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9. El Código DaVinci (8)

Walter Turnbull

La estrategia de Brown

La tremenda influencia que ha tenido “El Código DaVinci” se debe, entre otras cosas, a tres herramientas de las que Brown hace uso generoso.

La vulgar mentira.- “Miente, que algo queda”, reza la famosa consigna de Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler. Efectivamente, los rumores, las calumnias, las difamaciones, las campañas de desprestigio funcionan basados en ese principio, y funcionan muy bien.

Dan Brown, en su propia página web, dice: "... el secreto que revelo se ha susurrado durante siglos... Mi sincera esperanza es que El Código Da Vinci, además de entretener a la gente, sirva como una puerta abierta para que empiecen sus investigaciones". Secreto... susurrado... puerta... empiecen... investigaciones... Palabras todas ellas que no hablan de un acervo de verdades completo, claro, bien acabado, demostrable, sino de verdades ocultas, verdades a medias, posibilidades, proyectos de verdad, teorías por comprobar, investigaciones pendientes... Brown no se compromete a comprobar sus afirmaciones, él simplemente de limita a generar la duda o la acusación, y aunque la afirmación nunca se compruebe, la mente conserva la imagen deformada de la realidad.

Mensaje subliminal.- La famosa programación subliminal, con todas sus variantes, consiste básicamente en hacer que la gente vea u oiga algo sin darse cuenta de que lo ve o lo oye. A veces el mensaje se disimula y otras veces se distrae al público con otro mensaje más llamativo. Son famosos el caso de cuerpos desnudos escondidos en la figura de un camello, y una película en la que, cada cierto número de cuadros, aparecía un cuadro con un mensaje comercial; el público no notaba la aparición de ese cuadro, pero sí sentía las ganas de comprar lo anunciado. Este sistema no funciona siempre ni funciona al 100%, pero funciona bastante bien la mayoría de las veces. En este caso, Brown nos distrae con una cautivante historia de aventura y romance, mientras va dejando caer sus teorías y sus acusaciones como por accidente, como sin darse cuenta, sin que el lector, absorto en la trama, pueda detenerse a masticar la idea. El resultado es que, como dice el dicho, se la traga entera.

Si todas esas tesis se plantearan en una publicación científica o realmente histórica, el lector estaría atento a verificar la confiabilidad de los datos, y el autor tendría que demostrarla, pero en una novela de ficción todo se deja pasar como si fuera inofensivo.

Apariencia de erudición.- La primera página del libro lleva el título de “Fact”, algo así como “hecho” (aunque dos párrafos más adelante aparece la primera falsedad). En una nota al principio del libro, Dan Brown declara: "todas las descripciones de arte, arquitectura, documentos y rituales secretos en esta novela son fidedignas". El libro se trata de vender como erudición, investigación histórica, documentación, historia del arte y de la religión. Los personajes que enuncian las acusaciones presumen ser autoridades intelectuales: un profesor y un historiador.

Un par de ejemplos:

En una parte del libro, el profesor Langdon habla a sus alumnos: “Está perfectamente documentado que Leonardo era un ferviente devoto de los antiguos cultos a la diosa”. ¿Sabe el lector en qué consiste la perfecta documentación? En la calenturienta interpretación que Brown hace de algunos cuadros de Leonardo: la última cena, las dos versiones en óleo de “la Virgen de las rocas” y la Mona Lisa. Fuera de eso, no existe el más mínimo rastro en los escritos de Leonardo ni en sus biografías de la mentada devoción.

La información que maneja Brown sobre el priorato de Sión, parece estar basada en una historia de ficción publicada en 1982 llamada “El enigma sagrado”, que contiene la historia del priorato, pero, por supuesto, tampoco aporta ninguna prueba. Lo más parecido a una prueba son a unos papeles descubiertos en la Biblioteca nacional de París, supuestamente “autentificados por numerosos especialistas” y que confirmaban la antigüedad y la presencia de grandes genios entre los grandes maestres del priorato. En realidad, estos papeles no sólo no fueron autentificados, sino que ningún historiador serio les ha dado crédito jamás. El autor es un tal Philippe Toscan, que en 1967 fue arrestado por consumo de LSD. En 1989 el entonces gran maestre del priorato reconoció que los papeles eran un fraude y que todas las teorías expuestas en “El enigma sagrado” eran producto de la imaginación.

Es decir, para 1990, trece años antes de la publicación de El Código DaVinci, ya se sabía que todo era falso; sin embargo, Dan Brown sostiene como verdades reveladas todas las teorías que el propio inventor ya había desmentido.

 
 

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