
estar seguros de que ahora nuestro amado Papa está asomado a la ventana de
la casa del Padre, nos ve y nos bendice. ¡Sí, bendícenos Santo Padre!
Encomendamos tu alma querida a la Madre de Dios y Madre tuya, que te guió
cada día y te guiará ahora a la gloria eterna de su Hijo, Jesucristo
nuestro Señor. Amén”
La solemnidad, la sobriedad y la sencillez se enlazaban
intensamente en esta celebración con la que la Iglesia ha elevado al Señor
de la vida y de la muerte su oración de profundo agradecimiento, por el
bien que Juan Pablo II ha cumplido en favor de la misma Iglesia y de toda
la humanidad. Acompañado con la música del órgano y un largo y vibrante
aplauso, el ataúd de madera de ciprés con los restos mortales del Papa fue
transportado a hombros desde la Basílica de San Pedro a la Plaza.
La procesión partió en medio del toque de las campanas
en señal de duelo, acogidas por un conmocionado silencio de las centenares
de miles de personas presentes. A su llegada al atrio de la plaza, el
ataúd que llevaba grabado el símbolo de Juan Pablo II - la cruz y la M de
María - fue colocado delante del altar, en el suelo. Encima se puso un
Evangelio abierto, cuyas hojas movía el viento. Junto al féretro del Papa
presidía la celebración un gran crucifijo y el cirio pascual. En la puerta
central de la basílica colgaba un gran tapiz con la resurrección de
Cristo.
“¡Sígueme!” Ésta, que es la exhortación del Señor
resucitado a Pedro, - ha explicado el Decano del Colegio Cardenalicio - es
también “la clave para comprender el mensaje que mana de la vida de
nuestro llorado y amado Juan Pablo II, cuyos restos mortales deponemos hoy
en la tierra como semilla de inmortalidad, con el corazón lleno de
tristeza, pero también de gozosa esperanza y de profunda gratitud”.
El cardenal Ratzinger ha sintetizado la vida del Papa,
evocando los años de la juventud de Karol Wojtyla. “¡Sígueme!”En cada
etapa de su vida él fue percibiendo esta llamada. Cuando era estudiante
aficionado a la literatura, al teatro y a la poesía. Cuando trabajaba en
una fábrica química, “rodeado y amenazado por el terror nazi”.
El alma de Juan Pablo II se refleja, en especial, en
tres consignas de Jesús. La primera es cuando el Maestro afirma: “No me
habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he
destinado a que vayáis y deis fruto, y fruto que permanezca” (Jn 15,16).
La segunda, cuando recuerda: “Yo soy el buen pastor que da su vida por las
ovejas” (Jn 10,11). Y la tercera, cuando asegura: “Como el Padre me amó,
yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor” (Jn 15,9).
Así ha sido, Juan Pablo II fue verdaderamente por
doquier, infatigablemente llevando un fruto que permanece. Nos ha
despertado de una fe cansada, del sueño de los discípulos de ayer y de
hoy. Y hoy nos vuelve a decir...”Alzaos y vamos”, como el título de su
penúltimo libro.
Destacando su ordenación sacerdotal – “fue sacerdote
por encima de todo y hasta lo más profundo de su ser”, y recordando la
cotidiana entrega del Papa al servicio de la Iglesia - en particular en
las “difíciles pruebas de los últimos meses” - el cardenal Ratzinger,
cuyas palabras fueron interrumpidas varias veces por los aplausos de los
que participaron en la Liturgia Exequial, hizo hincapié en que “nuestro
amado Papa – lo sabemos todos – nunca quiso salvar su propia vida”:“Quiso
entregarse sin reservas, hasta el último momento, por Cristo y también por
nosotros”.
Meditando sobre la elección del cardenal Wojtyla como
Sucesor de Pedro, en octubre de 1978, el decano del Colegio Cardenalicio
ha reiterado que el amor del Papa a Cristo “ha sido la fuerza dominante”
de nuestro amado Santo Padre: “Gracias a este apego radical a Cristo pudo
llevar un peso, que va más allá de las fuerzas meramente humanas: ser
pastor del rebaño de Cristo y de su Iglesia Universal”.
Dios no hace distinciones entre las personas ni entre
los pueblos, “Él ha enviado su Palabra a los hijos de Israel,
anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo, que es
Señor de todos”, ha recordado también el cardenal Ratzinger evocando el
primer período de Pontificado de Juan Pablo II, cuando siendo aún joven y
lleno de fuerza iba a los confines del mundo... Y cuando, luego,
interpretando el misterio pascual como misterio de la Divina Misericordia
reflexionó sobre el atentado, señalando que “Cristo, sufriendo por todos
nosotros, confirió un sentido nuevo al sufrimiento... el del amor...: “El
Papa ha sufrido y amado en comunión con Cristo y por ello el mensaje de su
sufrimiento y de su silencio ha sido tan elocuente y fecundo”.
Divina Misericordia. Juan Pablo II encontró el reflejo
más puro de esta misericordia en la Madre de Dios. Él que había perdido a
su madre siendo niño, amó con mayor profundidad a la Madre Divina. Hizo
como el discípulo predilecto, la acogió en su ser: “¡Totus tuus. Y de la
Madre aprendió a conformarse en Cristo!”
Tras saludar a la multitud de personas “silenciosas y
orantes”, presentes en la Plaza de San Pedro, en las inmediaciones de
Vaticano y en otros lugares de la capital italiana y sin olvidar a los
purpurados y personalidades de tantos países, entre los que se encontraban
los Reyes de España, el cardenal Ratzinger había dirigido asimismo unas
palabras a los representantes de las Iglesias y Comunidades cristianas,
así como a los de las distintas religiones.
Extendiendo sus saludos al clero procedente de todos
los continentes, en particular a los jóvenes – “que Juan Pablo II amaba
definir futuro y esperanza de la Iglesia” – el Decano de los Cardenales ha
dedicado unas palabras “a cuantos en todo el mundo se han unido por medio
de la radio y de la televisión, a esta coral participación en el solemne
rito de despedida del amado Pontífice”. La transmisión en mundovisión ha
sido seguida también en directo por las televisiones públicas y privadas
de Israel y de la Autoridad Nacional Palestina.
Al finalizar la Liturgia Exequial, el ataúd con los
restos mortales de Juan Pablo II ha sido llevado por los mismos portadores
pontificios que lo habían conducido al comienzo de la celebración,
acompañados por un aplauso interminable y el canto del Magnificat, a la
Basílica de San Pedro. Antes de dejar la Plaza, el féretro del Papa ha
sido levantado y presentado a los numerosísimos peregrinos embargados por
la conmoción.
En concreto, trescientas mil personas, según la
policía, han seguido desde la Plaza de san Pedro y calles aledañas la misa
exequial por Juan Pablo II. Otras 700 mil personas han seguido el funeral
en Roma ante las pantallas gigantes que se han instalado en distintos
puntos de la ciudad. Significativo han sido también los cientos de
banderas polacas que han ondeando en un día nublado y gris en Roma, en el
que el viento ha aliviado a los fieles que desde 24 horas antes han hecho
guardia en la Via de la Conciliazione y alrededores para poder dar el
último adiós al Papa.
Antes de cerrar la caja de ciprés donde descansa Juan
Pablo II, se han introducido las monedas acuñadas durante el Pontificado y
el acta notarial sellada en un tubo de plomo. Este documento contiene la
síntesis del magisterio del Papa en sus 26 años y medio de pontificado y
se lo resumimos a continuación:
El 2 de abril de 2005, a las 9 y 37 de la noche el
amado Pastor de la Iglesia, Juan Pablo II abandonaba este mundo para ir
hacia el Padre. Toda la Iglesia en oración acompañó su tránsito,
especialmente los jóvenes. La memoria del 264 Papa permanece en el corazón
de la Iglesia y de toda la humanidad.
Elegido Papa el 16 de octubre de 1978, Karol Wojtyla
nació el 18 de mayo de 1920. 22 años después sintió la llamada del
sacerdocio y frecuentó los cursos de formación del seminario clandestino
de Cracovia. El 1 de noviembre del 46 fue ordenado sacerdote por el
cardenal Adam Sapieha, después de lo cual fue enviado a Roma donde se
licenció y doctoró en Teología con la tesis sobre San Juan de la Cruz.
Durante el periodo del pontificado de Juan Pablo II,
uno de los más largos de la historia, se sucedieron numerosos cambios
históricos, entre los que figura la caída de algunos regímenes, a lo que
él mismo contribuyó. Con incansable espíritu misionero y con la finalidad
de anunciar el Evangelio realizó más de un centenar de viajes a distintas
naciones. Más que cualquier predecesor suyo se reunió con el Pueblo de
Dios y con los Responsables de las Naciones en las Celebraciones, en las
Audiencias generales y especiales y en las visitas pastorales.
Su amor por los jóvenes hasta el final le llevó a
iniciar las Jornadas Mundiales de la Juventud, en las que convocó a
millones de jóvenes en varias partes del mundo. Promovió también con éxito
el diálogo con los judíos y con los representantes de otras religiones y
en este contexto convocó distintos encuentros de oración por la paz,
especialmente en Asís.
Obra también suya fue la ampliación del Colegio
Cardenalicio, la convocatoria de 15 Asambleas del Sínodo de los Obispos, 7
generales ordinarias y 8 especiales. Erigió numerosas diócesis y
circunscripciones en particular en el este europeo. Reformó los Códigos de
Derecho Canónico Occidental y Oriental, creo nuevas Instituciones y
reorganizó la Curia Romana.
Especial énfasis puso nuestro difunto Pontífice en la
adoración eucarística y en el rezo del santo Rosario. Y con el Año de la
Redención, el Año Mariano y el Año de la Eucaristía, promovió la
renovación espiritual de la Iglesia. Fue notable, de la misma manera, el
extraordinario impulso que dio a las canonizaciones y beatificaciones para
mostrar los innumerables ejemplos de santidad actuales. En este apartado
no podemos olvidar la proclamación de santa Teresita del Niño Jesús como
doctora de la Iglesia.
Entre el magisterio doctrinal de Juan Pablo II podemos
enumerar 14 encíclicas, 15 exhortaciones apostólicas, 11 constituciones
apostólicas y 45 cartas apostólicas. En resumidas cuentas Juan Pablo II
nos deja a todos un testimonio admirable de piedad, de vida santa y de
paternidad universal.
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