1. "La Candelaria",
un símbolo
J. Antonio Doménech Corral
La fiesta de "la Candelaria", llamada así por esas
candelas que el celebrante bendice y obsequia a los asistentes al rito del
día 2 de febrero, es una fiesta de la luz; elemento que con el fuego ocupa
el centro de la simbología cristiana. Porque esa luz representa al mismo
Cristo.
Lo afirma San Juan, el apóstol predilecto de Jesús, el
único que reclinó sobre él su cabeza y le escuchó confidencias, en el
prólogo de su evangelio: "La Palabra (Cristo) era la luz verdadera que
ilumina a todo hombre que viene a este mundo" (In 1, 9). Y lo confirma el
propio Cristo dando este testimonio sobre sí mismo: "Yo soy la luz del
mundo; el que me siga no andará en tinieblas" (In 8, 12).
Y es que, toda la vida del hombre sobre la tierra se
desenvuelve en términos de dramática confrontación entre la luz y las
tinieblas, la justicia y el engaño. La vida actual del hombre discurre con
una escala de valores tan distorsionada, que no es fácil caminar con paso
seguro por la luz verdadera. Hay situaciones en que uno parece ver en
medio de la densa oscuridad o, por el contrario, se le antoja andar
vacilante y a tientas a plena luz. Se hace por tanto imprescindible una
antorcha luminosa que sea garantía de un alumbramiento fidedigno en el
quehacer de la vida. Y esta antorcha es a lo que ha sido llamada a ser -y
ha sido puesta por Cristo- la Iglesia, como continuadora de su misión que
le encarnó en la tierra ya cumplidos los 2000 años. Para iluminar al
hombre.
Porque Cristo, después de su Ascensión a los cielos, ya
no tiene una presencia visible entre nosotros. Pero su lugar en la
continuación de su misión de anunciar el Reino de Dios y propagar su
evangelio, en cada época y en cada generación, lo ocupa la Iglesia por
mandato suyo expreso: "Como mi Padre me envió, así os envío yo a vosotros"
(In 20, 21). Y en consecuencia, esa candela encendida de la fiesta está
simbolizando también a la Iglesia como "luz para alumbrar a las naciones".
Y es lo que en verdad hace y es patente en el tiempo de confrontación y
confusión que vivimos, sobre todo si atendemos la figura y la obra de su
máximo representante, Juan Pablo II. Su voz autorizada, ecuánime y
orientadora se alza y "pone luz" alumbrando doctrinas confusas, intereses
egoístas, mentiras, insidias, violencia generalizada y depravación a todo
nivel. Para que pueda caminar seguro toda entidad individual o colectiva
de buena voluntad que se decida a escucharle.
Es por ello que, el día de "la Candelaria" brinda
también el momento oportuno para reconocer a la Iglesia su labor y dar
gracias a Dios por su constitución en el tiempo como signo de su presencia
entre nosotros. Un reconocimiento que con estas palabras tan bien supo
expresar cierto escritor de prestigio: "Yo le estoy profundamente
agradecido a la Iglesia, porque a ella debo lo más valioso de mi vida: el
sentido general de la existencia que se desprende del mensaje de Cristo. Y
le estoy profundamente agradecido, aunque a veces me irrite, torture y
acongoje".
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