6. Que
doblen por él las campanas
Guillermo Juan Morado
¡Que doblen por él las campanas! Las de Avilés y las
de España entera. Su muerte ha sido un sacrificio anunciado, un complot de
los poderosos, el resultado de decretos más perversos que los de Herodes.
Lo habíamos conocido a través de un periódico y lo
habíamos medio adoptado. Pelayito, o Covadonga, no era un número más en la
siniestra cifra de las casi ochenta mil víctimas anuales del aborto. No.
Tenía ya un nombre, era un niño deseado, cuyo nacimiento muchos
esperábamos con una menguante dosis de esperanza.
¡Que doblen por él las campanas! Las de Avilés y las de
España entera. Su muerte ha sido un sacrificio anunciado, un complot de
los poderosos, el resultado de decretos más perversos que los de Herodes.
Cuando se pedía a gritos, y con súplicas, que le
dejasen vivir, se oía con insistencia la voz de la Muerte, que con su
negro coro intervenía en esta tragedia: "No, matadle; solucionad el
problema, ajustaos a la ley; que no viva, que no llene de risas ninguna
cuna y ninguna casa". Quienes hablaban así, quienes entonaban esta oscura
letanía, eran los "expertos" en la falsa ética de la muerte, eran los
juristas de la perversión del derecho, eran los voceros de las clínicas de
exterminio. "¡Que no viva!; ante todo eso, que no viva.
¿Qué nos pasa? ¿Qué clase de sociedad somos? ¿Por qué
se enmudece ante tanto crimen? ¿No bastaría acaso la más mínima duda en
favor de la vida de un niño que está viniendo para que esta vida fuese
preservada y repetada incondicionalmente? Y todo nos lleva a no tener
dudas. Una simple ecografía las despeja todas. Hay un latido que no es el
nuestro, ni el de la madre, ni el del juez, ni el del médico... Hay una
vida, una humana e inocente vida. No verlo así es no querer verlo.
Ojalá, Pelayito o Covadonga, que no te priven post
mortem de tu Misa, de tu funeral de niño no nacido, oficiada con
vestiduras blancas de pureza o con vestidos rojos de martirio. Que recen
por ti y que te recen a ti, que has conocido en la sangre del quirófano el
martirio y el bautismo. ¡Que seas tú el último, que ninguno más tenga por
tumba la cubeta de los desperdicios!.
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