7. ¿Diálogo sin
verdades?
P. Fernando Pascual
Pensar que uno posee la verdad no sólo no impide el
diálogo, sino que es su presupuesto fundamental. Un relativista no tiene
necesidad ni de hablar ni de escuchar.
Desde el 11 de septiembre de 2001 el tema de la
tolerancia ha vuelto a ocupar un puesto principal en nuestras reflexiones.
La tolerancia debería ser una virtud fundamental, sobre todo en el ámbito
del diálogo entre personas que piensen de modo distinto.
Pero aquí nos encontramos con problemas no pequeños.
Normalmente, hablar es posible porque tenemos algo que decirnos. Decimos
algo porque creemos que vale, que es verdad o, al menos, que está cerca de
la verdad, y que eso que decimos puede ayudar a los que nos escuchan.
Sin embargo, algunos pensadores creen que es imposible
un verdadero diálogo cuando uno de los interlocutores piensa que posee la
verdad. Es decir: si yo sé que es verdad que la luna tiene un ciclo que
dura 28 días y me encuentro con otro que dice que el ciclo lunar es de 26
días, no habrá diálogo mientras yo no renuncie a mi pretensión
(intolerante) de poseer la verdad.
El diálogo supone, según estos autores, el relativismo.
Para hablar sería necesario un terreno común de libertad, que deje espacio
a la opción. Si dos hablan y uno pretende tener la razón, se suprimiría la
libertad: no sería posible ningún diálogo, sino sólo la imposición, nos
dicen ellos.
Por lo tanto, según los relativistas, “nadie debe
pretender estar en posesión de una verdad única”. Esta frase indicaría la
condición fundamental para que pueda existir un auténtico diálogo. Pero
esta frase encierra un enorme problema. ¿Es “verdadera”? El relativista
que la dice, ¿cree que posee la verdad al decirla? Si es así, entonces
afirma como absoluto algo, y no puede, por lo mismo, dialogar, según su
misma mentalidad...
Conviene evitar simplificaciones que no explican “de
verdad” la comunicación humana. Vamos a arrancar de la idea contraria de
nuestros amigos relativistas: pensar que uno posee la verdad no sólo no
impide el diálogo, sino que es su presupuesto fundamental. A la vez, creer
que uno posee la verdad no implica, normalmente, ser intolerante. La
intolerancia tiene un origen distinto, que conviene desenmascarar en cada
caso.
Vamos por partes. ¿Por qué decimos algo? Porque creemos
que eso que decimos vale, es verdadero. El esposo pide gasolina super para
el coche de diesel. La esposa, sin dudarlo, le avisa: “¡el motor es de
diesel!” Lo dice porque cree que es verdad, no porque cree que es una
opinión sobre la que se puede discutir. Luego, si lo dice a gritos o si,
incluso, le da un codazo a su esposo por despistado, es otro asunto...
Otras veces las cosas no son tan claras. Un médico cree
que el Sr. Francisco tiene dolores en la cabeza por culpa de un cáncer en
el encéfalo. Otro médico piensa que este dolor de la cabeza tiene una
causa psicológica. Los dos pueden encontrarse y dialogar, sin que ninguno
tenga certeza absoluta sobre su punto de vista. Sin embargo, cada uno dirá
aquellos motivos más fuertes a favor de su dictamen médico, y los dirá
porque, al menos, los cree más cercanos a la verdad. De lo contrario, si
sabe que su opinión no tiene ningún fundamento (verdadero), callará para
escuchar al otro.
Si uno dice algo porque lo cree verdadero o verosímil,
el otro escucha porque reconoce su no saber o, al menos, que la opinión
del otro puede tener elementos de verdad. Un relativista no tiene
necesidad ni de hablar ni de escuchar: todo lo que cada uno piense vale lo
mismo, así que no tiene sentido que yo intente expresar algo a los que
piensan sobre cada cosa como les da la gana.
Resulta claro, por tanto, que la intolerancia no nace
de la pretensión de poseer la verdad. Entonces, ¿de dónde nace? De un
error (una falta de verdad) sobre la dignidad de cada hombre.
Un cristiano se encuentra con un no cristiano. Piensan
de manera distinta. Dialogan y discuten. El cristiano debe recordar que
Dios ama a todos, y que nos pide el amor a los enemigos y a los no
cristianos. Su fe le debe llevar, por lo tanto, al máximo respeto hacia el
otro. Igualmente, el no cristiano puede tener principios éticos por los
cuales rechaza toda violencia. De este modo, y gracias a convicciones
profundas, aceptadas como “verdaderas”, es posible una actitud de
tolerancia. El relativista no es capaz de este tesoro, pues no puede
aceptar el valor “absoluto” y la dignidad de todos, porque cree que
aceptar algo como absoluto es “intolerante”...
Los progresos técnicos, los movimientos de población y
la difusión mundial de la enseñanza nos ha acercado un poco a todos.
Necesitamos aprender a vivir en el respeto mutuo, pero esto no significa
renunciar a las propias convicciones. Más aún, conviene saber descubrir
todo lo positivo que cada cultura tiene (positivo es aquí sinónimo de
verdadero) y corregir todo lo negativo (falso) para construir un mundo más
justo y más humano. El relativismo no nos permite hacerlo. Hay que
superarlo y buscar, cueste lo que cueste, la verdad. Si lo hacemos con un
espíritu abierto y respetuoso, descubriremos que a veces estamos muy cerca
unos de otros, aunque haya también (no hay que engañarse) diferencias muy
grandes en las opiniones humanas.
Con un diálogo honesto podremos limar las diferencias.
Quizá tengamos que renunciar a algo en lo que creíamos casi a ciegas,
porque descubriremos que era falso. Y tendremos que aceptar, si es
verdadero, un juicio que nos puede llevar a sacrificios no fáciles. Pero
sólo así vale la pena dialogar. Lo demás, con perdón del relativismo, es
aplastar al otro con palabras e imponer la dictadura del “todo vale lo
mismo”. Y con esa dictadura no se trabaja por curar ninguna enfermedad, ni
se construyen acueductos, ni se puede llegar, si existe (así lo creo, con
el respeto de todos), a ningún cielo...
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